“La simpleza. Lo complicado dentro de lo cotidiano. La mente en completo silencio dice mucho más que mil palabras. El cuerpo habla también, pero en definitiva son las acciones las reinas de la sinceridad”.
Remarcó el punto final y suspiró. En su cerebro retumbaba un grito ahogado, como le sucedía cada vez que escribía algo que jamás iba a ser leído. Por un lado era frustrante escribir cosas tan personales, pero por el otro era una necesidad. Así como lo fue a los veinte, a los quince e incluso a los trece años.
“¿Seguís fantaseando? ¿seguí sin creyendo que algún día vas a estar plena? Tenes años de existencia y el doble de abandonos, ¿qué es la plenitud para vos, entonces? ¿es acaso…”
Irrumpe su escritura y piensa nuevamente, explota su archivo mental: sabe que hay tres mil opciones de ‘plenitud’ a lo largo de su vida. Y ninguna se cumplió o estaba en vías de llegar a su fin.
- ¿Qué escribís? - ingresan al cuarto sin golpear. La voz de su compañero de departamento irrumpe la inspiración que estaba explotando.
- Nada, boludeces - contestó minimizando la situación y ocultando el viejo cuaderno que él le había regalado alguna vez.
- ¿Esas boludeces que nunca mostras? - preguntó mientras se acercaba al escritorio y depositaba un beso en su frente. Esbozó una sonrisa de costado, buscando comprar una respuesta real: él era el rey de la insistencia.
- Exacto, esas - mientras lo veía alejarse, rendido - ¿cómo estuvo tu día? - ya eran las ocho de la noche y recién llegaba del trabajo.
- Normal - desde la cocina al borde del grito - Me agota la rutina, ¿nos hacemos un viajecito pronto? - apareció en el cuarto con una botella de agua en la mano. Bebió expectante a mi respuesta.
- Eh... - intentando parecer lo más pensativa posible, sin tener las fuerzas de negarse - no sé. Debería pensarlo - exhaló, cansado, y lo siguiente fueron pasos de salida. Al estar sola nuevamente, rebuscó entre los papeles de su escritorio el cuaderno, lo abrió, hojeó los viejos textos y sin energías de releer el pasado se instaló nuevamente en la página marcada, donde estaba escribiendo. Minimizando el enojo de su compañero, demostrando que su cabeza estaba en esa hoja.
“¿Es acaso viajar? ¿La plenitud es escapar de la realidad del hogar?
Lo complicado de lo cotidiano, de la convivencia con uno mismo. Es difícil tolerar la indecisión, la inactividad, el modo apagado.
La plenitud es la aceptación en todos los ámbitos..”
- Me voy - escuchó desde la puerta, acompañado por el ruido de la llave dentro de la cerradura.
- ¡Pará! - gritó y se levantó del escritorio, a paso torpe y largo caminó hacia el marco de la puerta, para así observar al final del pasillo la puerta de salida, donde él ya se encontraba con su campera de corderoy, a punto de retirarse. Como si le generase sorpresa el abandono - ¿a dónde vas?
- No sé - encogió sus hombros - a algún lugar donde la vida sea un poco más interesante que acá - contestó, con su gran tono de enojo oculto. Intentando no hacer drama pero siendo el rey.
- Suerte con eso entonces, imbécil - y a continuación cerró la puerta del cuarto. Apoyó su espalda contra la puerta y se mantuvo en silencio. La espera duró unos minutos, quería escuchar si la abandonaban o no, si la dejaban sola por la búsqueda de “algo más interesante”. Imaginó el otro lado de la puerta, una escena similar: llaves dentro de la cerradura, cabeza pegada a la puerta y la mirada pegada al fin del pasillo, probablemente esperando una reacción de su parte. Una reacción que no existió. Llegó la rendición, y escuchó la llave cerrar su departamento. Aguardó unos momentos, probablemente la culpa la carcomía. La culpa que le generaba que ese papel sea más importante que su compañero. Respiró profundo, pensó en su cuaderno, caminó a su escritorio.
“La plenitud es la aceptación en todos los ámbitos” releyó.
Abolló las hojas, no quería hipocresía en su escritura.