La mañana en que todo cambió
Lima Vásquez, Katia Abigail
Su nombre es Rosa María González Maldonado, feminista, luchadora social y Jefa del Área histórico social del turno vespertino en el Colegio de Ciencias y Humanidades plantel Oriente. La reunión se da en la coordinación del área de ciencias sociales del edificio B, donde, entre otras cosas que hay pegadas en la pared como listas sobre diversos asuntos burocráticos, muestra una escena del derrumbe del Hotel Regis mientras personas corren a su lado.
Desde un principio se muestra muy interesada en platicar sus vivencias. En su oficina, dejando para luego algunos deberes, tras un escritorio con papeleo aparentemente sin importancia comienza la entrevista.
“Yo vivía, en esa época en Cd. Juárez, Chihuahua. Pero visitaba muy frecuentemente la Cd. de México porque visitaba a mis padres o por reuniones laborales. Ese día me encontraba en la ciudad de México.
Me encontraba en la casa de mis padres, en una colonia del sur (en la colonia San Pedro Mártir, delegación Tlalpan).
No recuerdo muy bien que tenía que hacer ese día, si tenía especialmente alguna reunión de trabajo, pero tal vez no porque nos levantamos como cualquier otro día, estábamos únicamente los tres (mi mamá y mi papá) en su casa, cuando empezó el temblor.
Recuerdo que fue muy largo pero hasta años después supe con precisión que duro más de 2 minutos, que me parece un tiempo larguísimo, así que nos dio tiempo de sentirlo, de preocuparnos y de decidir bajarnos del primer piso al jardín. La casa era muy grande y nos quedamos en el jardín a esperar a que terminara.”
Al contar los hechos ella se muestra muy tranquila, es entonces que ella habla de una experiencia previa. Razón de que, aparte de la zona donde le tocó vivir el temblor, lo contara de una manera muy natural.
“A mí me tocó el temblor del 57 cuando aún era muy niña, ese temblor todavía lo recuerdo, tendría yo 7 u 8 años, todo se movía, tiro muchas cosas de la casa. Fue muy fuerte.
Me acuerdo que mi mamá gritaba, estábamos con mis 4 hermanos y una prima. Recuerdo especialmente la desesperación de mi mamá, vivíamos en una casa muy chiquita en la colonia Moctezuma. Es por esto, que todos los temblores que vinieron, aunque nos asustaran un poco, ya los veíamos como algo hasta cierto punto normal, como algo que sucedía en la ciudad y que bueno si bien nos daban algo de miedo, nunca pasaba a mayores. Siempre era un rato y ya, pasaba. Más o menos estábamos acostumbrados a que, a lo mejor se llegaba a caer alguna casa en Guerrero o en Michoacán o tal vez en alguna casa vieja en la Cd. de México, pero sin mayores consecuencias.
Por eso yo creo que este temblor del 85, o los dos temblores, nos tomaron desprevenidos porque nunca había ocurrido un temblor de tales consecuencias. Un terremoto que además fue trepidatorio y oscilatorio, de tanta duración y tanta intensidad. Realmente fue un parteaguas y desde entonces el temor a los temblores es algo muy fuerte y muy evidente en muchos de nosotros, a pesar de que yo vivo todavía en el sur (en Coyoacán) que es una zona menos susceptible a que se caigan las casas o que tengamos consecuencias más fuertes, siempre estamos preocupados por los temblores.
Ya no es como antes del 85, hubo definitivamente un cambio.”
Una vez aclarado ese punto vuelve a la narración de los hechos de esa mañana.
“Después de que estuvimos escuchando por la televisión, se cortó la transmisión del noticiero de televisa que mi papa acostumbraba ver y solamente se oía la voz, después no sé si se tardó en recomponerse o reiniciarse la transmisión, no lo recuerdo bien, el caso es que yo, preocupada, tomé mi auto y me fui por el centro de la ciudad ese mismo día. Decidí ir sin saber el porqué, yo tenía la necesidad de ir a ver qué había ocurrido en mi ciudad, así que me fui a recorrer las calles del centro, sola. Nadie me obstruyó el paso.
Anduve por avenida Juárez, algunas calles del centro y de la colonia Roma y verdaderamente estuve llorando impactada. Parecía que habían dejado caer varias bombas, fue verdaderamente impresionante.
Ni siquiera pensé, como muchos otros, voy a ir inmediatamente a ayudar. Yo estaba en shock, no dejaba de pensar en qué pasaría con toda esa gente que en esos momentos estaba debajo de los edificios caídos, pero yo aún estaba en shock... Así que no logré reaccionar para ayudar, además iba manejando mientras veía todo el desastre... fue terrible.”
Se toma una pausa y después de meditar algo más allá del tiempo o el lugar donde se encontraba prosiguió.
“Además, por ser maestra de historia y saber de las guerras, yo lo asocié con las zonas de guerra. Aquello definitivamente lo parecía y por eso estaba tan impresionada.
Ya después fui a visitar a mis amigos, que ya desde esa misma tarde se estaban organizando para salir a brigadear con muchas otras gentes y eso me tranquilizó un poco, en el día hubo algo que me dio mucho gusto. Sin embargo, yo tenía el pendiente de regresar a mi trabajo en Cd. Juárez, así que después de un rato de conversar acerca de lo ocurrido, ya tarde, regresé a casa de mi mamá. Todo el tiempo estuvimos comentando el asunto, poniendo las noticias para saber cuánta gente había perdido la vida, en el centro médico, en las escuelas. Fue la plática de todos con quienes podías charlar entonces.
Al día siguiente debía irme a Cd. Juárez, muy frecuentemente me iba en avión, así que me dirigí al aeropuerto y estando en el lugar para ver lo del boleto empezó a temblar de nuevo. No fue una réplica cualquiera, fue un temblor fuerte. Yo trate de guardar la calma, pero fui testigo de cómo mucha gente que se encontraba conmigo en el mostrador salió corriendo despavorida con sus maletas, se hincaban en la calle a rezar.
Cuando salí vi la cara de terror de la gente, fue algo muy fuerte, fue una gran impresión.
No recuerdo si ese mismo día o hasta el siguiente salí para Cd. Juárez.
Nunca había sentido un par de temblores tan largos y tan fuertes como los del 19 y 20 de septiembre del 85.”
Y no estaba muy lejos de la realidad, se dice incluso que la fuerza del terremoto esa mañana fue equivalente a la fuerza de mil 114 bombas atómicas de 20 kilotones. La Ciudad de México, en tan solo 2 minutos, sufrió una transformación radical, cosa que la profesora González recuerda muy bien
“Las impresiones que me quedaron como fotografía y como vivencia, fue el estado tan terrible y deplorable en el que veía mi ciudad.
El edificio Regis que visite varias veces, los edificios de avenida Juárez, algunos cercanos a Reforma, toda esa zona (que fue la que recorrí), fue terrible, no lo podía creer.
Después fui a otros lugares, no fue rápido, supe lo del edificio Nuevo León, de la Unidad Nonoalco Tlatelolco, veía cada vez cosas más terribles. Regresar a la ciudad y ver los edificios cuarteados de la colonia Roma siempre me recordaban ese día.
Recuerdo muy bien que pase por una escuela por Tlalpan y Taxqueña que se cayó, no sé si toda o un piso y ahí murieron varios chicos. Así nos fuimos enterando de la gente que murió, de los grandes que fueron las consecuencias.
Donde antes hubieron grandes edificios que yo recordaba bien, por donde yo había estado en alguna ocasión, después del temblor solo habían varillas retorcidas y escombros apilados.”
Incluso hoy, lo único que quedó tras muchos de esos edificios que guardaban muchas historias, fueron los recuerdos de tiempos mejores. Muchas estructuras muy reconocidas, como es el caso del entonces caro y lujoso Hotel Regis, cayeron para nunca más levantarse.
“Durante mucho tiempo he tratado de explicarme el porqué, porque a muchas personas les toco lo peor y a muchos de nosotros no tanto, me explico que naturalmente en el centro son terrenos más blandos, más susceptibles a temblores, que donde hay pedregal por el volcán Xitle es más difícil que se recienta. Por qué pasó esto o por qué pasó lo otro, siempre he tratado de explicármelo. Más que por remordimiento creo que es por cosas de profesores.
No pasó nada grave en mi familia más cercana, pude comunicarme más tarde con mis hermanos para comprobar que todo estaba bien, pero claro que lo lamentamos por todas las perdidas. Creo que nació de manera espontánea un sentimiento de solidaridad, de empatía, una preocupación constante por como estarían los otros... por los atrapados en los escombros, por los muertos, por quien perdió a algún ser querido. Recuerdo el sentimiento de pena, de dolor... pero no toda la gente podía ayudar, yo por ejemplo tuve que volver a mi trabajo pero hubo gente muy cercana que no lo pensó dos veces para ir a ayudar.
No es que yo no tuviera el deseo de ayudar, pero primero quería enterarme.”
Pero entonces, ¿Qué quedó en Rosa María después del desastre? ¿Qué quedó en ella a raíz de la tragedia de 1985? La oportunidad de ayudar desde donde ella pudo, si bien no participó en brigadas de rescate o en labores de sanidad, lo hizo en un ámbito sumamente importante: La lucha social después de la catástrofe.
“Yo estuve muy cercana por mi participación política con las costureras de Tlalpan, me uní al movimiento de solidaridad, sobre todo de las feministas. Yo participé en los meses posteriores en esa lucha organizada para pedir ayuda y que las indemnizaran.
Fue a raíz del sismo que se formaron varias organizaciones de participación ciudadana, varias ONG para apoyar a diferentes causas.
Para mí el caso de las costureras fue el caso más emblemático, estando ahí me entere de la explotación, de los dueños libaneses, judíos y lo tacaños que eran en las condiciones laborales en que se encontraban estas mujeres. El caso se dio a conocer, se hizo famoso.
Recuerdo que la señora Benita Galeana, que ya era una anciana, participó también, yo la conocí ahí. Cuando íbamos a uno de los edificios que quedó como un lote baldío, nos reuníamos para solidarizarnos con las costureras. Otras amigas feministas desde los años 70 y yo nos reuníamos ahí para apoyar
Benita Galeana fue a dar a la cárcel varias veces por defender causas justas, conocer a esta persona ahí, a esta figura tan simbólica de tantos años de lucha y a muchas compañeras feministas me inspiró muchísimo para seguir apoyando diferentes causas sociales.”
Finalmente, al preguntarle acerca de la cultura de prevención de esos años en contraste con la actual respondió lo siguiente:
“No creo que hubiera una cultural de prevención como la que hay ahora. No nos lo tomábamos muy enserio, nadie pensaba en campañas de prevención.
Hoy es diferente a aquellos días, pero no tan diferente. Recuerdo que todos los edificios de la escuela (CCH) los reforzaron, se pusieron columnas y seguramente muchos otros edificios fueron reforzados a raíz de, pero no necesariamente se cumplen las normas o los requerimientos estrictos para construir edificios.
Además los simulacros, por ejemplo este último mega simulacro, tengo la impresión de que muchas veces más que educar en el tema de prevención de desastres lo hacen para conmemorar el aniversario, porque se habla mucho de ello o para la foto. Un maestro me planteó algo que me dio que reflexionar, "Oye, ¿y por qué no se hace un simulacro en la tarde?" y es muy cierto, todos los simulacros que se hacen aquí, por ejemplo, se hacen en la mañana, como si en la tarde no pudieran haber temblores. De por si hay un escepticismo en la población, pero bien escuchaba a un analista en una ocasión que mencionaba que nos encontramos en una zona de terremotos, pero que más allá de las medias típicas de situarse debajo del marco de la puerta, o en la llamada zona de seguridad, ¿qué más sabemos para prevenir? Nada, no hay mucho, se presume que ahora hay toda una cultura de prevención pero eso no es cierto, falta mucho para realmente hacer de esta ciudad una zona realmente preparada. Realmente tengo mis dudas si realmente estamos preparados, desgraciadamente puede ocurrir otro igual. ¿Cuándo? No sabemos, pero temo realmente por lo que pueda llegar a pasar si esto sigue igual.
Por lo menos parece que la gente se preocupa más, de estar al tanto, más atenta a cuando ocurre un sismo. Existe ya una preocupación por cuidarse más, pero se necesita mucho más en cuanto a materia de prevención, mucha más información y una mejor respuesta por parte del gobierno.
Que no por el afán de lucrar con construcciones echas de la manera más rápida o meramente estética, sin tomar en cuenta la calidad del suelo para construir o con simulacros que solo sean cosa de apariencias.
La cifra de muertos fue muy grande, hoy día somos el doble de habitantes en el DF, debería haber mucha más prevención, no estoy tan segura de que tan grande es la extracción de agua que se hace del subsuelo, que lo reblandece y que hunde la ciudad, si de alguna manera nos ponga más riesgo de una catástrofe como la de aquel entonces. Desconozco si el gobierno está tomando medidas o si ha buscado otras formas de encontrar un abastecimiento de agua. Hay muchos pozos que abren y cierran.
Esta es una zona donde falta mucho el agua, se ha llegado a cerrar la escuela por falta de agua. Con todo esto quiero llegar a que no son situaciones aisladas, están ligadas, encadenadas a otros problemas que tienen que ver con la urbanización y planeación y los problemas que esto trae.
Recuerdo una anécdota de una persona que vivía muy cerca del edificio Nuevo León, que ya presentaba cuarteaduras de otros sismos, cuenta que había una manta donde decía que se hacía responsable a los organismos de construcciones de los que les pasara, él recordó que no les hicieron caso, nadie lo reparo o derribo o se preocupó por sacar a la gente de ese lugar. El resultado, como sabemos, fueron muchas familias muertas, de los edificios donde más gente murió. Eso claramente fue responsabilidad del gobierno.
Hoy día no sabemos, derribaron muchos edificios, pero no estoy segura si derribaron todos, si aún hay un riesgo tal.”
La entrevista termina, no sin antes hacer una reflexión acerca de si estamos o no preparados para afrontar un desastre de esas magnitudes. ¿Qué exigimos a nuestro gobierno en este ámbito? o ¿En qué colaboramos nosotros para que esa mañana del 19 de septiembre sea nada más que un mal recuerdo y una gran enseñanza? Queda en cada uno de nosotros.














