Y es que creo que tienen razón. Debe ser mucha mi negación si sigo dudando, pues no veo argumento ni motivo que pueda callar esa insistente voz dentro de mí que me hace dar vueltas y vueltas al tema. Estamos matando animales, y no deberíamos. Wow, ya sueno como un fanático. Creo que ya saben de lo que hablo y si no: pienso que los veganos están en lo correcto cuando dicen que no debemos comer productos de origen animal. Qué difícil, si somos criados a base de leche, tacos y quesadillas. Desde pequeños la pirámide alimenticia nos muestra los huevos y la carne, damos por hecho que esta bien comer todo eso. Según yo ya había hecho el cambio de mentalidad para dejar de comer carne, dejé de comprarla en el supermercado y aprendí una o dos recetas vegetarianas (descubrí que son algo caros algunos ingredientes, pero no todos), y que los veganos realmente se las arreglan para sustituir todo, un concepto nuevo para mí. No pasó ni medio año para que empezara a comprar carne de nuevo. El otro día vi un vídeo de Wheezy Waiter en el que visitó una fábrica de carne a base de vegetales, en donde las proteínas de ciertas verduras eran reorganizadas imitando la composición molecular de la carne. No podía creerlo, pero la ciencia había logrado sin tener que invertir tanta tierra, agua, tiempo y sacrificio en producir lo que ha sido la comida favorita de nuestra especie desde hace muchísimo tiempo. Bueno, acá en México no se consigue eso todavía, pero los veganos de por acá hablan de tres temas (de los cuales sólo me interesa uno): que no extrañan ni necesitan la carne, que toda la demás gente somos asesinos sin cerebro y que los animales tienen el mismo derecho de vivir que nosotros. Esto último me importa. ¿Por qué cuando se hace público el maltrato de un perro por un empleado de una tienda de mascotas la gente se indigna en masa? ¿Por qué estamos acostumbrados a que sólo una cantidad seleccionada de especies debe morir para servirnos a nosotros, el homo sapiens, el animal superior? ¿Qué es exactamente lo que nos hace tan superiores, si el planeta descansará de no existir la raza humana? Y es que siempre nos hemos servido de lo que hay en este mundo, pues es fácil nombrarse el rey cuando nadie más lo puede hacer, pero hemos comenzado a ver que no somos los únicos seres pensantes (caso del bonobo Kanzi o el chimpancé Nim, por decir algunos), los chimpancés están entrando en la edad de piedra, ¿no se consideraba que sólo el hombre podía razonar para crear y usar una herramienta? No hace falta decir que como humanos tendemos a ponernos por encima de los de nuestra misma especie, y por supuesto damos por hecho que estamos encima de todas las demás. ¿No es entonces, si ese es el caso, nuestro deber como especie superior el de extender el manto de la protección y misericordia hacia todas las demás especies animales, que por sí mismas no pueden alzar la voz y decir que no quieren morir, que no quieren ser explotadas? Si pensamos que somos superiores nos falta modestia, pues ninguna especie ha dañando más el planeta que la nuestra, y no somos los únicos que estamos evolucionando. A veces incluso pienso que, en masa, no estamos evolucionado sino retrocediendo, pero ese es otro tema. Es fácil pensar que sólo son unos cuantos los animales que matamos para aprovechar sus productos, que somos nosotros los que les damos vida, pero ellos no han escogido, y no pueden. A estos animales seleccionados ya hemos acostumbrado comerlos durante tanto tiempo y esa ha sido su función: la vaca, la gallina, el cerdo, etc son nacidos, crecidos, reproducidos y asesinados. La pregunta es, ¿Por qué sólo esas especies merecen morir, si toda especie animal tiene un sistema nervioso central que les advierte del peligro haciéndoles sentir dolor cuando un agente extraño amenaza su vida? Creo que la respuesta es que simplemente así se acostumbra, pues al final todo animal tiene carne, y lo único que nos impide decir que toda es comestible es nuestra cultura. Es egoísta elegir la especie que vive y la que no. Como conclusión personal tendré que vivir con esta hipocresía de amar tanto el sabor y el bajo precio de los productos animales sabiendo que es a costa de vida y libertad que llegan a mi boca, y que bien podría vivir sin ellos. Digamos que, oficialmente, ha iniciado una transición indeterminada en mí.