En México, cuando pronunciamos la palabra mujer nos referimos a una criatura dependiente de una autoridad varonil: ya sea la del padre, la del hermano,la del cónyuge, la del sacerdote.
Sumisa hasta la elección del estado civil o de la carrera que va a estudiar o del trabajo al que se va a dedicar; adiestrada desde la infancia para comprender y para tolerar los abusos de los más fuertes, pero también para restablecer el equilibrio interior tratando con mano fuerte a quienes se encuentran bajo su potestad, la mujer mexicana no se considera a sí misma — ni es considerada por los demás — como una mujer que haya alcanzado su realización si no ha sido fecunda en hijos, si no la ilumina el halo de la maternidad.
El amor al hijo suplanta a todos los otros amores a los que se califica de menos perfectos porque suponen una reciprocidad a la que en el ámbito maternal parece renunciarse. No cedamos al facil sofisma de los anti feministas que decretan una inferioridad atribuible al sexo.
El sexo,lo mismo que la raza,no constituye ninguna fatalidad biológica,histórica o social.
El primer argumento que acurre a los labios de las feministas más airadas que reflexivas,es la exigencia de la igualdad,una exigencia que proporciona un punto de partida falso y arrastra consigo una serie de consecuencias indeseables.
Además de que en última,no es más que un reconocimiento del modelo de vida y acción masculino como los únicos factibles,como la meta que es necesario alcanzar a toda costa.
Pero no hay que desesperar.
Cada día,una mujer gana una batalla. Una batalla que para ser ganada,requiere no sólo lucidez de la inteligencia,determinación en el carácter,temple moral,sino también de astucia y constancia.
Una batalla que al ganarse,está generando humanos más completos, uniones más felices,familias más armoniosas. Y una patria integrada de ciudadanos conscientes, para quienes la libertad es la única atmósfera respirable y la justicia el suelo donde se arraiga.
Los adioses (2017) Dir. Natalia Beristáin