Edward Scissorhands -Tim Burton (1990)
part i
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@elcuadernodezoe
Edward Scissorhands -Tim Burton (1990)
part i

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tu nombre significa tristeza en hebreo o le pregunté por vos al tarot y me confesó que sos miserable
¿es por mí?
lo que para mí eran
recuerdos mezclados en tu pelo enredado
para vos no eran más que momentos
nimios
ínfimos
meras risas en un parque
que ya no nos pertenece
todos los lugares que convertí en nuestros
me vuelven a parecer ajenos
las tres espadas
me desangran el corazón
intentando arrancar tu nombre de mi sangre
porque sé que tengo que desanudar nuestros dedos
separar el recuerdo de tu cuerpo del mío
pero siempre vuelvo por un abrazo.
-¿Creés que se acuerda de mí?
La pregunta la paraliza. Comienza a responder, pero no encuentra las palabras. Ella le sonríe con timidez y cierta vergüenza, como si su duda fuera un poco tonta. Baja la cabeza, sintiéndose expuesta. Le recuerda a un niño pequeño y desamparado. Le recuerda a su niño.
En su mente se repite el mismo mantra que la acompaña cada vez que se cruza con ella por el barrio. Las palabras le acarician la lengua, luchando por salir: está muerto está muerto está muerto está muerto está…
-Sí, por supuesto.
Se detesta tan pronto las pronuncia. Está a punto de retractarse, confesarle aquel secreto que le ocultan hace tiempo y afrontar las consecuencias, cuando ella exhala lentamente con notorio alivio. Cierra los ojos y un par de lágrimas se escapan entre sus párpados temblorosos.
-Muy bien. - susurra. - Muy bien.
La crueldad de sus actos no la deja respirar. Las palabras que debería haber dicho se le atascan en la garganta, esperando al próximo encuentro donde volverán a amenazar con salir.
Ella se recompone: agarra su bolso, se endereza y con la cabeza en alto asiente en forma de saludo. Pareciera como si aquella afirmación le hubiese devuelto la entereza. Con ello recuerda lo que su marido le repite una y otra vez: es mejor para ella no enterarse de la verdad. Ninguna madre puede sobrevivir a su hijo. Se concentra en eso, en el rostro firme que la mira como si no tuviera fantasmas que la acechan a diario. Asiente en respuesta y se dice a sí misma: sí, es mejor para ella.
Se aleja por la vereda con seriedad. Nadie que se la cruzara adivinaría la íntima conversación que segundos antes había entablado con su vecina.
El adolescente no llega a correr muy lejos, es cuestión de segundos hasta que la bala sale del arma con un estallido y lo alcanza. Sus zapatillas se hunden en la arena, terreno complicado para andar incluso para los oficiales que van tras suyo, uno de ellos con el arma todavía en la mano izquierda y el otro unos pasos más atrás, esperando.
La inmensidad de la playa esconde la escena de los ojos de los turistas que cenan a unos metros, entre carcajadas estrepitosas y melodías desafinadas. Es tal el barullo que pasamos todos desapercibidos: los hombres persiguiendo a un adolescente que ya no corre y mi figura entre los matorrales.
En el rostro del chico se refleja el terror y la desesperación y sus movimientos acompañan tales emociones. Sus brazos se sacuden a sus costados y sus manos se contraen con fuerza.
Los oficiales no emiten sonido, observan en silencio y esperan. Esperan, esperan, esperan.
La bala se hace paso por su carne y el sonido de las olas al romper se sincroniza con el de su cuerpo al desplomarse sobre la arena. Uno de los hombres se prende un cigarrillo mientras se acercan con parsimonia y tranquilidad.
La sangre brota de su herida y su cuerpo se sacude una última vez. La bala se asienta entre sus órganos, sabiendo que tiene una larga vida en aquel nuevo cuerpo que pronto va llegando a su fin.
21/09/2020
una foto de mi perro pues por qué no

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El chillido de la puerta interrumpe los vozarrones y carcajadas. Restos de carne descansan sobre la mesa que rodean dos adolescentes junto a un hombre mayor y el Viejo en la estación de servicio. A paso lento, un hombre se detiene junto a la puerta, dejando un rastro de barro con cada paso. El silencio se impone y la familia adopta una posición desconfiada. Por su parte, el Viejo sigue teniendo rastros de una sonrisa cómoda, sin inmutarse. Se levanta con esfuerzo y ellos lo observan atentos, con aire sobreprotector. Apoya una de sus manos sobre el hombro del menor, para tranquilizarlo, mientras el resto mantienen la mirada clavada en el Intruso con expresión amenazadora.
-¿Qué desea, buen hombre?
El Intruso pasea la mirada por todos los presentes antes de contestar.
-Puchos.
El Viejo hace su camino hacia el mostrador y él lo sigue sin separar la mirada de los hombres furibundos. Mientras espera su vuelto les sonríe con sorna. Ellos responden como esperaba: sus respiraciones se aceleran, uno de ellos se levanta con ambas manos apoyadas sobre la mesa. El aire se vuelve espeso. Mientras tanto, el Viejo le devuelve el dinero y, ajeno a la batalla que se desarrolla frente suyo, le sonríe.
-Tenga buen viaje.
Sin embargo el Intruso no se marcha y de manera deliberada los acecha en silencio. La expresión del Viejo cambia hacia una más desconfiada.
-No estoy de paso.
El Viejo dibuja en sus labios una mueca desagradable y frunce el ceño. Se sitúa frente a la mesa, de manera protectora, con su familia a sus espaldas. Parecen una manada lista para atacar. Se mantienen con la mirada firme en el hombre que vuelve a su camioneta a paso lento, sabe que está siendo observado. El Viejo le prohíbe la entrada a su estación de servicio aquella noche.
Chiara se tapa del sol con mi remera descansando y yo mantengo mi mirada perdida en el lago inmenso que se abre ante mis ojos. Dos hermanos dan chapuzones y salpican sin mesura en el agua cristalina mientras al lado de ellos dos niñas intentan agarrar pececitos con un balde y fallan una y otra vez. La madre las llama desde una carpa y corren hacia ella. Yo muevo los dedos de los pies incomoda, de la misma forma que lo hacía aquellos años cuando sentía la arena dentro de mis zapatillas.
Vuelvo a apoyar la cabeza en el pecho de Chiara y le pregunto si hoy quiere comer torta frita o tomarnos un cafecito en el restaurante de los alemanes. Levanta mi remera de su rostro y, con una sonrisa, resuelve que merendaremos ambas cosas. Yo le devuelvo la sonrisa, ansiosa por nuestra dosis diaria de azúcar que prometemos mantener cuando volvamos a la rutina. Repetimos mucho que esta semana de solo comer y leer junto al lago es el estilo de vida que nos gustaría llevar siempre. Mi realidad se aleja bastante de nuestra idílica fantasía, con el constante ajetreo de la ciudad y la rutina incesante. Sin embargo me permito alojarme en aquellos recuerdos de tiempos mejores cuando dormía en refugios junto a mis primos y nos escondíamos de la tormenta en carpas demasiado grandes para nosotros.
Chiara me alcanza mi libro y me sonríe: -Dale, seguí.
Yo elijo un poema al azar y lo leo en voz alta. Luego, vuelvo mi mirada al lago. Siempre termino volviendo a él.
“en esta hora inocente yo y la que fui nos sentamos en el umbral de mi mirada”.[1]
[1] Pizarnik, Alejandra (2019): “Poema 11″ en Poesía Completa (p.113). Buenos Aires: Penguin Random House Grupo Editorial.
llega el momento de decirnos adiós
y aunque yo soy la fuerte de los dos
vos sos el único capaz de rompernos y seguir
adelante
yo todavía no logro levantarme
porque caer por vos es fácil
pero amarte me cuesta la vida.
"amor perdóname
no puedo aguantar más
me voy, te quise"
y me apago con tu despedida
me desangro
no queda nada de la mujer que solía ser
y por las muñecas
se me escapan tus mariposas.
El portero eléctrico genera un sonido estridente que dura tan solo unos segundos. En cuanto alcanzo la puerta se detiene y esta se cierra sola a mis espaldas. Me doy la vuelta y saludo efusivamente a la cámara de seguridad a través del vidrio sabiendo que la doctora me observa salir. Camino sin apuro en aquella avenida grande pero poco transitada. Los cascotes con los que se solían construir las calles se mantienen en esta zona que parece estar atrapada en una época anterior, con las casas coloniales y amplias donde vivía la burguesía porteña. Si bien muchas de las casas se modernizaron, como demuestra aquella pintada enteramente de un azul oscuro poco usual, siguen siendo habitadas por la misma clase social: no imagino una forma de pagar una vivienda como las de esa zona de Coghlan y los gastos que debe conllevar mantenerla teniendo un simple salario como el mío. Miro hacia arriba buscando el cielo pero solo encuentro retazos de él. Pienso en los primeros en mudarse plantando aquellos árboles que ahora yo disfruto y me pregunto qué altura habrán tenido hace trece años, cuando dejé de caminar por esas calles. Contemplo la posibilidad de haber disfrutado este mismo rayo de sol que se filtra entre las hojas antes de volver a mi casa cuando tan solo tenía once años y si me hubiese detenido para gozar de la sensación del calor cálido sobre mi rostro como hago ahora. Aspiro el aroma del pasto fresco y lavandas. Pasar tanto tiempo en encierro me enseñó a disfrutar de aquellos detalles. Cuando pasás años tan solo recibiendo la luz que logra penetrar el material que cubre las ventanas y el único olor que te envuelve es el de desinfectante y pintura encontrarse con eso que parece tan cotidiano, como el sol del mediodía, es toda una hazaña.
Doblo en Mendoza, me detengo en seco frente a la casa de la esquina y fantaseo con tener un jardincito delantero como ese, así de cuidado. Podría poner en práctica todos esos libros de jardinería que leí buscando algún pasatiempo durante lo que creo que debe haber sido un año y medio. La señora que riega las plantas en la entrada no nota mi presencia hasta que le digo: “Qué lindo jardín, señora”. Al principio me sonríe y me agradece amablemente. Luego su expresión cambia: frunce el ceño y deja que el agua de la manguera se derrame sobre el suelo al volcar toda su atención en mí. Retomo mi camino dejando atrás a la señora mayor y su simpático hogar y me pregunto si lo habrá notado.
Me asombro al ver un par de palmeras en la vereda de en frente que no reconozco de antes pero lo que más llama mi atención es aquel niño que viene corriendo hacia mí. No debe pasar los cinco años y, como todo pequeño de esa edad, me sonríe mostrando todos sus dientes, radiante. Yo le devuelvo la sonrisa con emoción y lo sigo con la mirada cuando pasa a mi lado. Me doy vuelta con la intención de entablar una conversación con él pero un grito se interpone entre mi voluntad y mi accionar.
-¡Mateo!
Intenta sonar calmada pero los vestigios de preocupación y temor se filtran en su voz. Cuando pasa a mi lado me dedica una mirada brusca y se reúne con el niño. Le pide la mano y doblan en la esquina. Él no parece comprender del todo lo que ocurre pero yo sí lo hago. Lo ha notado; todos terminan notándolo pero quienes más lo advierten son las madres. Por alguna razón son quienes más perciben que hay algo malo conmigo. Al resto le suele tomar un par de minutos, algún intercambio de palabras. Ellas con una simple mirada lo advierten, por eso son las más rápidas en alejarse. Y yo las entiendo. Tan solo me gustaría poder explicarme, explicar que cuando yo observo a sus hijos solo pienso en él.
Sigo mi camino, cada vez más cerca de la casa. Me gusta prestar atención a mi alrededor, concentrarme en el canto de los pájaros y el sonido de las hojas al caer. Tal vez sea la costumbre. He creado muchas costumbres en estos últimos trece años. La doctora me ayuda a ir desechándolos de a poco. Dice que ya no son necesarios pero yo no tengo tanta certeza de ello. A pesar de ello le hago caso pues es la única opción que me queda si quiero volver a verlo. No me cuesta demasiado pues también tengo la costumbre de obedecer. Cuando él amenazaba con llevárselo si no atendía de buena manera a las visitas yo cumplía. Por eso cuando la doctora me pidió que usara prendas elegantes para ir al despacho del juez revolví entre toda la ropa que encontré en la casa e hice mi mayor esfuerzo. Y cuando me pidió que caminara para hacer algo de ejercicio y volver a ganar algo de peso dejé de usar el transporte público. Siempre es por él. Todo es por él.
La doctora se mantiene en contacto con otra doctora que es quien ordena mis papeles y los de él. Me aseguró que puedo confiar en ella también sin embargo suele hacer demasiadas preguntas, como los hombres que se lo llevaron. La doctora me explicó que solo está ayudando y que son cosas que debe saber para lograr que él vuelva conmigo sin embargo siempre que la veo remarca lo difícil que es que nos volvamos a encontrar principalmente porque no es mío. Yo intento explicarle que sí lo es, que se volvió mío cuando me di cuenta que éramos solo nosotros dos en el depósito y que alguien debía cuidar de él. Y ese alguien fui yo. Le muestro con las manos de qué tamaño era cuando lo encontré en el suelo envuelto en una frazada y le cuento cómo debía hacer para que comiera parte de lo que dejaban por la ranura de la puerta ya que él no podía masticar. Le cuento estas cosas esperando que me confirme que los sucesos en el depósito son suficientes para comprobar que es mío pero solo baja la mirada y sacude la cabeza. No le gusta cuando le cuento sobre los treces años allí, cambia de tema rápidamente. Pero yo me doy cuenta qué es lo que la atormenta. Lo que mayor incomodidad le genera es no entender. Y lo entiendo. Entiendo que no pueda comprender por qué no intenté escapar. De verdad lo entiendo. No la culpo por responsabilizarme por haberlo perdido. Porque entiendo lo que quiso decir cuando declaró que si los hombres que se lo llevaron hubiesen visto que yo había luchado un poco contra lo que él me obligaba a hacer a mí y, con el paso de los años, a él también, les habría resultado más difícil separarnos. Lo comprendo aunque a la doctora no le haya parecido adecuado que me lo hubiese dicho y se haya enojado con ella.
Aunque lloro mucho desde que me dijeron que no podía verlo, lo entiendo. Es por eso que la doctora hace tanto hincapié en que debo recuperarme. Y yo le hago caso porque sé que no me miente cuando dice que voy por buen camino. Lo que no entienden y me desespera que no lo hagan es que no podré recuperarme del todo hasta que me lo devuelvan. Y él tampoco. Cuando él finalmente nos abandonó y los hombres llegaron se asustó mucho pues yo fui la única persona que conoció. El resto de personas que habían pasado por el depósito son solo borrones en su memoria porque le hice prometer a él que cuando le tocara atender a los invitados le iba a dar esa pastilla que me había dado a mí la primera noche. La otra doctora dice que pueden usar eso en mi contra pero yo intento que entienda que esa era mi forma de luchar. Ella solamente vuelve a bajar la mirada y a sacudir la cabeza.
Cuando llego a Holmberg me detengo y miro la casa desde la calle de en frente. Observo la reja oxidada, la pintura descascarada de la pared y lo que antes solía ser un hermoso jardín. Recuerdo las flores que ella solía regar mientras cantaba en otro idioma. Me sonreía y yo le devolvía la sonrisa a través de los barrotes de la ventana; esa ventana que luego estaría tapada con publicidades arrancadas de la calle e impedirían el paso de la luz en el depósito. La silla de metal sigue en el mismo lugar donde ella se sentaba todas las mañanas y donde luego él la sustituyó, cambiando el libro de jardinería que ella leía por la botella de vino que él bebía. Todos aquellos recuerdos de hace más de trece años, tiempo antes de que el depósito se convirtiera en mi hogar, se abren paso en mi consciencia. Los años posteriores y luego el momento en que él apareció por la ranura de la puerta una mañana envuelto en una frazada color azul. Las reminiscencias de una infancia vivida por un adulto de trece años que pasó de ser él a nosotros. Tomo asiento en aquella misma silla donde todos ellos pasaron y sostengo el único recuerdo físico que mantengo suyo. Libero las lágrimas que me asaltan, como todos los mediodías luego de visitar a la doctora, mientras el ruido de los autos al pasar se funden con los gritos en mi cabeza. Él me sonríe a través de la fotografía, aquella que los hombres le sacaron cuando lo ingresaron al hogar de niños y que la doctora consiguió darme. Observo su pelo al ras, la cicatriz en su mentón y ese brillo doloroso que solo yo comprendo. Pienso en las palabras de la otra doctora, en sus manitos sucias sosteniendo el pedazo de pan con fideos, en las lágrimas sobre sus mejillas cuando le daba la pastillas para las visitas entendiendo lo que significaban. Recuerdo sus ojitos cerrados llenos de paz, su risa por las revistas de chimentos que encontramos debajo del mueble, su cabeza apoyada en mi pecho por las noches y me repito una y otra vez que estoy haciendo lo correcto. Que él solo está a salvo conmigo. Que yo solo estoy salvado con él. Y que cuando vuelva a la casa volveremos a empezar.
Quiero que este sea el primer poema que te escriba
quiero enamorarme de vos
conocer a tus papás
y que tus amigos me halaguen cuando yo no esté
quiero ver la tele y quedarme dormida al lado tuyo
buscarte por la parada de colectivo
y escuchar la música que te gusta
pero más que nada
quiero que tengas ganas de venir a cenar a casa
aunque a mí me dé vergüenza
que esperes caerle bien a mis amigas
y que me hagas la cena cuando vengo cansada
quiero que me quieras
como yo quiero quererte
y que me lo hagas saber.

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ahora que
borré los recuerdos
ignoré los presagios
me enojé con mis instintos
me gusta soñar con vos.
18.10.19
a mi alrededor
todo cambia
y yo soy una semilla que no logra germinar
Soñar despierta
hace unas semanas
escribo guiones de películas
y gano premios internacionales
a veces con ayuda
otras sola
ayer me enamoré
fallé
y volví a amar
en mi tiempo libre
escribí tres libros
y también di clases
hoy escribo poemas en una servilleta
que luego les leo a ustedes
entre aplausos
con dos leyendas a mis costados
y mi familia emocionada en primera fila
¿y vivir?
no me alcanza el tiempo para eso.
Soñar despierta
hace unas semanas
escribo guiones de películas
y gano premios internacionales
a veces con ayuda
otras sola
ayer me enamoré
fallé
y volví a amar
en mi tiempo libre
escribí tres libros
y también di clases
hoy escribo poemas en una servilleta
que luego les leo a ustedes
entre aplausos
con dos leyendas a mis costados
y mi familia emocionada en primera fila
¿y vivir?
no me alcanza el tiempo para eso.
cuando,
luego de años desbordados de catástrofe,
mi tía echó de su casa
a mi tío drogadicto
el segundo lugar al que recurrió
fue el hotel de Chacarita
que conoció a sus diez años
con su hermana y su mamá
todo comienza y termina en la infancia
(el primer lugar donde buscó asilo
fue la casa de su dealer)
(27.07.19)

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Mar del Plata II
el agua salada ayuda a cicatrizar heridas
entro al mar rota
emerjo con los puntos frescos.
(27.07.19)
Mar del Plata I
busco la soledad
y se me escapa
se aferran a mí
me alejan de ella
y yo solo quiero
acostarme junto al agua
y dejarme arrastrar por ella
mar adentro
cuando me devuelva a la orilla
seré pura de nuevo.
(27.07.19)