¿Pochoclos? No, gracias.
Ayer fuimos al cine. La última vez que miramos una película fue hace seis años. Él se compró pochoclos las dos veces, yo no. Parece una nimiedad, pero sólo es una cosa más en las tantas, las muchas, en las que tampoco coincidimos. Vivimos en mundos diferentes que se excluyen entre sí de forma continua, despiadada. Parece una burla el solo hecho de habernos encontrado en primer lugar. Todo lo que vino después de ese momento de confusión inicial es simplemente inimaginable. Estar juntos fue (y es) un acto de rebeldía atroz que sólo podemos dimensionar él y yo. Nunca hablé de vos, nunca supe hablar de cosas que no entiendo. Solo haré el pobre intento de que esto no quede perdido entre los borradores del celular, al menos para darle crédito a mi yo de las cinco de la mañana.
¿Qué pasó entre película y película?
Nos separamos. Paré de contar las veces que pensé en eso para maldecirme. Después de ese día infame tengo un puñado de recuerdos que se tornaron borrosos por las borracheras. Eran la única forma de estar los dos en el mismo espacio sin lastimar a casi nadie. Todos los recuerdos y todos los días que pasaron en el medio tienen algo en común: los intentos estúpidos de no encontrarnos, no vernos, no hablarnos. Fallamos en todos y cada uno de ellos. Algunas imágenes están plagadas de abrazos torpes; en otras veo como esperábamos el descuido de nuestros amigos para agarrarnos las manos; hay por ahí dando vueltas un beso demasiado largo al costado de la boca; los mensajes a deshoras, escondidos de nuestras respectivas parejas, que variaban entre puteadas limpias hasta palabras de amor desesperadas. No importa, nada de eso importa. Había algo que de la misma forma que nos impulsaba a buscarnos nos frenaba irremediablemente a la misma velocidad. Teníamos claro que había un límite que no podíamos pasar bajo ningún aspecto. Durante mucho tiempo pensé que eso a lo que tanto le escapábamos era el burdo, superficial, sencillo y mundano sexo. A veces hasta yo me sorprendo de lo profundamente idiota que puedo ser.
Poéticamente era perfecto, las cosas se iban a terminar en la misma cama donde habían empezado tanto tiempo atrás y por fin se iba a escribir el final de un cuento viejo que alargamos hasta el hartazgo. No, definitivamente no era eso, pero ojala hubiera sido. Lo único que logramos fue poner el contador a cero y, como si fuera un mal chiste del universo, nos vimos a nosotros mismos otra vez borrando nuestros números, quitándonos de las redes sociales, bloqueando el acceso de acá y de allá. ¿Para qué? Para nada, un gasto de energía al pedo que siempre termina igual: juntos.
Empiezo a pensar que simplemente no existe mundo posible en el cual no esté. Se convirtió paulatinamente en un lugar seguro en el cual me siento bien sin ninguna explicación. Donde puedo volver cuando las cosas salen mal y sé que me va a recibir del otro lado la mirada tranquila de alguien que conoce hasta la más inédita de mis verdades. Que no me permite mentirle, ni me pide ser más que ésto. De alguna manera todo encaja, no me preguntes por qué, no tengo respuestas. Y a medida que fuimos haciendo cosas de la lista de pendientes se fue incrementando esta sensación irracional de que nada cambia, o que todo cambió pero sigue igual. Como si hubiera una suerte de conexión caprichosa que me devuelve una y mil veces al mismo punto, pero que sin embargo me incita a seguir adelante, dándome la bienvenida a la mas engorrosa de las contradicciones.
Lo único que se mantiene sin alteraciones es la forma en la que me dirijo hacia él. Me porto como la nena de trece que fui cuando nos creíamos invencibles y lo peleo tontamente con cuadros de fútbol o canciones de marcha, haciéndolo pasar vergüenza en la calle, empujándolo, haciéndole cosquillas y arreglando todo con una sonrisa. Esa es la forma que tengo de tomar distancia, alejarme un poco y dejar que todo parezca la travesura de dos giles que se quisieron y que se aferran a eso para no admitir que ya no tienen nada que hacer.
Ahí llegaron los bobos grandes, los tontos hermosos.
Si me tengo que sincerar ante los ojos de los adultos en los que decantamos, francamente tengo terror de estar obviando adrede un cartel luminoso de proporciones bíblicas que reza “loca, dejá de buscar, es acá”. Mientras tanto, dale un poquito de helado a los pajaritos.


















