Me daba miedo no saber todos los nombres, temía olvidarlos, porque cometer un error en ese entonces me era impensable.
Con dedos rápidos y la atención un poco dispersa comencé a enlistar en las notas de mi celular.
No recuerdo ya quienes más estaban, pero sí recuerdo que en algún momento mis dedos dejaron de moverse y solo pude escuchar, nombre tras nombre, lo que vendría a ser el impacto más fuerte de mi vida entera: Una revelación, un estallido de humanidad que de pronto me dejo sorda.
No sé cuándo pasó, tampoco puedo recordar cómo, la verdad es que en ese momento era otra persona, una menos presente en la realidad inmediata que me acontecía. Solo sé que un día ya había aprendido cada uno de los nombres y que mi nota quedó olvidada.
Cada día era un recitar cariñoso al que respondían risas vivaces y chistes a los que me acostumbre. De repente ya no solo sabía los nombres, sino también las manías, las habilidades, los sonidos de diferentes voces que me hablaban al mismo tiempo y me hacían permanecer en el momento. Nada se iba a repetir y debía absorber cada detalle, debía vivirlo.
La gente suele decir que algunas personas nacen "especiales" o que son ángeles enviados de Dios para cumplir una misión en la tierra, con estas personas, me refiero a gente con Síndrome de Down. Yo no estoy de acuerdo con la idea porque es más que evidente que viene desde un lugar de condescendencia y segregación, que sí bien, no son concebidos como tal, siguen perpetuando ideas que vulneran y revictimizan.
Sin embargo, y muy en contra de mi raciocinio, yo me sentí repentinamente rodeada de ángeles, de bondad e inocencia, que me ayudó no solo a desenvolverme con menos pena, sino también a reivindicar mi vida. Antes de conocer a quienes llamaría "mis chavitos", estuve pasando un momento muy oscuro de mi vida, me atrevo a decir que era el inicio de un final anunciado, estoy segura de que sin ellos no hubiera tenido la fortaleza para deshacerme de lo que me atormentaba y me mantenía atada a una faceta de mi que ya me resultaba desagradable hasta los huesos.
Pero no fue solamente eso, no fueron solamente ellos, fueron superiores que se convirtieron en buenas guías y que me acompañaron paso a paso con paciencia hasta el final y también amigos, colegas, que me hicieron feliz, que me recordaron que yo había nacido para querer. Amigos a quienes comencé a querer con tanta naturalidad que parecíamos habernos conocido de mucho antes.
Como todo en la vida, algún día esto debía terminar y el día llegó y es hoy. Jamás pensé que me sentiría tan atada emocionalmente a un lugar donde trabajé sin remuneración (de acuerdo a mis valores tradicionales de anarquismo y derroque al rico), nunca pensé que llegaría a encariñarme así de tanta gente y eso mismo me destruyó. Darme cuenta de que había estado rodeada de amor al que jamás me restringí, al que jamás le temí, fue mi final y mi inicio.
Ahora me siento arrojada al mundo con el corazón lleno y las rodillas temblorosas. Y no podría estar más triste, pero también feliz y emocionada, porque tuve la oportunidad y no desperdicie ni un solo momento. Y porque sé que nada se repetirá y que esta vez no me he quedado con el deseo de volver para hacer más, para vivirlo mejor.
La vida continúa y sé que este no es un adiós, sino un hasta luego, un deseo de regresar con mis amigos de CEI, de volver a verlos, de hacerlos reír, de sostener sus manos y de que ellos me sostengan la mirada.
Los amo infinitamente, lo que he vivido con ellos se queda grabado para siempre en mi memoria como una fotografía familiar quemada sobre madera. Como letras chuecas sobre papel reciclado, como el dolor de un abrazo que no sé sabe si es primero o último, como la voz de mis chavitos llamando a mi nombre, celebrándome, riendo conmigo.
He sido feliz y me siento melancólicamente optimista por primera vez en la vida.