Reseña de “La leyenda negra”
La leyenda negra. Julián Juderías.
Hace bastante que no publicaba nada en el blog, pero tras leer el libro La leyenda negra, de Julián Juderías, me he visto obligado a escribir esta entrada. Su lectura realmente ha sido de rebote, ya que me he puesto con las novelas de Alatriste , donde la leyenda negra está muy presente y buscando información sobre los personajes reales en los que se basa el autor para construir sus personajes, me di de bruces con una entrevista que hizo el año pasado (2017) Díaz Villanueva a María Elvira Roca Barea, autora de Imperofobia (que también tengo en la lista de pendientes) El enlace de la entrevista es https://diazvillanueva.com/2017/06/05/elvira-roca-los-intentos-desmontar-la-leyenda-negra-siempre-individuales/ . El señor Juderías fue un erudito español nacido en Madrid en 1877 y que falleció prematuramente en 1918 por gripe. Cuatro años antes publicó este libro en cinco entregas y que posteriormente, en 1917, se hizo una segunda edición ampliando y ratificándose.
Escribe Julián de Juderías :
“Pero descendamos a los detalles y veamos de dónde procede, cómo se forma y de qué manera y por quiénes se difunde la leyenda en lo relativo a nuestra política y a nuestra colonización.
Ya en tiempos de Carlos V, y por efecto de la lucha religiosa, había sido objeto este Monarca de ataques y de calumnias; pero jamás llegó a inspirar la antipatía que su hijo, más español que él, más perseverante en sus propósitos, más inclinado a la desconfianza y al misterio que a la manifestación clara y resuelta de sus miras políticas. Carlos V, amigo de batallas y torneos, caballeresco y mundano, tenia simpatías en Europa; los flamencos y los alemanes le consideraban como uno de los suyos; hablaba su idioma y compartía sus gustos. Felipe II, retraído y dado a la reflexión, amigo de la soledad y del trabajo, indiferente a las aficiones de sus súbditos, sobre todo, a las de los que no eran españoles, no pudo disfrutar de la estima ni del cariño de sus vasallos extranjeros: ni él los comprendía, ni ellos a él”
Después sigue hablando de Felipe II:
“¿Tiene, pues, algo de particular, que los españoles de aquel tiempo concibieran y expresaran las ideas más grandiosas acerca del porvenir de su nación? Un geógrafo anónimo del siglo XVII declaró que España tenía mayores ventajas que ningún otro reino «como destinada por el cielo a señorear y mandar a todo el orbe»290, y otro geógrafo, Méndez Silva, llamaba a nuestra patria «cabeza de Europa, emperatriz de dos mundos, reina de las provincias y princesa de las naciones»291. El descubrimiento y la conquista de América exaltó extraordinariamente los espíritus. López de Gomara decía que «la mayor cosa, después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias». No era extraño que los españoles sintieran por su patria y por el que, estando a su cabeza, la personificaba, un entusiasmo y un orgullo que los hacía antipáticos a los demás pueblos. La Monarquía universal les parecía cosa fácil, y más que fácil naturalísima. Campanella, que no era español, había dicho: «El Rey de España es el Rey Católico, y como tal, el defensor nato del Cristianismo.
Ahora bien, llegará día en que domine la religión cristiana en toda la tierra, según la promesa de su divino fundador: al Rey de España toca protegerla, aprovecharse de sus conquistas y dar leyes al mundo regenerado. Ya tiene Estados en todos los puntos del globo y a todas horas se hacen por él rogativas a la divinidad. Que persevere en su fe, que se declare campeón de Cristo y apóstol armado de la civilización cristiana hasta que tenga sus solemnidades y sus sacrificios dondequiera que luzca el sol»292.
Pero no juzguemos el pensamiento de aquellos hombres con el criterio pesimista y pusilánime que impera en nuestra época y es la prueba más evidente de decadencia. Ellos pertenecieron a una época de indudable grandeza y concibieron esas ideas bajo el influjo de sentimientos que nosotros ignoramos por completa. Ellos no supieron ni creyeron que nuestra decadencia iba a ser tan rápida como rápido había sido nuestro encumbramiento, y nosotros, en cambio, estamos bajo la impresión única y exclusiva de nuestra caída.
Los hombres que escribían esas frases, calificadas hoy de pueriles, habían presenciado la transformación de su patria en potencia de todos respetada y temida. Sabían que el Rey que moraba en El Escorial extendía sus dominios por todo el mundo conocido; que si era árbitro de la política italiana, ejercía en Francia un influjo indiscutible y el Emperador de Alemania necesitaba de su auxilio; que si las ricas ciudades de los Países Bajos le pertenecían y suyo era el Franco Condado, el Papa de una parte, y el protestantismo de otra, la consideraban, el uno como su apoyo más firme, y el otro como su adversario más poderoso; y, finalmente, en la imaginación de aquellos hombres, las tierras de América y las islas de Asia, inmensas, riquísimas, misteriosas, vírgenes, revestían los caracteres de un prodigioso ensueño de opulencia y de poderío.
Y si el orgullo de los ingleses nos parece natural en nuestros días, hallándose fundado en elementos parecidos al que determinaba el de los españoles del siglo XVI y XVII, ¿seremos tan inocentes que, admitiendo la razón del uno, neguemos la razón del otro?
¿No es una simpleza inspirarse en los libros extranjeros que se asombran «de la inaudita ingenuidad de Felipe II, que consideraba como derecho incontestable del Rey de España el tratar al mundo entero cual si estuviese bajo su poder»? ¿Acaso no lo estaba realmente?293 ¿Acaso en nuestros mismos días no se imponen las grandes potencias a los pueblos pequeños? ¿Acaso en fecha reciente no impuso Inglaterra a Francia su voluntad en el asunto de Fashoda, y Alemania adquirió la mitad del Congo francés con el incidente de Agadir? Supongamos por un momento que Inglaterra, el imperio más poderoso de nuestros días, el único que por su mundialidad puede compararse con el español del siglo XVI, es dueña de Bélgica, de un departamento francés en la proximidad de Suiza, en el corazón de Europa y de un Estado como el de Milán, y que su pariente y protegido el Emperador de Alemania, lejos de ser, como es hoy, poderoso monarca, es el soberano nominal de una confederación de príncipes turbulentos que le niegan la obediencia y le hacen a veces imposible el ejercicio de su autoridad suprema; supongamos, además, que Francia se halla dividida en bandos y que no dispone, como hoy, de inmensas riquezas derivadas del ahorro; que Italia no existe como nación y que Rusia, agitada por convulsiones religiosas y políticas, no ha traspuesto aún las fronteras de la época medieval: ¿ qué sería entonces de la política europea, sino el resultado de las aspiraciones de Inglaterra, y qué pasaría en Europa sino lo que Inglaterra quisiese?
¿No causaría risa entonces que un historiador hablase de la «inaudita ingenuidad con que el monarca inglés consideraba como derecho incontestable el tratar al mundo cual si estuviese bajo su poder»? Y quien dice Inglaterra dice cualquier otro país que se encuentre en circunstancias análogas.”
Y como conclusión de su libro, el propio Juderías finaliza:
“Siendo esto así; siendo idénticos los caracteres que han ofrecido y ofrecen en todas partes el sentimiento religioso y sus derivados la intolerancia y la superstición, ¿por qué adjudicar a España el monopolio de estos caracteres? ¿Sería mucho pedir de propios y extraños que demostrasen imparcialidad y calma en materias de tanta monta? Si la honra de los individuos se respeta, ¿por qué no ha de respetarse la de los pueblos?
No abundemos, por tanto, en las vulgaridades que corren por ahí fuera como oro de ley; no digamos, como dicen en Europa y repiten algunos españoles, que fuimos y seguimos siendo el país de la Inquisición y de la intolerancia; no repitamos que nuestras represiones fueron más crueles y despiadadas que las de otros pueblos en casos parecidos; no copiemos aquello de que nuestra colonización fue una serie de crueldades y de codicias.
Estas afirmaciones y otras parecidas no responden a la verdad histórica, sino a una parte de ella, exagerada y explotada hábilmente. Digamos: fuimos, sí, un país intolerante y fanático en una época en que todos los pueblos de Europa eran intolerantes y fanáticos; quemamos herejes cuando los quemaban en Francia, cuando en Alemania se perseguían unos a otros en nombre de la libertad de conciencia, cuando Lutero azuzaba a los nobles contra los campesinos sublevados, cuando Calvino denunciaba a Servet a la Inquisición católica de Vienne y luego le quemaba por hereje; quemamos a las brujas cuando todos sin excepción creían en los sortilegios y maleficios, desde Lutero hasta Felipe II; prohibimos la lectura de ciertos libros cuando la Sorbona y el Parlamento de París nos daban el ejemplo quemando solemnemente por mano del verdugo las obras de Lutero y los libros de Mariana; impusimos nuestro criterio a sangre y fuego cuando no se conocían otros procedimientos para la dominación, y colonizamos nuestras posesiones con más miramientos que los anglosajones las suyas. A la tétrica figura legendaria de Felipe II, el demonio del Mediodía, opongamos las figuras verdaderamente repulsivas de Enrique VIII, verdugo de sus mujeres; de Isabel, que mandó ejecutar a María Estuardo y persiguió ferozmente a sus adversarios; de Enrique IV, que abandonó sus creencias para ser Rey de Francia; de Enrique III, que mandó asesinar a Guisa y compartió el poder con sus miñones; de Francisco I, que perseguía unas veces a los protestantes y otras se aliaba con Solimán para combatir a los cristianos, o de los Príncipes alemanes de los siglos XVI y XVII, tiranuelos y sanguijuelas de sus súbditos.
Porque, habremos podido ser intransigentes y fanáticos, pero no impusimos nuestro criterio en nombre de una libertad de pensamiento que era un sarcasmo; ni nos asesinamos unos a otros como en los países donde reinaba esta libertad; ni perseguimos en nuestras guerras más ideales que aquellos que por serlo verdaderamente, por no referirse a cosas materiales, sino a cosas del espíritu, nos condujeron a la decadencia y a la ruina, que la causa verdadera de ambas no debe buscarse en la intolerancia religiosa, ni en esa incapacidad para la cultura que generosamente nos achacan, sino en una falta extraordinaria de sentido práctico y en el consiguiente desconocimiento de la realidad de las cosas. El ingenioso hidalgo fue vencido por el caballero de la Blanca Luna, que no era hidalgo ni caballero, y Don Quijote pensó en hacerse pastor, que es, en cierto modo, lo que pensaron los españoles a raíz de las guerras coloniales. Quedémonos, si es posible, en este estado y no lleguemos a decir como él, que en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño; que los ensueños y locuras a que aludía el caballero de la Mancha son, en nuestro caso, demasiado bellos para renunciarlos y olvidarlos en aras del industrialismo y de la plutocracia triunfantes.
Repitamos, que será mejor y más equitativo, las palabras de Morel Fatio: «La nación que cerró el camino a los árabes; que salvó a la cristiandad en Lepanto; que descubrió un Nuevo Mundo y llevó a él nuestra civilización; que formó y organizó la bella infantería, que sólo pudimos vencer imitando sus Ordenanzas; que creó en el arte una pintura del realismo más poderoso; en teología, un misticismo que elevó las almas a prodigiosa altura; en las letras, una novela social, el Quijote, cuyo alcance filosófico iguala, si no supera, al encanto de la invención y del estilo; la nación que supo dar al sentimiento del honor su expresión más refinada y soberbia, merece, a no dudarlo, que se la tenga en cierta estima y que se intente estudiarla seriamente, sin necio entusiasmo y sin injustas prevenciones357.
La pretensión no es excesiva.”