A mi medicamento psiquiátrico.
Y a los psiquiatras que ejercen su profesión con la dignidad que merece: aquellos que jamás intentan convertirse en tus amigos, en tus amantes, ni en protagonistas de tu historia; aquellos que comprenden que la mayor muestra de humanidad también consiste en respetar los límites.
Qué extraña es la relación que he construido contigo.
Eres apenas una pequeña cápsula, y, sin embargo, sostienes una parte inmensa de mi mente. Bastan dos días de olvidarte para que el cuerpo entero recuerde tu ausencia. El vértigo aparece como un péndulo implacable; el cansancio se instala en mis huesos, y un dolor de cabeza, extraño y persistente, me recuerda que el cerebro también tiene memoria.
No siento que me castigues. Siento que me educas.
Me obligas a reconciliarme con la disciplina. Me enseñas que cuidar es una práctica cotidiana: respetar mis horarios, alimentarme, beber suficiente agua, dormir, ducharme, evitar aquello que hiere al cuerpo antes de que termine hiriendo también a la mente.
Hay una silenciosa ternura en esa rutina.
Pero existe una ironía que nunca deja de dolerme.
Los días en que más necesito de ti suelen ser aquellos en los que ya no puedo alcanzarte.
Basta un acontecimiento que despierte viejas heridas para que mi mente retroceda hacia lugares que creía abandonados. La violencia cotidiana. La hostilidad con la que algunos hombres atraviesan el mundo. La fragilidad con la que tantas mujeres aprendemos a caminar entre miradas, palabras e intenciones que nunca debieron existir.
Entonces regreso al miedo.
Me siento pequeña frente a un mundo demasiado grande. Aislada. Vulnerable. Como si todo adquiriera un volumen insoportable y cada pensamiento encontrara un eco interminable dentro de mi cabeza.
Sin ti, las lágrimas regresan con una facilidad que siempre me ha desconcertado. Durante años fui una persona que lloraba por todo. Tal vez por eso descubrí que, para mí, la calma no se parece al llanto, sino a su ausencia. Hay quienes encuentran alivio al llorar; yo encontré descanso cuando dejé de necesitar hacerlo para sobrevivir.
Desde mis veintiún años, has sido testigo de una transformación que jamás imaginé posible.
Las ideas que alguna vez me convencieron de que morir era una salida fueron perdiendo fuerza hasta convertirse en un recuerdo lejano. Me enseñaste que mi vida tiene un valor que no depende del dolor que soy capaz de soportar. Que también merezco vivir despacio. Descansar sin culpa. Existir sin sentir que debo demostrar, una y otra vez, que soy suficientemente fuerte.
Has hecho mucho más que aliviar síntomas.
Me devolviste la posibilidad de imaginar un futuro.
Él ha sido el otro pilar que sostuvo aquello que tantas veces sentí derrumbarse. Cuando la mente vaciló, él permaneció. Cuando yo no encontraba razones para seguir caminando, él caminó a mi lado hasta que pude hacerlo por mí misma.
Ojalá la medicina siga siendo, siempre, un oficio guiado por el conocimiento y la compasión. Ojalá nunca falten profesionales capaces de comprender que salvar una vida también puede comenzar con escuchar, diagnosticar y tratar con ética.
Y ojalá mi padre permanezca tanto como la vida me permita agradecerle.
Porque hay personas que sostienen el cuerpo.
Y hay otras que, sin ser tan intrusivos, sostienen la mente.