Marie-Agnès Gillot

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Jesse Draxler y Jen Whitaker
Gert Kreutschmann
ca. 1970
Jesse Lenz
The Seraphim

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Fleur Jaeggy e Ingeborg Bachmann fueron grandes amigas desde comienzos de los años sesenta hasta la muerte de Bachmann en 1973. Jaeggy ha explicitado que su escritura fue ostensiblemente influenciada por la prosa de Bachmann.
El dolor, la ralentización de la vida, hacen que el tiempo parezca demasiado largo; pero los años se van siempre con la misma rapidez. Paso días enteros observando la naturaleza, el gradual serenarse de la naturaleza: en esos momentos, todas mis ideas se tornan vagas, indecisas, la tristeza salvaje se posa en mis ojos sin cansarlos y mis miradas yerran sobre las piedras que me rodean; cada lugar es un amigo que veo nuevamente con placer. Lugares que no conozco se convierten para mí en una suerte de propiedades; hay uno, allá arriba, en lo alto del acantilado, donde las jorobas calcáreas decrecen ceremoniosas y letárgicas hacia el agua; y casi me parece que una oscura reminiscencia me dice que viví allí en lo alto, o en el agua, en tiempos lejanos, cuya huella exacta se me ha borrado. —Fleur Jaeggy, Las estatuas de agua. Traducción de María Ángeles Cabré. Novela dedicada a Ingeborg Bachmann.
Leopoldo Pomès, 'Barcelona beach,' 1959.
El 15 de septiembre de 1822, poco antes del alba, una gran tormenta descargó un rayo sobre la aguja de la catedral de Ruan. Atónitos al principio, los ruaneses se prestaron luego a mover cubos de a…
Elizabeth Bishop. Foto de Joseph Breitenbach
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Pensar y agradecer [denken, danken] son en nuestra lengua palabras de uno y el mismo origen. Quien se abandona a su sentido se adentra en el ámbito de significación de «recordar» «acordarse», «recuerdo», «recogimiento» [gedenken, eingedenk sein, Andenken, Andacht]. Permítanme manifestarles mi agradecimiento desde aquí.
El paisaje del que vengo —¡por cuántos rodeos! ¿pero hay, verdaderamente, un rodeo?—, el paisaje del que vengo debería ser desconocido para la mayoría de ustedes. Se trata del paisaje donde tuvo su hogar una parte nada insignificante de esos cuentos jasídicos que Martin Buber volvió a contarnos a todos en alemán. Era, si se me permite completar este esbozo topográfico con algo que, desde muy lejos, viene ahora a presentarse ante mis ojos, era un territorio donde vivían hombres y libros. Allí, en esa antigua provincia de la monarquía de los Habsburgo ya caída de la historia, me llegó por primera vez el nombre de Rudolf Schröder: con la lectura de la «Oda a la granada» de Rudolf Borchardt. Y allí adquirió Bremen su fisionomía para mí: en la forma de las publicaciones de la prensa de Bremen.
Pero Bremen, aproximada por los libros y los nombres de quienes escribían y editaban los libros, guardaba esa sonoridad de lo inaccesible.
Lo accesible, suficientemente distante, el lugar al que se podía acceder se llamaba Viena. Ustedes saben perfectamente en qué consistió también, durante años, esa accesibilidad.
Accesible, próxima y no perdida quedaba, en medio de todo lo perdido, una sola cosa: la lengua.
Ella, la lengua, no estaba perdida, no, a pesar de todo. Pero debía atravesar aún su propia falta de respuestas, atravesar un terrible enmudecimiento, atravesar las tinieblas mil veces espesas de un discurso homicida. Atravesó y no encontró palabras para lo que sucedía; pero atravesó y pudo volver al día «enriquecida» por todo ello.
En esa lengua, durante aquellos años y los años siguientes, he tratado de escribir poemas: para hablar, para orientarme, para saber dónde me encontraba y a dónde quería dirigirme, para proyectarme en una realidad.
Todo era, como pueden verlo, acontecimiento, movimiento, marcha: era la tentativa de hallar una dirección. Y cuando interrogo su sentido, me creo obligado a decirme que, en esa pregunta, entra a contar también la pregunta por el sentido de las agujas del reloj.
Porque el poema no es intemporal. Plantea, ciertamente, una exigencia de infinito, busca abrirse paso a través del tiempo —a través, no por encima de él.
El poema, dado que efectivamente es una forma de aparición de la lengua, y por tanto de esencia dialógica, puede ser una botella al mar, abandonada a la creencia —no siempre muy esperanzada, por cierto— de que algún día y en alguna parte, pueda ser recogida en una playa, en la playa del corazón tal vez. Los poemas, en este sentido, también están en camino: se dirigen a algo.
¿Hacia qué? Hacia algo abierto, vacante, hacia un tú invocable tal vez, hacia una realidad invocable.
De tales realidades, pienso, se ocupa el poema.
Y creo asimismo que vías de reflexión como éstas no sólo marcan mis esfuerzos, sino también los de otros líricos de la generación más joven. Son los esfuerzos de quien, sobrepasado por las estrellas, que son obra de los hombres, y expuesto en un sentido antes no previsto y por tanto libre del modo más siniestro, va con todo su ser hacia la lengua, herido de realidad y buscando realidad.
_ Paul Celan. Discurso de Bremen, 26 de enero de 1958
Traducción de Ricardo Ibarlucía. Diario de poesía, 1996

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Consuelo With Pine Branch, Paradise Cove, 1984
Herb Ritts.
Giulia Vanelli. “The Season”. Toscana, 2024
Ingeborg Bachmann, June 25, 1926 – October 17, 1973.
Lucian Freud

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La nieve
Ella venía de más allá de las rutas,
Ella tocó los prados, el ocre de las flores,
De esta mano que escribe en humo,
Ella ha vencido el tiempo a través del silencio.
Hay más luz esta noche
A causa de la nieve.
Podría decirse que las hojas arden, más allá de la puerta,
Y que hay agua en la madera que vuelve.
- Yves Bonnefoy.
Versión de Gustavo Osorio de Ita.
Tranvía en Vigo. Galicia. Año: 1920.
Archivo Pacheco