Chapter I: Banderas blancas
2014 - Medianoche - Sala del Consejo
El crepitar de las antorchas es lo único que acompaña la melodía de su respiración agitada luego de que las puertas se cierren detrás del emisario real. Pryos está pletórico de satisfacción. Se mueve, necesita hacerlo, y en el acto su capa produce el frufrú característico que acompaña cada paso. <<Al fin las cosas comienzan a tomar el curso correcto>> La idea le remueve las entrañas de un modo agradable. Su mirada se pierde al otro lado del enorme ventanal que rodea la sala. Está a kilómetros de altura, en el lugar que le corresponde, lejos de la escoria que puebla ese mundo que ahora le pertenece. Un par de cúspides oscuras que logran alzarse sobre el denso manto de nubes capturan su mirada y sus ojos se quedan fijos sobre ellas, sin prestarles real atención. Su mente está en otro plano, saboreando su propio logro a la espera de que las puertas doradas vuelvan a abrirse tal y como ha ordenado. <<Será cosa de un año, quizás menos—se dice—Tomaré lo que nos corresponde y destruiré aquello que jamás debió existir>> Pasado unos minutos, el sonido metálico de las armaduras de sus guardias al inclinarse le indica que la espera ha llegado a su fin. Se voltea, con el rastro de una sonrisa siniestra en el rostro, y posa las manos sobre el respaldo de su propia silla, en la cabeza de la mesa del Consejo. Ve sus siluetas acercarse a través del pasillo, puede distinguirlos perfectamente, puede notar también la expectación en sus rostros. Su sonrisa se amplía un poco más. —Akkadia—saluda de forma solemne, invitándola con un gesto a tomar asiento a su izquierda. —Tú también, Aevus—Su mano se extiende, casi generosa, hacia la silla que está a su derecha. Hay un énfasis especial en el modo en que pronuncia el nombre de su medio hermano. Él se priva de encabezar aquella improvisada reunión inmovilizado en una silla, no puede, esta demasiado agitado, de modo que permanece de pie, paseándose tranquilamente alrededor de la mesa. Esa decisión le permite gozar con las expresiones en los rostros de sus medio hermanos. —Tus últimos hijos han hincado la rodilla— les informa con un tono indiferente, como quién hace notar algo que estaba absolutamente previsto—pero se han tardado—No oculta la molestia que eso le causa—Ninurta ha reducido a los rebeldes y, aunque se han rendido, sigue teniéndolos prisioneros. Me pregunto qué deberíamos hacer con ellos.—Por supuesto, hay una amenaza velada en sus palabras. Su mirada ahora está fija en Eavus, en un intento desesperado por leer su rostro—¿Qué opinas tú, querida hermana?












