La luz que proyecta la corrección de Verena lo obliga a detenerse y reflexionar sobre lo que ha interpretado en las pocas ocasiones en las que han coincidido. ¿Entonces no era una mentira improvisada en un instante de desesperación, concebida únicamente para deshacerse de él? Parpadea despacio, constante, tratando de precisar en qué momento se equivocó al leerla y qué implicaciones traía consigo aquella confesión. Porque eso era, ¿no?
"Si te sorprende que no lo tenga, entonces también has fallado al interpretarme," logra responder a tiempo, con una sonrisa renovada que adorna su rostro, consciente de que está siendo observado. Sin embargo, la duda rebota dentro de su cabeza, se espesa, se cuaja y cae, incapaz de escapar por su cuenta. No está en posición de hacer preguntas ni de indagar. No es su vida, tampoco hay una amistad que justifique la curiosidad punzante que le hormiguea en el paladar, incluso cuando una caricia se vuelve más prominente, tangible, y termina descansando en la base de su nuca. En los breves instantes donde su mirada se encaja en la ajena, no adivina lo que está por ocurrir. Todas las opciones divergen en infinitas posibilidades, y es la menos probable la que toma forma cuando la contraria cercena lo último de la distancia, dejando que su respiración choque contra su piel y se funda en un calor nuevo.
Gabriel nunca se había casado, y durante mucho tiempo pensó que jamás lo haría. Aún así, hubo una época en la que aceptó con gusto esa idea como el final perfecto para su historia. Pero su propio «y vivieron felices por siempre» jamás habría contemplado desearle la muerte a aquella mujer. Y porque todavía la pensaba, aunque su nombre ya no viviera en el precipicio de sus labios, con una intensidad desmedida y vehemente, se dio cuenta que esa sería la primera vez que besaría a otra que no fuese Camilla.
Pero como es un espectáculo donde sus sentimientos no tienen cabida dentro del guion, deja que su mano envuelva su cintura para atraerla mientras ejecuta un vals medido y aprendido de memoria. Los movimientos se limitan a roces lentos, con dedos fríos que ascienden hasta posarse en su mejilla. Desdibuja las acciones con un afecto que se le escapa, sin querer, emborronando besos tibios que se deslizan por su rostro, y cuando se atreve a acercarse a su oído, susurra: "¿Siempre es así? ¿Le deseas la muerte a todos tus amantes?" Su tono es gélido, como quien vuelve a colocarse una máscara para ocultar lo que siente. Le avergonzaría admitir que, durante instantes fugaces, buscó la calidez de alguien más.