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Frida Gustavsson @ Jean Paul Gaultier SS15 HC
Jac & Frida at Chanel
Frida Gustavsson photographed by Olivia Frølich for Costume Denmark, February 2015 issue
Serenades the water and carries me anew.
A través del cristal observo como las sombras se deslizan sobre nuestro jardín, se escabullen entre las puertas doradas de nuestro hogar para perderse en la más perpetua oscuridad. Hace horas que la noche se ha devorado al sol, lo sé porque así lo marca el reloj que acunan mis manos pues, para mí, hace días que no amanece. No soy capaz de distinguir entre la negrura impuesta por la naturaleza y la que se apodera de mi pensamiento desde su partida. <<¿Por qué? ¿Por qué nos lo han arrebatado? >>, me pregunto. La verdad es que no busco respuesta, lo que quiero es tenerlo nuevamente a mi lado. Lo que quiero es que abra sus párpados, quiero volver a ver esa adoración de sus ojos azules y también volver a escuchar su voz, aunque sea aparentando severidad para reprenderme.
—Allec…—susurró, tan pausado y bajo que no sé si realmente he pronunciado su nombre. Su nombre. La primer palabra que se escapo de mis labios y que desde entonces se desliza por ellos con frecuencia, con demasiada quizá, he de confesar. No me gusta permitirme la inseguridad, mucho menos el miedo pero, ¿en quién más confiar cuando sucede? Es algo instintivo, él es protección, mi cuerpo y mi mente lo saben. Su nombre, que como matra se eleva desde mi mente, para alejar todo mal pero, eta vez, la desdicha es abundante.
—Allectus— le llamó, de pie frente a puerta de doble hoja que separa nuestros dormitorios, luchando contra el nudo que se ha instalado en mi garganta y que amenaza con ahogarme. Espero, muy quieta. Intentando contenerme pero, no es suficiente. Las lagrimas corren por mis mejillas en contra de mi voluntad, siento el ardor de mis ojos disiparse conforme aquellas cristalinas gotas descienden y caen en picada sobre la bata de seda blanca que me envuelve. No logra protegerme del frío aunque nadie lo ha notado porque, pese a no soy capaz de contener mi llanto ni de mantener un semblante trémulo, he sido capaz de controlar el temblor de mi hombros desde la ceremonia hasta este momento. Padre estaría orgulloso, su hija se ha visto hermosa, sosegada y perfecta incluso en su partida…. Pero ya no puedo más. No he logrado dirigir la presidencia de Arcadius, ni tampoco he sido capaz de ayudar a Arcturus con la decoración del mausoleo. <<¿Qué me está sucediendo?>>, me cuestiono. No es justo para mis hermanos.
—Allectus… Se qué estás cansado…— intento reunir el valor para girar y marcharme, para afrontar la situación como se espera que lo haga, como mi abuela me lo ha mostrado. —Perdona— logro excusarme y darle la espalda a su puerta. Me centro en la mía, de molduras doradas y quien se encuentra al otro extremo de la estancia, la cual comienzo a cruzar, primero lento y después casi a la carrera.

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El humor del rubio hacia juego con el frío y triste panorama que traslucía tras los cristales empañados de la mansión, tenía menos de veinte minutos dentro de ella y ya sentía que la sangre le hervía; por supuesto que, su primogénita necesitaba menos de cinco para sacarlo de sus casillas….
El tiempo, su efímera emoción por los nuevos vestidos que acababan de llegar a casa e incluso su respiración, se habían detenido de golpe. Las costosas telas, que antes había estado acariciando con devoción, quedaron abandonadas sobre la cama cuando la muchacha se levantó, para acercarse, temerosa, hacia la puerta. Intuyó que el sonido de los frenéticos pasos que le llegaba desde el otro lado pertenecían a su hermana y acabó por comprobarlo cuando un sonoro portazo, demasiado cercano, los extinguió. Se había enclaustrado en su habitación, como hacía cada vez que Vane le sacaba de quicio, como si con la distancia pudiera recuperarse del efecto nocivo de su presencia. Ella, en cambio, no tenía ese privilegio.
Por supuesto, sabía lo que venía después. Era perfectamente consciente de que no tenía permitido ignorar aquel suceso, aunque hace mucho que se hubiera vuelto algo cotidiano. Él le buscaría. Y si algo había aprendido en todos esos años, era a buscarle primero. El pomo de la puerta fue girado con delicadeza y la delgada figura se coló en la habitación con sigilo, destacando de inmediato en la oscuridad circundante. Demasiado pálida, demasiado dorada para pasar desapercibida en contraste con la lúgubre decoración. Su mirada gris tanteó el terreno antes de que abriera los labios. Le tomó un segundo asimilar lo que el hombre hacía, de espaldas a ellas, con la ropa que yacía desordenada sobre la cama. Empacaba. -¿A dónde te vas?-Inquirió, con fingida inocencia.
Vane Mortensen era un mago diestro, respetado por algunos y temido por muchos más pero, sin duda, no era alguien excepcional al momento de preparar el equipaje. Como primogénito de una familia acaudalada, estaba acostumbrado a que alguien siguiera sus pasos y cumpliese sus necesidades, desde su cuna de oro hasta el día de ayer, era un hombre que no prestaba atención a las pequeñeces domésticas y sin embargo, Ginebra se había encargado de ahuyentar a su ultima asistente personal sin, por supuesto, tener la consideración de informarlo. Resultaba bastante obvio que la información se le había ocultado con alevosía. Lo sabía, por lo que rodó los ojos y bufó antes de arremeter bruscamente contra la valija de cuero; la recamará se había convertido en un torbellino de telas de oscuras entre las cuales los impolutos blancos destacaban casi con la misma luminiscencia con que lo hacían sus dorados cabellos, avivados por los rayos, quienes entraban a raudales por el inmenso ventanal de la habitación principal.
Vane se ajustó la camisa, luego el cinturón, con un rictus severo que delataba su mal humor. Él no tendría por que estar haciendo esto. Maldita sea. No, maldecida debía ser su malcriada hija. La masculina mano se paso, con exasperación, por el aun humedecido cabello, antes de cerrar el maletín; se terminó el contenido del vaso que sostenía en la mano contraria, por sus venas ya vagaba el suficiente de aquel líquido como para enardecer su imaginación. <<Criatura insoportable>>, le susurro alguna voz interior, impaciente. ¿Debería regresarla a rastras para que preparase su equipaje? Sí, debería. Dócil, sumisa como se suponía qué….
Repentina y celestial, una voz le nubló el pensamiento, ya no supo más de amenazas, castigos, deberes ni de su otra hija; incluso olvidó el vaso de cristal -que se disponía a rellenar- sobre la mesa, el whisky de fuego había sido reemplazado, relegado a los confines del olvido por aquella criatura que se paseaba en sus aposentos. Elegante, frágil, inocente. La vista del Ministro se vio cautivada durante varios minutos por aquellas telas resplandecientes que se deslizaban por la delicada figura de la menor de sus hijas, daba la impresión de ser oro líquido lo que resbalaba por su pálida piel, destacando cada minúscula curva de su anatomía.
-Salvatrix- pronuncio con voz más serena, apaciguado por su presencia. Había vuelto ya la mirada a los expresivos grises que parecían relucir con una curiosidad y un interés sincero -Praga- respondió y cogió uno de los sacos de corte diplomático que se escondían tras las ostentosas puertas del armario que con seguridad superaba la edad de su hija. El cambio en su imagen resultaba abrupto, la costosa tela negra resaltaba el fiero azul de sus ojos, le confería un semblante más serio a su rostro, como si necesitase de aquellas artimañas para conseguir una imagen intimidante. Revolvió entre sus cajones durante algunos segundos, mientras en su mente una idea iba tomando forma. Salvatrix no conocía Praga, y tras aquella reflexión una diminuta punzada de culpa había anidado en su pecho pues de no haber sido por Ginebra, ni si quiera habría reparado en ello. Invadido por aquella fugaz y repentina emoción, cruzo la estancia, imponiendo su robusta figura frente a la de ella. -¿Te apetece conocer Praga?- preguntó mientras que sus ásperas manos le cedían la tira de seda negra que antes reposaba entre ambas. Sus intenciones eran claras, tras aquella pregunta estaba una inminente invitación que no podía ser rechazada - Si así es tu deseo, podríamos tomarnos unas semanas para visitar París. - agregó de todas formas, posando sus manos en las caderas de ella con la excusa que le proporcionaba el que ella se dispusiera a realizar el nudo de su corbata.
You will be mine(?)
El humor del rubio hacia juego con el frío y triste panorama que traslucía tras los cristales empañados de la mansión, tenía menos de veinte minutos dentro de ella y ya sentía que la sangre le hervía; por supuesto que, su primogénita necesitaba menos de cinco para sacarlo de sus casillas. Parecía rutina: él llegaba, se duchaba, ella entraba en la habitación -sin tocar, como de costumbre- y al minuto siguiente ya estaba taladrando sus oídos con aquellos gritos. ¿ Es qué no había transmitido algo mejor que la pintan voz de su hermana? No le importaba tampoco, se limitó a callar la boca de su hija con la varita y, tras el acto, a inmovilizar el florero que esta le había arrojado antes de salir a galope de sus habitaciones, salvaje como era ella.
¿Debería seguirla? Quizá, eso haría cualquier padre normal pero, Vane continuo paseándose por su habitación, arrojando objetos a la valija mientras se abotonaba la camisa. Simplemente, no tenía tiempo para Ginebra. Nunca, a decir verdad pero, hoy menos que cualquier otro. Ya se encargaría de castigar sus estúpidos y salvajes arranques. Se detuvo frente a la mesa caoba, habiendo terminado con los botones pero aun con la camisa desfajada, y miró fijamente el aro dorado de metal que yacía sobre la superficie oscura. Su nombre se hizo en la retorcida mente de aquel hombre, lo que lo llevo a tomar un vaso de cristal y llenarlo con el ambarino liquido que se había convertido en algo más efectivo que una poción para los recuerdos. Tras un prolongado trago, su mirada cobro el control, se coloco el anillo nupcial y volvió a la tarea de enristrase.
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