Fui espontáneo, los astros acariciaron mi corteza de niño triste,
me dieron a entender mi fertilidad y calidez,
la luz en que se dan los días y creo todo,
como si el mundo se regalara de mis manos.
No es verdad, soy hijo de padre y madre normales,
un hombre entre los hombres
—no creo en una mitología propia y me preocupa mi concepción vacía:
nada divino se atraviesa cuando enfermo y decaigo:
este adolorido cuerpo siempre me recuerda el origen.
Me consuela morir creyendo en las palabras,
aun si la escasez de vida celular desmiente todo mi discurso—:
mi vida es un vaivén quimérico de sombras bajo un nombre común.
Lo cierto es que nací en el corazón de la ternura, ingenuo y frágil.
Si acaso fuera yo el ajeno que enjuicia con el dedo o silenciosamente,
sabría que he actuado congruente con el tipo de vida que he padecido bajo este carácter:
casi todo me duele, casi todo lo tomo a pecho, casi todo lo idealizo;
esta es la parte de mí que más niego o que desdeño, como a un resabio penoso.
A veces quiero que los pies descalzos estén hechos para el mundo.
Aceptarse y seguir o negarlo y cambiar,
ese es el mayor conflicto de un hombre que sabe que es sensible.
Siento que me conozco por haber vivido conmigo toda la vida;
pero a veces me entrego de tal modo que me hago parecer un desconocido,
un apenas encontrado en plena calle,
y me vuelvo a preguntar quién soy,
por qué tanto misterio si nada ha sucedido
—la experiencia es algo que alguien vive,
hace ya tiempo, pero no tú. El físico es la única certeza,
la escultura cedida al peso de una caricia de viento de agua de polvo,
una y otra vez hasta la ruina, ¡mas qué ruina!,
de pie por todos los años.
II
Todo detrás de esta página puede ser desechado.
No he sido yo sino la obsesiva necesidad en mí
de hacerme parecer una figura dueña de una historia que contar.
Nada excepcional me sucede. Aunque sea cierto, no me siento triste para nada:
esta tranquilidad me sugiere el vacío necesario para que una explosión tenga su efecto;
en medio del ruido de siempre , de lo contrario, nada pasa,
porque me convenzo de que algo sucederá que pueda mirar y asombrarme;
pero sé que mirar a todas partes anula la diferenciación natural que hay en las cosas:
uno setenta y siete, estatura, café con leche, o piel morena clara,
ojos aceitunados, según el estado del sol que mire.
Y nada más.