Vampiro la Mascarada: Mallory
El Abrazo, el momento en el cual un humano abandona este mundo para dejar un cascarón inmortal, es un proceso muy variado. Ningún abrazo es igual a otro, pues las vivencias de cada mortal se ponen a flor de piel al momento de obtener la inmortalidad.
Este, no fue la excepción.
El vacío de un abismo, oscuro y profundo, atrapa el alma de una pobre chica. Sombras gélidas aprisionan su ser mientras su temor crece, conforme los gritos provenientes del interior de su alma la rodean, ella encuentra el final de ese pozo tras un abrupto despertar.
La joven mujer abre sus ojos, los millares de gritos a su alrededor cesan y dan paso a un constante y apagado latido de música lejano, en una habitación silenciosa. ¿Se había quedado dormida? Sus ojos observan con desgano el techo sobre ella, las luces apenas permitían verlo, apenas permitían ver algo.
“¿Donde estoy?” fue la primera pregunta que recorrió su cabeza. No estaba en su hogar, aquel apartamento universitario que compartía con su mejor amiga, el lugar de donde provenía era tan sobrio y austero que, quien las visita, creería que el lugar era minimalista, a pesar de que el verdadero motivo era la falta de presupuesto. Vivir en Manhattan era costoso, pero estar a pocas calles de la universidad era un precio que valía la pena. Sus ojos empezaron a buscar información sobre el lugar en que se encontraba, algo que luego de ver el mobiliario de la habitación, sólo causó más intriga e incredulidad; el maldito lugar parecía una mazmorra de sadomasoquismo al más puro estilo de un set de filmación porno. Desde esas cruces donde atan a los esclavos, hasta una serie de látigos y juguetes sexuales que adornaban las paredes en ganchos, el lugar causaba un pudor notable en ella.
“¿Donde mierda estoy?” se volvió a repetir en su cabeza más extrañada.
Su cuerpo se sentía pesado, ¿Habría tenido alguna sesión con alguien?. Era imposible, jamás se le había cruzado por la cabeza algo así, salvo alguna revista que vió en algún puesto del subterráneo. El sexo casual era algo de ella, pero jamás había pensado en hacer algo así en su vida. Las dudas estaban cernidas en su cabeza. Un vistazo al respaldo de la cama hizo que se estremeciera al ver los grilletes de ésta, sin duda no era tampoco un vistazo de su completo agrado por lo que casi se incorporó en la cama en un solo movimiento.
La desnudez que cubría su cuerpo era una evidencia, a su parecer, de que algo había ocurrido. ¿Pero cómo? ¿Qué había hecho hasta ese momento?.
Las respuestas eran vagas, de nada parecían ayudar, por lo que tuvo que hacer una introspección, debía retroceder en sus memorias más mediatas. Su mañana había sido como la de cualquier otro día de otoño: Un desayuno de cereales y café para incentivarse a pesar del creciente frío de la época, un recorrido a pie junto a su mejor amiga, Leah, hasta el campus de la Universidad de Columbia y unas aburridas cuatro horas de cátedra. A veces se preguntaba por qué había escogido abogacía, luego recordaba a su exigente padre forzando a optar por una carrera que “dejará una buena ganancia en su vida”, la suficiente como para aceptar algún trabajo en alguna poderosa firma. Ella sabía bien que, para alcanzar un buen trabajo en una de esos bufetes de tiburones, sabía que debía probar suerte con un buen conjunto de lencería y un buen lápiz labial. Era una mierda, pero no era más que la pura verdad, algo que su padre obviamente no comprendía. Su mediodía fuera de la universidad había sido normal, como el de cualquier otro día. Un café y algo de comer con sus colegas y amigos, los planes para el resto de la semana y algo más que trataba de recordar. Dustin, su mejor amigo, había mencionado algo sobre salir esa noche a un club nocturno. Leah le había mencionado sobre el lugar, ¿Cuál era su nombre? no podía recordarlo. Mientras más se esforzaba por recordar, algo le impedía hacerlo. La noche lucía distante en su memoria, veía algunos recuerdos sobre ella y Leah preparándose, como le prestó una de sus faldas para la ocasión y ella una blusa que se había comprado hacía poco tiempo. Recordaba estar a los pies de ese lugar. Una catedral, un antro gótico nuevo. Nunca había sido fanática de esos lugares lúgubres, pero las críticas del lugar estaban por los cielos, esos lugares donde “tienes que ir al menos una vez para ser alguien en esta ciudad”.
Su memoria trataba de borrarse conforme llegaba a ese la puerta, algo le debía de haber ocurrido ahí. Quizás se estaba tratando de olvidar de un pésimo encuentro, quizás estaba tan ebria que se acostó con el primer sujeto que vió y ahora se estaba avergonzando.
-Mierda- exclamó en un pensamiento en voz alta. Su cuerpo aún se sentía pesado, el intento de sentarse al borde de la cama se sentía colosal. ¿La habían drogado?.
El paso de unos tacones se hizo escuchar desde donde provenía la música, la joven mujer se cubrió ante una inminente llegada de alguien cuando escuchó la puerta abrirse. Al hacerlo, una mujer de aspecto gótico se encontraba parada ante ésta. En sus brazos y cuello se podían vislumbrar tatuajes, como también lo que parecía ser un arnés de sadomasoquismo bajo su top - Hora de levantarse, Sugar- exclamó la mujer con perfilada sonrisa en sus labios negros. La mujer entró sin miramientos a la habitación, dirigiéndose a uno de los armarios por los que, para hacerlo, debía cruzar toda la habitación. La joven siguió a esa mujer con su mirada, analizandola. Desde su largo cabello rubio, pasando por ese pantalón de cuero ceñido que culminaba en unos tacones negros, la mujer parecía moverse con una naturalidad clara en esa habitación.
-¿Donde estoy?- preguntó la joven con firmeza, una firmeza que parecería desmoronarse fácil para dejar salir cientos de titubeos.
-En la parte trasera de mi bar, cielo- la mujer contestó con una simple serenidad mientras parecía mascullar para sí misma- debe haber algo aquí para ti, creo que esto si te entrará…
-Espera- imperó mientras se cubría aún con pudor su ser con la misma sábana que la había cobijado- ¿Donde estoy? ¿Qué bar es este? ¿Por qué mierda estoy desnuda?- las preguntas escaparon una tras otra de su boca incontrolables- ¿Acaso tuvimos sexo? Yo jamás he tenido sexo con una mujer, ¿Acaso me drogaste?.
La anfitriona se detuvo por un momento, alzando su mirada con exasperación, soltando un profundo suspiro de molestia e incomodidad- Para responder en ese orden- exclamó con firmeza, dejando aquella tarea por un instante, volteando a observar- En la parte trasera de mi bar, como te he dicho. The Cathedral es el bar, estás desnuda porque tu ropa no estaba en buen estado- Tomó varios colgadores con sus respectivas prendas, volteandose a ella nuevamente. Los ojos de esa mujer gótica se clavaron sobre ella, sentía que con su mirada intentaba ver su alma. No sabía cómo, pero por un instante, sus ojos parecían destilar calma, una calma apabullante que le hacía confiar en ella. ¿Cómo era eso posible?- No, no tuvimos sexo y tampoco te drogué, no soy muy fanática de la coerción para jugar, menos forzando a hacerlo por medio de drogas, Sugar-
La calma y confianza de esa mujer contrarrestaban con el aspecto y porte de ella. Lucía como una mujer mala, esas groupies que viajan con los motociclistas y que muchas veces son más peligrosas que ellos. Sin embargo, los ojos negros de esa mujer reflejaban una inusual oscuridad tranquilizante. La joven mujer se quedó la quedó viendo por unos incómodos momentos de silencio, incapaz de preguntar algo más.
-Hey- rompió el hielo la mujer gótica- Mi nombre es Maud, ¿Puedes decirme el tuyo?
La joven titubeó por un instante, como si se hubiera perdido en esa oscuridad por un momento- Soy Mallory.
-Mallory, que hermoso nombre -prosiguió con un elogio y una sonrisa cálida mujer gótica- queda a la perfección con una chica tan bella como tú. Por cierto, me gustan tus rizos...-
Mallory sonrió, algo más calma mientras deslizaba sus dedos por aquella melena negra que portaba- muchas gracias, debo admitir que son difíciles de mantener, pero no puedo vivir sin ellos- una breve risa escapó de sus labios antes de perderse en un silencio mutuo.
Maud acompañó la risa hasta que se apagó por unos momentos, trataba de tornar la situación mucho más seria -Dime, Mallory- rompió una vez más el silencio con sus palabras- ¿Recuerdas cómo llegaste aquí?
-Estoy intentando- dijo sin más, calma y serena. Sus ojos se centraban en un punto de la habitación- Es como si no pudiera recordarlo.
-¿Recuerdas haber venido a este club? - preguntó Maud.
-Si- asintió Mallory, quitando de su rostro de su rostro un mechón de cabello- Vine aquí con mi mejor amiga y un grupo de amigos de la universidad- respondió calma mientras sus recuerdos iban y venían. Recordaba haber ingresado al club nocturno, vagamente recordaba haber tomado un par de tragos con su mejor amiga y luego, después de eso, todo se había vuelto borroso. Recordaba a un hombre. Bueno, a varios hombres- Entré aquí- repitió a Maud lo que veía en su cabeza- creo que bebí unos tragos y luego no sé, no estoy muy segura. Creo que bailé con unos sujetos.
Maud permanecía en silencio, como si le permitiera visitar sus memorias con libertad.
Las memorias de Mallory parecían ir encajando como piezas de rompecabezas, rápidamente su mente se iba esclareciendo, sólo para dibujar un rostro de terror en ella. Recordaba a esos hombres, algunos eran sus amigos de universidad, lo que por un momento parecía haber sido un recuerdo de ella bailando, era en sí un momento desagradable donde uno de ellos manoseaba su cuerpo “siguiendo” el ritmo de la canción. Recordaba a él y sus amigos ahí, vio como una cachetada suya volaba al rostro a ese imbécil y como Leah la ayudaba a separarse. De un momento a otro, el rostro de enojo de ese chico y el de sus amigos, seguido de varios halagos, tales como “zorra pretenciosa”, “puta engreída”, entre tantos otros. Ella y Leah salieron del club tratando de volver a casa, pero quien diría que no iba a suceder. El grupo las siguió y fácilmente, aún a la vista del sórdido pueblo neoyorquino, fueron arrastradas al callejón oscuro más cercano. Las vejaciones comenzaron ahí, era por eso que sus ropas se encontraban en mal estado, recordaba la navaja con la que cortaron sus atuendos. Leah apenas intentaba separarse de ellos, el entre golpes y un miedo apabullante hacían que le fuera imposible hacer algo. Mallory, por su parte, mucho más reacia, recuerda como arañó a varios de ellos, incluso recuerda como a uno le había enterrado sus uñas en un ojo. Aquello sólo recrudeció el asunto, pues los golpes se volvieron moneda corriente, al igual que varias puñaladas para ella y para su amiga. Finalmente, después de todo eso, vió como ellos se alejaban, a la vez que un charco de sangre se iba lentamente formando ante ella desde su cuello.
Por último, la muerte.
El rostro de desencajo de horror y dolor se empezó a bañar en lágrimas silenciosas. La incredulidad estaba grabada en este, el dolor de sus recuerdos comenzaban a gestarse en su sollozo producto de un recuerdo que, quizás, era mejor no haberse molestado en recordar. Maud observó a esa chica temerosa frente a ella y sólo pudo deslizar sus brazos alrededor de ella, abrazándola por segunda vez esa noche.
Maud dejó que ella descargara todo su sufrimiento y dolor, el llanto se volvió desconsolado por un gran instante. Siquiera podía preguntar cómo era posible todo eso, ¿Estaba muerta? ¿Eso era una especie de Limbo?. Cuando Maud la cobijó en sus brazos, tras un silencio sollozante, finalmente pudo hablar.
-¿Qué me ocurrió?- preguntó Mallory entre sollozos- ¿Estoy muerta? ¿Leah está muerta?
-Si- respondió Maud con calma mientras sus dedos iban y venían dulcemente por la melena de esa joven. Maud suspiró mientras tomaba el rostro de la joven entre sus manos de largas uñas negras. Mallory no lo sabía, pero su rostro estaba lleno de líneas rojas causadas por sus lágrimas de sangre- Escúchame, todo estará bien- Mallory se sujetó de los brazos de ella mientras asentía, la calma que esa mujer le irradiaba era antinatural, pero en ese momento era lo que más necesitaba- A partir de ahora estarás a salvo, habrán muchos cambios en tu vida, pero tendrás más de lo que nunca habías deseado. Yo te ayudaré.




















