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Trataba de conciliar el sueño mas la tarea le parecía imposible. Su cuerpo padecía un cansancio terrible pero la paz no llegaba a su mente, no podía calmar aquel torbellino de pensamientos que la tenían sin descanso desde hacía días. O al menos eso creía, ya que había perdido la noción del tiempo. Todos sus días eran iguales exceptuando aquellos en los que tenía el privilegio de compartir algunos escasos minutos —porque nunca era suficiente para ella— con Jay, específicamente entre sus sábanas y nada más. Llenaba su vacío con triviales actividades de las cuales no disfrutaba, simplemente por hacer algo. Y en ese momento quería ser acogida por Morfeo para eliminar algunas horas de su burda existencia. Pero no podía, y tal vez se debía al piano que alguien tocaba al final de pasillo. Abandonó su habitación para dirigirse a aquella sala de ensayo, abriendo la puerta sin siquiera tocar. La menuda figura de Katerina estaba inmóvil en su asiento, como si se encontrara en una especie de trance—. Puedes ver si está afinado en otro momento, algunos queremos dormir —espetó, sin ningún tipo de cortesía. Había tenido malos tratos para con cualquiera, y no iba a omitir esos comportamientos precisamente con ella.
Al reconocer a la rubia sintió algo dentro de ella que se movía, una especie de molestia que le había quedado de la última vez que estuvieron las dos solas en la misma habitación. Pero, extrañamente, no estaba de humor para peleas. Se encontraba tan decaída en esos momentos que no podía esforzarse siquiera en discutir, algo que un año atrás le hubiese parecido algo totalmente natural, por lo que se limitó a asentir con la cabeza--. Tienes razón --respondió, voltéandose para bajar la tapa que cubría el piano hasta cerrarlo. Se levantó, tomando su cuaderno y alejándose del instrumento para sentarse en el sofá a unos metros--. Ya puedes volver a dormir.
I can't escape from the darkness || Selfpara #001
Miró su taza de café, aún abrazando sus piernas y sin moverse, como lo había estado por las últimas tres horas. Podía escuchar el sonido del reloj indicarle que el tiempo pasaba, que tal vez debería dormir porque no le haría bien estar despierta a altas horas de la madrugada cuando al día siguiente tenía una rutina que cumplir. Pero no podía, las pastillas que había tomado hacía un rato ya no le dejaban descansar; eso y los recuerdos que pasaban por su mente cual cuchillas lastimando cada trozo cuerdo que quedaba de su ser.
Podía escuchar la voz de Chris gritándole por haberse equivocado más de cinco veces en la letra de una canción mientras ensayaban antes de su primer concierto en Edimburgo, mientras su hermano no hacía nada más que mirar. Vincent no había dicho nada desde la noche en la que ella había vuelto, Kat sabía que era porque pensaba que lo había dejado sólo y no había trabajado lo suficientemente duro para que Taylor sobreviviera. No sabía la cantidad de fiestas que se había perdido, la cantidad de invitaciones a salidas que había rechazado, la cantidad de tazas de café que había tomado y la cantidad de horas de sueño que no había tenido. Tampoco le importaba; ahora, para él, ella era sólo otro miembro de la banda.
Podía escuchar la voz de Matthew, haciéndole trizas y riéndose de ella por haber sido tan ilusa. Y es que lo había sido, siempre lo había sido; siempre había depositado sus esperanzas en los chicos equivocados y él no había sido la excepción. La risa de el ojiverde le había recordado a las risas de sus compañeros cuando descubrieron cómo había perdido la virginidad; esa noche había sido la primera vez que había llorado de verdad, pero para el día siguiente todos lo habían olvidado. La magia de tener un apellido, podría decirse. Pero aún escuchaba las risas en su cabeza, los insultos y los “perra” y “puta” que escuchó diariamente los siguientes años después de aquello.
Podía escuchar la voz de Taylor, su madre. La podía escuchar diciéndole que algún día sería grande y podría demostrarle su talento al mundo, pisoteando a aquellos que alguna vez habían creído que no tendría éxito en la vida. Su tarareo por la noche cuando no conseguía dormirse hasta que la dulce voz que había heredado lograba que conciliara el sueño. Las veces que la había llevado con Stephen a la discográfica para que la escuchase grabar; desde pequeña había amado su voz. Era su ídola, su razón número uno por la cual seguía adelante. Y no había estado con ella en sus últimos minutos de vida.
– ¡No! –Gritó, escondiendo el rostro entre sus rodillas y cerrando los ojos con fuerza. Podía sentir su rostro humedecido por las lágrimas; se sentía como cuando tenía trece años, encerrada en el baño después de tener aquella con su primer novio. Se sentía humillada, culpable, patética, pero sobretodo se sentía destruida–. Basta –murmuró, sorbiendo por la nariz antes de que su voz se quebrase definitivamente–. ¡Basta! –Volvió a alzar la voz lo más que sus sollozos le dejaron.
Quería que las voces desaparecieran, que el peso que cargaba en sus hombros disminuyera en vez de aumentar, que por una vez pudiera dormir tranquila por una noche sin tener pesadillas que la despertasen. Quería dejar de llorar encerrada en su habitación para luego colocarse una máscara y salir a enfrentar el mundo como si fuese una roca cuando en realidad estaba hueca en el interior, esperando que alguien le de el golpe final y la partiera por la mitad hasta destruir lo poco que quedaba de ella. Quería confiar en alguien y no temer que le haga daño, tener a alguien que cumpliera con sus promesas y la ayudase a seguir adelante, que le diese una nueva razón por la que seguir viviendo. Porque ella, por su cuenta, había perdido toda esperanza.
Deseaba sentirse bien, pero ni siquiera los antidepresivos parecían darle ese escape a la felicidad. ¿Por qué no lo hacían? ¿Por qué pareciera que no hacían más que empeorar las cosas? Tal vez necesitaba más, tal vez si aumentaba la cantidad podría llenar su vacío. Tal vez.
Tomó el pote de pastillas que había junto a su café (el cual seguramente ya se había enfriado), abriéndolo y comenzando a tomar de a una. Estaba tan concentrada en la droga que no le dio importancia a quien fuese que tocaba el timbre. Su hermano estaba fuera de la casa igual que su padre, por lo que seguramente William iría a abrir la puerta. El enfermero se había ofrecido a continuar con ellos luego de la muerte de Taylor, sobretodo porque sabía la situación de Kat. Tragó otra pastilla, comenzando a sentirse mareada. Se levantó de su cama, tomando otras más mientras caminaba hacia la puerta para cerrarla; no llegó.
Un golpe fuerte se escuchó en el piso superior de la mansión de los Moore cuando Katerina cayó de rodillas al suelo, perdiendo la conciencia y sintiendo que todo se tornaba de color negro. Lo último que escuchó fue una familiar voz masculina gritarle a William que llame una ambulancia a la vez que la alzaban en brazos. No se resistió, no habría podido hacerlo si hubiese querido siquiera, por lo que se dejó llevar por la oscuridad que terminó por rodearla hasta devorarla.
A veces pienso que hay una luz que está esperando que la alcance cuando salga de toda la oscuridad, pero cada vez que intento acercarme a ella, se aleja de mí. Entonces me doy cuenta que no estoy sumida en la oscuridad; yo soy la oscuridad. Me he convertido en ella de a pedazos, muriendo poco a poco. Ahora lo único que hago es existir, viendo todas aquellas luces a mi alrededor brillando. Y sé que la mayor parte de la oscuridad que ya no les pertenece, ahora es mía.
Cayendo, así se había encontrado a sí misma. Cayendo de un lugar desconocido. Cayendo al vacío sin ninguna señal de hacía cuánto que estaba cayendo, ni por qué, ni hacia dónde. Lo único que sabía era que caía en silencio, sin escuchar el aire cortándose en sus oídos. Ni su respiración. Ni los latidos de su corazón. Ni sus pensamientos. Ni las voces. Al fin había conseguido que se callasen. Se sentía feliz.
Luego recordó que, fuese a donde estuviese cayendo, estaría lejos de aquellos a los que había protegido hasta aquél momento. Lejos de Aaron, su pequeño hermano; de Allie y las heridas que había tratado de ayudarle a sanar; de Mel y su sonrisa de tristeza; lejos de Ash, aquél que había intentado serle de apoyo en sus momentos más difíciles, incluso si Kat había sido siempre el fuerte de los dos. Lejos de aquellos por los que se había sacrificado, recibiendo la mayor cantidad de golpes por ellos posibles porque sabía que valía la pena ya que, al final, gracias a ello podrían tener la vida que se merecían. Entonces deseó dejar de caer.
El pitido de la máquina a su lado la despertó, abriendo sus ojos lentamente para encontrarse con una gran luz blanca que no hizo más que molestarle a la vista, dificultando el que pudiese separar los párpados correctamente. Giró la cabeza, viendo por la puerta a los médicos y enfermeros ir de un lado al otro por los pasillos del hospital. Junto a la puerta, en la habitación, su hermano la miraba con desaprobación y enfado; no se le notaba ni una pizca de preocupación o tristeza. Le sorprendía que él la hubiese llevado a emergencias.
– ¿Vincent? –Lo llamó con la voz ahogada, carraspeando y luego tragando saliva en un intento de aclarar su voz–. ¿Has sido tú quién...?
– No –la voz del joven la interrumpió. Se veía tan serio con los brazos cruzados y el ceño fruncido que Kat creyó por un momento que él era el mayor.
Un segundo después de terminar de analizar la posición de decepción que había tomado su hermano, se dio cuenta de lo que le había respondido. Le tomó más por sorpresa el que no hubiese sido él quien la había llevado hasta el hospital que si lo hubiese hecho; aunque más que sorpresa, era confusión. No comprendía quién más podría haber sido, ya que su padre se pasaba todo el día fuera de la casa, y William había sido quien había llamado a la ambulancia según lo que ella recordaba.
Bajó la vista para notar un tubo junto a ella, desconectado ya, pero que se notaba que había sido usado recientemente. Las memorias volvieron a su cabeza como flashbacks: los paramédicos explicando rápidamente que había consumido pastillas de más, William detallando todo lo que había comido esa noche y hablando con aquél que la había encontrado en su habitación, más no le contestaba; luego la habían sedado, haciendo que la poca conciencia que había tenido en esos minutos se desvaneciera. Le habían hecho un lavado gástrico, de eso estaba segura porque no era la primera vez que veía aquellos tubos, aunque si era la primera vez que los usaban en ella.
– Vinc- –volvió la mirada donde había estado su hermano, mas este se había ido, seguramente para hacer algunas llamadas.
Volteó la cabeza hacia el lado opuesto, mirando la noche escocesa a través de la ventana, escuchando una vez más al reloj indicándole que había perdido tiempo valioso y que lo tendría que pagar al día siguiente con aún más esfuerzo bajo presión. Apretó los labios con la poca fuerza que contaba en esos instantes, ya que ambos habían comenzando a temblar. Cerró los ojos mientras se enfocaba en no llorar de nuevo; estaba cansada de llorar.
Entonces escuchó que alguien entraba a la habitación y se sentaba en una silla junto a la camilla.
– Hey –abrió los ojos como platos al reconocer la voz junto a ella, girando la cabeza para mirarlo y asegurarse que su mente no le estaba engañando–. ¿Cómo te sientes?
Se quedó observándolo en silencio, intentando organizar todos sus pensamientos a la vez que su mirada recorría el rostro ajeno, buscando señales de que aquello no era más que una vaga ilusión que su cabeza había creado para hacerle sentir peor. Pero no, era real, muy real; se lo veía tan real como hacía varias semanas en el funeral de Taylor, junto a sus dos hermanos menores y sus padres, él resaltando de manera involuntaria por los recuerdos que Kat tenía de él.
– ¿Quieres la verdad? –Una pequeña sonrisa apareció en su rostro al escuchar sus carcajadas desganadas; no había escuchado su risa desde que tenían trece años.
– Me sentiría decepcionado si comienzas a mentir ahora.
– Como la mierda –esta vez ella lo acompañó en su risa.
Se sentía de nuevo como cuando tenía once años y los Cericcione acababan de mudarse de Italia. Robyn había quedado flechada por Vincent, y Kat apostaba que lo seguía estando. Anthony, por otro lado, se había dedicado a ayudar a sus padres en todo lo que había podido. Y Patrick, por otro lado, se había acercado a ella, obligado por sus padres a saludar a sus nuevos vecinos al igual que ella. Pero no se habían arrepentido de ello.
Recordó cuando tenían once años y se sentaban en un parque a unas cuadras de sus respectivas casas a observar a los demás niños, pensando en cómo serían sus vidas si no tuviesen que vivir al tanto de sus hermanos menores; o cuando tenían doce años y habían ido a su primer fiesta juntos, jugando a verdad o reto y dándose su primer beso; o cuando tenían trece años y Kat había tomado de más en un campamento y todo se había arruinado. Porque siempre tenía que arruinarse en algún punto si ella estaba de por medio.
– ¿Tú fuiste el que me encontró? –Tragó saliva. Estaba casi segura de la respuesta, mas quería asegurarse para no sacar conclusiones erróneas; él asintió, bajando la vista a sus manos propias antes de hablar.
– Escuché que te habías quedado en Edimburgo y decidí hacerte una visita –sintió que algo se movía dentro de ella por esas palabras, aunque no estaba del todo segura si era una buena señal o no–. Claro que no esperaba encontrarte con una sobredosis.
Kat apartó la vista, sintiéndose incapaz de mirarle en ese momento. Siempre tenía que arruinarse en algún punto si ella estaba de por medio.
– Lo siento –susurró, extrañamente, no muy segura de por qué se estaba disculpando.
Se sentía mal porque de verdad parecía que lo había asustado y el hacer sentir de ese modo a alguien no le resultaba placentero. Aunque realmente dudaba que alguien se preocupase por ella a esas alturas. Mas él no dijo nada, ella tampoco lo hizo. En vez de eso se dedicó a divagar en su cabeza, por aquellos archiveros que contenían memorias que había intentado reprimir de su mente en los últimos años.
Siempre había depositado sus esperanzas en los chicos equivocados.
Lo escuchaba seguirla por los pasillos del colegio, pidiéndole que lo escuchase. Y lo había hecho, había escuchado todas y cada una de sus palabras. Lo había escuchado decirle que no había sido su intención, que él también había tomado por error igual que ella y que de verdad se arrepentía por lo pasado. Lo había escuchado, sólo que a ella no le interesaban sus palabras, no le interesaban sus excusas; quería estar sola, aislada, sin que nadie la viera llorar.
Podía escuchar las risas de sus compañeros y los murmullos de sus compañeras, antes de que todo quedase detrás de la pesada puerta del baño de niñas, la cual trabó con una escoba antes de esconderse en el último montículo y hacerse una bolita en el suelo, comenzando a sollozar para luego dejar que las lágrimas salieran de sus ojos sin control alguno.
Se sentía traicionada por una de las pocas personas en las que había podido depositar realmente su confianza fuera de su familia; todas las palabras que se habían dicho, todas las noches que se habían desvelado, no parecían más que una mera creación de su imaginación. Incluso mientras oía los golpes que daba en la puerta, pidiéndole hablar, trabándose con su propia lengua al tratar de dar explicaciones. Todo no era más que un juego cruel en su cabeza para ella.
– Kat –abrió los ojos, sin darse cuenta de que se había quedado dormida. Y él seguía allí–. Tengo que volver al departamento. Tony quiere ver a su pájaro y no le he dado llaves.
Frunció el ceño, extrañada por lo que le acababa de decir, pero suponiendo que hablaba en serio como la mayor parte del tiempo. Asintió lentamente con la cabeza antes de verlo levantarse y depositar un beso en su frente, al cual no se resistió ya que aún se sentía débil; hacía años que no hacía eso.
– Si me dan alta esta noche –comenzó, haciendo que Patrick se detuviese antes de salir de la habitación para girarse hacia ella–. ¿Me darás clases de piano?
Por un momento, al ver su sonrisa, se sintió como cuando era niña y lo había visto sonreír por primera vez.
– Seguro.
Y, luego de corresponderle con una pequeña sonrisa, volvió a juntar sus párpados y sumirse en un sueño profundo como no había tenido en un tiempo. Sentía las voces volver en la lejanía pero, por primera vez en meses, no le importó.
It's a brand new day, it's never too late to start... --Miró sus manos, las cuales intentaban tocar las notas de aquella canción que había comenzado a componer hacía unos días. Sus habilidades con el piano habían mejorado desde que se había ido a Edinburgo el pasado agosto--. Can't live this life with an empty heart... --Cerró los ojos, quedándose inmóvil por unos segundos que parecieron horas, mientras se concentraba en la letra y la melodía que descansaba en su cabeza. Entonces se dió cuenta de que había alguien más en la habitación--. Lo siento --murmuró por lo bajo antes de volverse hacia la persona que allí se encontraba, carraspeando para ocultar el dolor en su rostro detrás de su máscara de indiferencia usual--, el piano estaba libre y quería ver si estaba afinado --completó, y es que ese había sido su objetivo principal, por lo que no estaba realmente mintiendo.
@kittykat: I want something more, a life worth fighting for...

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@kittykat: you left me out there with no one but myself...
—Trató de acercársele por detrás para asustarla, aunque prefirió hablar nomás; no sabía si recibiría una paliza. Sacó las manos de sus bolsillos y le arrebató el megáfono, tratando de encontrar la manera de hacerlo funcionar, murmurando tonterías al pico— Fue un caos, pero al menos fue divertido —se encogió de hombros, finalmente logrando lo que quería—. Todos a favor con que Kat tenga un problema con su temperamento y paciencia, digan “hey”.
¿Dices que no soy divertida? --Hizo una mueca. Soltó una carcajada al verlo pelear con el megáfono para hacerlo funcionar, pero dejó de reír al escucharlo--. Ja, ja. Muy gracioso --le golpeó el brazo con poca fuerza, fulminando con la mirada a todos los que se habían atrevido a responder para luego volver la vista a Aaron--. Deja de hacerte el chistoso y dame un abrazo, cerebro de cheeto.
Me pregunto más bien que haremos ahora contigo —comentó mientras leía su correspondencia—. No, enserio Kat, deberías reveer irte por un rato.
Soportarme --se acercó a uno de los asistentes antes de susurrarle al oído--. Bájalo. Dile que en un rato lo llamaré para hablar con él --miró fijamente al chico antes de verlo alejarse con rapidez. Volvió la vista al guitarrista, frunciendo el ceño--. Me fui por casi tres meses, ¿acaso estuviste muy ocupado en otros asuntos?
Observó con una mueca el horrible trabajo que estaban realizando aquellos ineptos—. Tenían alguien más que les gritaba todo el día —respondió al comentario de Kat, para luego volver su atención a su teléfono celular sin demasiado interés en presenciar esa escena.
Pues se ve que no le sirvió de mucho --gruñó, tirando el megáfono contra uno de los asientos del lugar y dejándose caer en otro--. Un equipo decente de asistentes, es todo lo que pido --suspiró.
— Uy al parecer irte del tour te puso un poquito más mandona ¿no lo crees? —comentó mientras se acercaba a ella—. Aún está chueco, dile que un poquito más a la izquierda.
No estoy mandona, estoy normal. Si estuviese mandona sería peor --sonrió forzosamente antes de mirar la pandalla. Dejó salir un bufido y miró a otro de los asistentes que sostenía al chico frente a la pantalla, haciéndole una seña para que lo bajase--. No servirá de nada; el pobre a duras penas debe saber la diferencia entre izquierda y derecha.

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whatsapp → mel & allie
allie: un tRÍO
allie: ah, si vaMOS A CANTAR TODAS
allie: EN ONESIES Y QUE EL VÍDEO TENGA BURBUJAS
allie: ... no me juzguen, me emocioné
kat: allie te adoro
kat: pero me tendrás que inyectar con sedante para caballos para ponerme un onesie
Esos gritos y esa voz no eran para nada desconocidos para Alice, añoraba es voz. Aún con tacones, la castaña salió corriendo de su lugar y cuando la vio sus ojos comenzaron a brillar. —Kat, ¡kaaaaaat!—. Grtiaba mientras corría por el lugar, una vez cerca de ella se lanzó encima de ella quedando como un koala—. ¿Por qué te fuiste? no te vuelvas a ir, te lo imploro. Te lo ruego.
¿All-? --No pudo terminar de formular su pregunta ya que la chica se le había lanzado, haciendo que ambas cayeran al suelo unos segundos después--. Nunca creí que alguien estaría tan emocionado por verme --rió levemente--. Bueno, tuve asuntos que atender y una gira que hacer. Pero ya estoy de vuelta.