Que desaparezca, me dicen, hacia allá, y empujada, no desaparezco aún, aún quiero volar una vez a la terraza, No me he callado porque callar estuviera bien fuera hermoso no me quedaba nada por decir Tenía la medida, me callé porque no me quedaba nada por decir. La medida es una justa pro- porción, una libra pesa allí una libra, una cuantía es allí una cuantía, yo fui yo, no me temo apenas, o sea, ya no fui yo, ningún alimento más para el Yo y vuestra sociedad insaciable, mi tiempo. Yo lo tenía todo, y todo lo he perdido, primero la medida, me rebasé a mí misma y lo rebasé todo, yo no sabía que una persona pudiera demostrar este dolor con su sueño, que pudiera morir de tal forma, que los cielos se precipitaran y que se desviara un cielo al universo mi corazón inmortal. No sabía que le llegara cada asesinato al alma y que los enfermos con su gimoteo cansado y aislado fueran sus compañeros día y noche, que uno se adentrara así en el vórtice y que los valles de lágrimas fueran su único paisaje. No sabía que no se pudiera ver más ni escuchar, todo perdido, además, con un salto por la ventana, una señal en el cuello, un cuerpo crucificado y demasiado pocas absolusiones son para él demasiado pocas y ruego y lloro, lo veis, pero no poseo la gran música que se lleva al sueño, a la muerte al que no encuentra el mutis. Transfiguración – para nosotros no, para los demás, las figuras son más puras, Donde no puedo estar. Porque estoy en este papel, y en la palabra que doy. porque el papel revolotea, entonces tampoco puedo reposar, y revoloteo en pedazos por el camino, hacia allí, allí envuelve uno su cuchillo sangriento en él para que nadie lo vea.
—Ingerborg Bachmann, poema sin título en No sé de ningún mundo mejor. Ich weiß keine bessere Welt. Traducción de Jan Pohl.
















