Hoy hablo del impresionismo con maestría, hablo casi como si yo lo hubiera presenciado y cuando menciono datos precisos brincan a mi memoria los días en los que yo lo aprendí, no el día en que abrí mis libros otra vez, no.
Hablo de esos días en los que mi voluntad de vivir pesaba más que el insoportable calor de Guadalajara, en los que mis pies caminaban solos hacia la escuela qué tanto había anhelado entrar y recuerdo cómo esa ilusión no podía si quiera levantarme el ánimo, en cómo la dicha parecía o darme paz.
El aula fría, la banca abullonada, mis cuadernos, mi cuaderno, mi ropa sucia, los ojos hinchados de tanto llorar, como todos los días.
El arte, un sueño que tenía que memorizar mientras el corazón me ardía.
¿Merecía aprender todo aquello?
A veces, mientras la consciencia dormía, me daba permiso de escuchar atentamente y no pensar en otra cosa que no fuera el nombre y la vida de quien pintaba una realidad distinta a la mía.
Nunca podré ser así. Pensaba.
Nunca podré ser tan buena como nadie de aquí, ni siquiera tan bonita, tan delgada.
A veces no quería que terminara la clase, no tenía a donde ir más que a mi cuarto sucio y sin luz, a mi misma, a mi odio hacia a mi, mis carencias, hacia mi hambre, mi falta de dinero, mis lagrimas...