Never feed a stray dog.
Cuando el sonido caracterÃstico irrumpió en medio de laapacible espera, un par de ojos se asomaron entre las hojas y siguieron a los recién aparecidos durante su recorrido hacia las verjas de hierro.
La noche era espesa y el canto de los grillos disimuló el crujir de las ramas cuando Radkov se deslizó sobre una de ellas para mejorar su visión. La verdad era que habÃa escogido un buen árbol. Su posición obligaba a cualquiera que se apareciese por allà a pasar, en determinado momento, por su lado si querÃa ingresar a la propiedad. De modo que, a lo largo del par de horas que llevaba allÃ, destrozándose la espalda contra las nudosas ramificaciones, habÃa visto desfilar a varias personas por el camino flanqueado por setos. Las últimas eran un par de rubias. Aquel detalle, notorio incluso bajo el manto nocturno, descartaba por completo que alguna fuera la que buscaba, pero eso no evitó que el mago siguiera con atención los movimientos de una de ellas, cuyo trasero respingado lo invitaba con cada paso a que abandonase el árbol para ir a darle un apretón.
Ojalá pudiera decirse que eran sus modales los que lo habÃan mantenido arraigado en la copa del árbol, pero lo cierto es que no. Si no hubiese sido absolutamente necesario que nadie se percatase de su presencia, no habrÃa tenido reparos en saltar para ir a meter las manos debajo de aquel traje tan ceñido con el fin de desentrañar lo que se escondÃa debajo de él. Por suerte, su presa llegó antes de que el hombre cambiase de opinión.
Zora Sonneillon—O como a él le gustaba llamarla cuando se la follaba, «Zorra»— apareció entre jirones de tela cuando las rubias no eran más que un par de motas a punto de desaparecer dentro de la construcción que se recortaba contra la luna llena. La perspectiva de verla palidecer de terror hizo que una sonrisa malvada se formara en el rostro del hombre incluso antes de que decidiera dejarse ver. Nunca antes habÃa llegado tan lejos, pero el destino habÃa querido que un borracho le indicase como llegar hasta su hogar y solo un tonto no hubiese aprovechado la oportunidad. Se tomó unos segundos antes de saltar, en los que le dejó mirar a su alrededor y sentirse a salvo. Solo la dejó dar un par de pasos, al tercero ya estaba de pie detrás de ella con una sonrisa socarrona.
Anticipándose a lo que vendrÃa después, alzó el par de manos pálidas frente a su rostro, para que viera que no tenÃa malas intenciones. Al menos no con la varita. La de madera, vamos.
—Como me gusta cuando te pones fiera—canturreó a modo de saludo. La sonrisa, en aquel rostro duro, de norteño, se hizo un poco más amplia. Si habÃa algo que le gustaba de las mujeres, aparte de sus coños, era provocarlas.—¿Esas eran tus primas? —Apuntó la propiedad con el mentón, aunque ya no habÃa ni rastro de las féminas—No me importarÃa que me compartieras con una de ellas —confesó antes de adelantarse para situarse a su lado, como si su aparición en el lugar fuera algo perfectamente normal. De cerca pudo notar que nada en su rostro habÃa cambiado. SeguÃa siendo la misma morena de ojos claros y rostro aceptable. Esa otra de las cosas buenas de Zora: podÃa tirársela de frente sin que tuviera que mirar hacia otros lados para no vomitar.
— Hace frÃo. ¿Por qué no eres educada e invitas a este viejo amigo a pasar? Seguro que te mueres por presentarme a tu familia.











