Fue una pausa, una tierna abertura en mi piel, casi imperceptible, como un rasguño producto de la confrontación de una hoja de papel con la yema de alguno de tus dedos. Yo no dije lo que tenía que decir, por eso es que liberaron los fantasmas, y nosotras, mujeres ansiosas, todas, fuimos acribilladas.
No tenemos tierra, ni pies, ni manos, se nos había amarrado como cerdos y violado hasta el cansancio. Sin embargo, seguimos.
Nos quitaron el aliento, nos quitaron las ideas, nos insertaron tubos electrificados en nuestras vaginas, nos llamaron putas, nos llamaron perras. Fuimos esclavas, somos esclavas. Nos llamaron brujas, nos quemaron, nos lapidaron y luego trataron de olvidarnos. Sin embargo, seguimos.
A nuestros hermanos que mostraban su coraje y su amor por la vida, por el otro, por los otros, a ellos, a ellos también los maldijeron, les escupieron, los violaron en todas las formas posibles, pensando que eso acabaría por exterminarlos.
A nosotras nos dijeron incapaces, idiotas, vacías, tontas, bajas, nos pagaron, nos pagan con migajas de la envoltura de regalo que significaba esta miserable cacería.
Me da miedo que la noche se asome por las rendijas de la religión y el gobierno me tomé las manos mientras me devora el dios blanco del fanatismo opuesto a mis dioses, los nobles y humanos dioses que viven de la magia de los cantos, de la memoria de la sangre. No de la ya sabida ruptura y siniestra animalidad violenta.
¿En qué siglo vivo? -me pregunto.
¿En qué siglo el color de mi piel es importante, en que siglo mis creencias son menores a la de los otros?
Tengo miedo de ti hermano, de tus malas decisiones,
del miedo que te da alzar la voz si lo que te ofrecen es cortártela.
Tengo miedo de la bestia, porque sé que yo sola no podré con ella.
Tiene demasiado miedo, demasiado odio.
Si la dejas entrar, te va a devorar.
Tu sí, Yo sí, Ella sí, nosotros sí, Dioses sí, Dios sí, amor sí.