Homenaje biográfico a Julio Scherer
Una sola vez lo vi. Hace ya muchos años. Me recibió una mañana en su oficina de Fresas 13, luego de semanas de llamar todos los días a Elena Guerra para insistir en un encuentro con don Julio Scherer. Elenita, siempre amable, me despachaba rápido con la misma frase: “Yo le digo que llamaste, yo le digo que volviste a llamar...” Ya sabía, por supuesto, que nunca había dado una entrevista. Pero con ingenuidad confiaba en que mi suerte podía ser distinta. Me animó en ese momento una revista que recién había descubierto gracias a una amiga. En la portada estaba una foto de don Julio, un close up que anunciaba “una entrevista” con él. Pero lo que vendió la revista Caballero en ese momento, era más bien era la crónica de un “no”. El textos relataba un breve encuentro con don Julio, en el que se había negado a responder y ofrecía sus razones. Al menos los recibió, pensé. Y seguí insistiendo hasta conseguir la cita.
Llegué a Proceso con varias hojas de preguntas escritas a mano que se quedaron guardadas en mi mochila, porque apenas crucé su puerta, se abalanzó hacia mí, me besó la mano y me pidió que me sentara al otro lado de su escritorio. Apenas pude contarle que había comenzado a escudriñar en su vida, que había encontrado a viejos compañeros suyos del Colegio Bachilleratos, que lo había visto en fotos de su época como estudiante de secundaria y quería que me platicara más. Hasta allí llegué. De su escritorio tomó un libro en el que había separado una hoja de la entrevista que Jeson Weiss hizo a Julio Cortázar en 1984 para Paris Review. Me leyó una parte: “Escuche, le diré algo que no debería decir porque nadie lo creerá, pero el éxito no es un placer para mí. Me alegra poder vivir de lo que escribo, así que tengo que soportar el aspecto crítico y popular del éxito. Pero como hombre era más feliz cuando era desconocido. Mucho más feliz.”
--¿Escuchó? ¿Qué le parece? ¿Le gustó? --me preguntó.
A partir de ese momento, me disparó una serie de preguntas sobre mí, me agradeció la visita y me despidió.
De aquel breve encuentro sólo pude arrebatarle la imagen de una fotografía que había a sus espaldas. En la imagen aparecía él, muy joven, delgado, con el cabello desordenado, la vista clavada al frente y una mueca que no alcanzaba a ser sonrisa. Estaban también sus hermanos, Hugo y Paz, y en medio de ellos su padre. Un hombre alto y corpulento, de rasgos fuertes, frente amplia y cabello al quiebre tirado hacia atrás, que sostenía una pipa en su mano.
De la familia de don Julio sabía muy poco. Apenas las breves referencias que él había compartido en sus libros. Pero a partir de esa foto su historia familiar se convirtió en una obsesión, que me llevó a escarbar en el libros, revistas de época y viejos periódicos. ¿Cómo llegó Julio Scherer a ser lo que es? ¿Qué lo hace excepcional a la vista de todos?, me preguntaba. Entrevisté de nuevo a los viejos amigos de Excélsior y busqué ex compañeros de escuela. Incluso seguí sus rutinas para abordar un jueves, afuera de la cafetería Ginno's de Insuergentes Sur, a su hermano Hugo. Sabía que allí se reunían cada semana los hermanos Scherer García y era mi única oportunidad para hablar con alguno de ellos. Don Hugo aceptó.
Con él pude repasar y reconstruir algunos momentos de la familia y de la propia carrera periodística de Julio Scherer. Recordaba que su hermano había llegado a Excélsior por recomendación del entonces gerente general Gilberto Figueroa, quien conocía a su padre porque los dos eran socios del Club de Leones. En el periódico lo recibió Enrique Borrego, uno de los personajes más oscuros del periodismo mexicano, director entonces de la Extra (la segunda edición de Ultimas Noticias). El joven Scherer, quien había abandonado recientemente sus estudios, recibió la orden de entrevistar a un músico checo que se encontraba de visita en la ciudad. Su hermano lo acompañó, hizo la entrevista y consiguió el trabajo.
Don Hugo también me habló de aquel recorrido itinerante que realizaron con su padre, a bordo de un Ford V8 en el que cruzaron el país, atravesaron la frontera y llegaron a San Francisco. Y del frustrado viaje a Europa que planeó su padre para todos y que nunca pudo concretarse por el fraude aquel del que fue víctima su padre en su casa de bolsa. Rodríguez Toro recordaba la anécdota: “Poco antes de que ocurriera la quiebra de don Pablo, la familia iba a salir a Nueva York para tomar uno de esos trasatlánticos con rumbo a Europa, pero en la víspera se enteró del fraude”.
Fue la debacle de los Scherer García que obligó la venta de la casa de San Ángel, de los pañuelos de seda de la madre de don Julio y de todas las reliquias familiares heredadas de aquellos abuelos alemanes, Hugo y Clara Scherer, de los que nunca escribió don Julio y muy poco habló con sus amigos.
Tal vez por recato, me dijeron. Al parecer a don Julio le incomodaba la distinguida posición que había ocupado su abuelo en el Porfiriato. Era banquero, alemán de origen, y había sido amigo y asesor financiero de Ives Limantour, el secretario de Hacienda de Díaz. Tan cercana fue su relación que Limantour lo nombró emisario del gobierno mexicano en Europa para la negociación de préstamos y emisión de bonos de deuda, y más tarde lo sumó al comité que elaboró la primera ley general de instituciones de crédito, de 1896.
Hero Rodríguez Toro, gerente general de Excélsior durante la dirección de Scherer, aseguraba que al salir de la casa de aquel abuelo –un palacete estilo art nouvou ubicado a un costado de lo que es hoy la Glorieta a Colón--, Belisario Domínguez había sido apresado por las tropas del golpista Victoriano Huerta, durante la Decena Trágica. Quién sabe si sucedió así. Lo cierto es que de aquellos abuelos paternos la familia Scherer García heredó un comedor labrado con sus iniciales, una colección príncipe de Lucas Alamán y otra de libros en alemán que Julio Scherer no leyó porque nunca aprendió alemán. Ni inglés, me dijo Leñero un día, con una sonrisa, al recordar la mala pronunciación e su amigo cuando hablaba de su equipo favorito de beisbol: los Yankees de Nueva York.
Su padre, en cambio, dominaba los dos idiomas y hablaba un poco de francés. Había vivido y estudiado finanzas en Londres y Alemania, antes de alistarse en el ejército alemán para combatir en la primera guerra mundial y regresar a México, en la década de los veinte, para montar su propio negocio.
Me costaba trabajo imaginar a aquel hombre de la foto, que parecía bonachón, en una guerra. Hugo Scherer recordaba a su padre como un hombre de carácter mesurado y amable, buen lector, que prefería la prensa en inglés y la literatura en alemán. Me dijo que su padre estuvo obligado a alistarse en la guerra y que siempre les contaba que, antes de matar, prefería tirar al aire si podía. El mismo había estado a punto de morir, a causa de una infección contraída en el campo de batalla. Más tarde supe que de aquel episodio quedó como recuerdo un viejo abrigo verde que lo distinguió como soldado del ejército del káiser y que Pablo Scherer conservó durante toda su vida.
Alguna afición militar mantuvo, porque durante la Segunda Guerra Mundial su hijo lo recordaba pendiente de la radio por las tardes para conocer las noticias del frente y lo veía durante horas marcando las posiciones de los ejércitos en un mapa, que tiró al terminar la guerra.
De su abuelo materno, en cambio, había más pistas. Se llamaba Julio García Pimentel y había sido abogado consultor de la Secretaría de Relaciones Exteriores en la etapa de Alberto J. Pani y presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. En Guanajuato, donde nació, la universidad del estado tiene un aula con su nombre, como ejemplo de “honor a la tradición liberal de los políticos guanajuatenses” y de “la fama y prestigio que dio a su tierra natal por ser uno de los más importantes jurisconsultos de las tres primeras décadas del siglo XX”.
Hugo Scherer García recordaba que la relación de su hermano con su abuelo había sido muy cercana y que don Julio incluso lo ayudó a emprender un libro de memorias que, al parecer, le robaron.
Una lástima porque, además de haber sido presidente de la SCJN, tuvo una relevante participación en el efímero gobierno de Francisco I. Madero, como subsecretario de Relaciones Exteriores.
“Su trato afable, su dominio del derecho y su manejo firme pero con tacto lo hicieron el funcionario ideal para el cargo”, se asegura la semblanza que sobre él escribieron Carlos J. Sierra y Víctor M. Salinas.
En los acontecimientos posteriores a la decena trágica se pierde la huella de Julio García Pimentel. En su semblanza se cuenta que en la efervescencia revolucionaria que sucedió a la muerte de Madero, García Pimentel se alejó de la política y volvió a su ejercer su carrera desde su despacho privado, en el cual “obtuvo magnífica posición y prestigio a toda prueba, de tal manera que fue uno de los más distinguidos profesores de la Escuela Nacional de Jurisprudencia”.
Retomó sus actividades políticas durante el gobierno de Alvaro Obregón, que lo eligió para acompañar a los abogados Fernando Iglesias Calderón y Genaro Fernández Mc Gregor, en un viaje a Estados Unidos para promover el reconocimiento de su presidencia ante el gobierno de aquel país.
El último capítulo de Julio García Pimentel en la vida pública del país transcurrió en la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Cumplidos los 70 años fue nombrado ministro y elegido presidente para ocupar el cargo durante cuatro años. “Conocimiento, honradez acrisolada, sabiduría y serenidad lo hicieron el candidato natural para hacer frente a la ola de irregularidades que, según los gobernantes en turno, cubría al país y dañaba al Poder Judicial Federal”, se relata en su semblanza.
Vuelvo a la fotografía sepia de la oficina de don Julio. A la imagen de aquel adolescente desgarbado. Al recordarlo, pienso en todas esas referencias literarias que ha despertado la figura de Scherer. Octavio Paz lo comparaba con un personaje extraído de la literatura rusa, recuerda Enrique Krauze en Mexicanos eminentes, y Elena Poniatowska escribió sobre él: “Es un personaje fáustico, de rasgos alemanes de enorme romanticismo. Hace pensar en El lobo estepario de Herman Hesse”.
En aquel encuentro con Scherer en su despacho, le puse su rostro adolescente al personaje de Harry Haller y me expliqué, a mi modo, las palabras de Poniatowska al releer El lobo estepario: “… da la impresión de un hombre superior, nada vulgar y de extraordinario talento (...)”.
Más tarde supe que el autor alemán era el favorito de su madre, Paz García, una mujer “muy culta, educada y de mucha categoría”, recordaba Enrique Maza al hablar de ella y de su propia madre, porque eran primas hermanas, muy cercanas. “Se entendían muy bien porque estaban cortadas con la misma tijera en todos los aspectos: religioso, moral, educativo, en sus valores y en su manera de ser como madres: estrictas, disciplinarias y muy apegadas a la práctica religiosa”, me dijo Maza. Luego me contó que su madre había tenido que casarse en la clandestinidad y huir luego a Ciudad Juárez, por el clima anticlerical que prevalecía en la época de Calles.
Aficionada como era a la lectura de un modo voraz --según recordaba Rodríguez Toro por conversaciones con Scherer--, Paz García era cliente asidua de la primera Librería de Cristal que hubo en la ciudad, donde se hizo amiga del encargado. Cada semana aquel joven le recomendaba a la madre de Scherer autores y alguna novedad editorial. Entre sus escritores favoritos estaban los europeos, especialmente los franceses y alemanes, y de entre todos Herman Hesse, recordaba Hugo Scherer.
La madre de don Julio había sido la menor de tres hermanas. Nacida en Guanajuato como su padre, vivió en su estado hasta los tres años, obligada la familia a trasladarse a la ciudad de México por las actividades políticas y diplomáticas de su padre Julio García Pimentel. En la Ciudad de México estudió en uno de los mejores colegios para señoritas de la época: el Sagrado Corazón, una reconocida institución “católico-religiosa, de enseñanza europea”, que había abierto sus puertas en México en 1881 y se disputaba reputación y clientela con el colegio francés San José, de la orden del mismo nombre.
No es que Paz García fuera una mujer dura, recordaba Enrique Maza, pero sí de convicciones y carácter firmes. Intransigente en sus principios, su autoridad podía imponerse aun en el silencio, aseguraba. “Cuando se enojaba simplemente callaba y dejaba de comer y nadie más que Julio podía convencerla”, recuerdaba don Hugo Scherer. “El subía a la recámara, hablaba con ella y al cabo de un rato bajaban juntos, y ella dispuesta a sentarse a la mesa”.
Entre Scherer y su madre, dicen las voces familiares, siempre hubo una especial complicidad, formaban una especie de ecuación sentimental, me dijo Maza: Scherer inspiraba en su madre una especial debilidad y él, a su vez, sentía por ella una devoción infinita.
Siempre tuvo algo que contar sobre ella, recordaba Hero Rodríguez Toro. Y había una anécdota en particular que repetía. “Alguna vez me contó que en su casa, grande como era, había varios criados a los que él siempre daba las gracias. Una vez su madre le dijo que no era necesario que agradeciera cada vez que le servían, pues con una vez bastaba. Le explicó que era suficiente si los trataba con deferencia y respeto, pero Julio nunca pudo hacer caso. Es el hombre más amable que uno pueda imaginar, aunque también es soberbio, sobre todo intelectualmente hablando, quizá por su misma formación aristocrática. Sin embargo, nunca ofende o lastima y sólo es soberbio cuando hace falta serlo. En general es un hombre respetuosísimo”.
Froylán López Narváez también recordaba que en alguna ocasión, hablando con Scherer sobre los amigos, el periodista le contó que “una vez su madre le preguntó: oye, Julio, ¿cuántos amigos tienes? Scherer comenzó a contar y le contestó: como quince. ¿Quince? Qué dichoso –le dijo doña Paz—. Yo, si acaso, dos. Entonces Scherer pensó: pero qué pendejo soy, es tan difícil tener amigos verdaderos…”. Quizá por eso Scherer practicaba la amistad “con pautas absolutas”, como escribe Enrique Krauze, “no de exigencia sino de lealtad, de atención, de sensibilidad, a veces de compasión”.
Maza aseguraba que por todos los rincones de la personalidad de Julio Scherer se notaba la influencia de su madre. De ella “heredó el trato fino, amable, educado y respetuoso”.
Ella, orgullosa de su hijo, conservó hasta el final de su vida los recortes de las notas periodísticas de Julio Scherer.
Me remonté tantos años atrás como pude en la historia de Julio Scherer García para encontrar la explicación a una frase de Krauze: sólo es posible entender su biografía a partir del “cruce exacto entre la política y la fe”, síntesis de su personalidad y su carácter.
En su árbol genealógico encontré ambas: política y fe, y tuvo más sentido la referencia después de hablar con algunos de sus viejos compañeros de trabajo. Miguel Angel Granados Chapa, uno de los más cercanos colaboradores de Scherer en la dirección de Excélsior y en los primeros años de Proceso, consideraba “su educación cristiana muy rígida, basada en la noción del pecado y que el cristiano tiene que evitarlo”, marcó una profunda huella en la personalidad de Scherer.
“Tengo una teoría sobre Scherer –me dijo un día-- y es que el mal y los malos le fascinan, lo hipnotizan. Los pecadores le llaman la atención, le atraen porque él fue educado para no permitírselo. Y creo que frente al mal tiene dos actitudes: por un lado le gusta y se deleita viéndolo y tratando con sus practicantes, en una especie de morbo. Pero por otro, y dados sus principios católicos, pues se siente la encarnación del bien y como tal se siente obligado a combatir el mal para espantarlo, debe dar espadazos al mal para ahuyentarlo y cortarle las cabezas”.
Sólo a partir de esa contradicción, “puede entenderse que Julio Scherer contara entre sus mejores amigos a individuos verdaderamente detestables”, aseguraba Granados Chapa. Se refería particularmente a Regino Díaz Rendodo, su compadre, el hombre que se prestó al golpe de Luis Echeverría para arrebatarle Excélsior en 1976.
Al respecto, Echeverría me dijo un día en su casa de San Jerónimo: “Eso ya es pasado. Julio y yo nos hemos reconciliado”. Mientras hablaba, en su televisión veía las imágenes de la pedrada que recibió en la Ciudad Universitaria y recordaba cómo Scherer lo había respaldado desde las páginas de Excélsior.
Díaz Redondo nunca aceptó una entrevista, así que la historia queda de lado que la conocemos.