Cuando la cosa pública hace del servicio la medida del hombre, cuando en uno de sus ciudadanos honra sólo la memoria, en otro el entendimiento tabulador, en un tercero sólo la habilidad mecánica, si por acá, indiferente ante el carácter, sólo insiste en los conocimientos y por acullá, en cambio, perdona a un espíritu del orden y a una conducta obediente a la ley el mayor oscurecimiento de la mente – si al mismo tiempo quiere que estas capacidades individuales se cultiven ganando en intensidad cuanto permite al sujeto perder en extensión –, ¿cómo habría de admirarnos que uno desatienda las demás disposiciones del ánimo para consagrar todo su cuidado a la única que procura honra y recompensa? Bien sabemos que el genio vigoroso no identifica los límites de su oficio con los de su actividad, pero el talento mediocre consume en la ocupación que le tocó en suerte todo el escaso caudal de su vigor, y tendría que ser un espíritu ya nada vulgar para destinar, sin menoscabo de su profesión, una porción de aquél a sus aficiones. Y como si ello fuese poco, es raro que sea una buena recomendación ante el Estado el que los talentos superen las obligaciones del empleo o el que la necesidad espiritual superior de un hombre de genio rivalice con su cargo. ¿Tan celoso es el Estado, tratándose de la posesión irrestricta de sus servidores, que más fácilmente se avendría (¿y quién podría decirle que se equivoca?) a compartir su hombre con una Venus Citerea antes que con una Venus Urania?
Y es así como la vida individual, concreta, se agosta paulatinamente, para que el todo abstracto persevere en su vida mezquina, y el Estado nunca deja de ser ajeno a los ciudadanos que lo integran, porque el sentimiento no logra dar con él en ninguna parte. Obligada a simplificar la multiplicidad de sus ciudadanos mediante la clasificación y a no dejar jamás que la humanidad se le acerque sino por representantes de segunda mano, la parte gobernante acaba por perderla completamente de vista, al mezclar la humanidad con una mera chapuza del entendimiento; y la parte gobernada no puede menos que recibir con frialdad indiferente unas leyes que tan poca relación guardan con ella. Hastiada, por fin, de mantener un vínculo que el Estado no ayuda en modo alguno a sustentar, la sociedad positiva (tal es el destino, desde hace ya largo tiempo, de la mayor parte de los Estados europeos) se disuelve en un estado moral natural, donde el poder público es sólo un partido más, aborrecido y burlado por quien lo hace necesario y respetado sólo por quien puede prescindir de él.