Medidas democráticas para suprimir la crisis del libro
Hoy le compartimos un ensayo de Pablo Aristizábal.
En su ensayo La moral de la profesión de letras, Stevenson dice: “Un escritor puede vivir de lo que escribe. Si no con tanto lujo como en otros oficios, pues con menos lujo”. Pero considera que de la supervivencia de un escritor ni siquiera se debe hablar. Para él, la profesión de letras tiene un sentido superior, suficiente para quererse dedicar a ella. Un poco de pobreza se justifica. Este argumento no convencerá a nadie de nuestra propuesta
Hace falta dilatarse sobre la posible extinción de los lectores. Me refiero a los lectores de ciertas publicaciones literarias que cuestan plata. Es difícil porque no se puede determinar con absoluta certeza si alguien leyó un texto. En Cómo hablar de los libros que no se han leído, Pierre Bayard se enorgullece de haber mentido muchas veces sobre sus no-lecturas, especialmente en las clases de literatura que dicta en la universidad. La gente suele recurrir a este engaño, según él, por la culpa de no leer. Pierre Bayard es francés.
Bayard clasifica los tipos de libros que no se han leído: los que no se conocen, los que se han ojeado, de los que se ha escuchado y los que se han olvidado. Solo faltaría agregar una categoría indispensable: los que se han comprado. Pero él no se limita a dar una serie de instrucciones para simular la comprensión –¡ni más faltaba!–, sino que reflexiona acerca del significado de la lectura, o por lo menos eso dice en la reseña de la web de la editorial.
La ignorancia total o parcial de un libro es fácil de disimular, como se demuestra a diario en las redes sociales o en la academia: se puede atribuir a la mala memoria (esta opción no es la más elegante, pero nunca falla), a una interpretación arriesgada, a una traducción lamentable, a una confusión de términos, a una interpretación tradicional, a una reivindicación conceptual o resignificación, o a la simple miopía. Con una mínima habilidad retórica uno puede salir impune de casi cualquier embuste. Medir los niveles de lectura es imposible.
Se podría reemplazar la palabra “lector” por “cliente”, pero eso no sería justo. Sugiero entonces que, a partir del siguiente punto seguido, no se entienda la palabra “lector” como alguien que lee, sino como alguien que consume publicaciones. Ahora sí: es muy preocupante que se acaben los lectores. Y se están acabando –eso dicen–. O, por lo menos, están leyendo otras cosas.
El defecto por excelencia del lector es su libertad de elección. No se han encontrado alternativas, además de los planes lectores de los colegios, para evitar que la gente pueda escoger lo que lee. Quizá esto se deba al vínculo etimológico de los términos “lectura” y “escoger” o, como todo, a las dinámicas propias del mercado. El caso es que los lectores no están eligiendo lo que deberían elegir, es decir, a nosotros (“nosotros”, sin importar quién lo escriba).
Sucede algo más, como tantas veces se ha dicho: lo de ahora no es ser solamente espectador, sino también creador. Es exuberante la abundancia de nuevas creatividades. Hay más escritores que lectores, lo que implica una transformación de la relación entre oferta y demanda. Se trata de una práctica incipiente que será cada vez más común: pagarle al lector y cobrarle al escritor. Tiene todo el sentido del mundo.
La fórmula es sencilla. Si hacen falta lectores para las obras que se quieren promover, lo mejor es incentivarlos económicamente. Así se resuelve la inconveniencia de la libertad de elección de libros, se estimula la aparición de nuevos lectores y se reconoce la labor del lector profesional por tanto que ha tenido que padecer. Este modelo permite seleccionar a los lectores que tendrán acceso a los contenidos debido a que, técnicamente, ellos serán los proveedores. No cualquiera puede ser lector –no habría plata para pagarle a todos los interesados–.
Los escritores presentan una serie de dificultades: ciertas réplicas de los defensores del gremio. ¿Cómo nos van a hacer pagar por transmitir nuestra obra? Si alguien tiene una obra y desea difundirla, lo lógico es que pague por hacerlo. El orden de las prioridades se ha confundido, pero recientemente la cultura ha empezado a cambiar, y para bien. Una mínima observación es suficiente para darse cuenta de que en nuestra sociedad lo más deseado es los más costoso. Publicar pasará de ser un simple sello intelectual a un símbolo de prestigio.
¿Cualquiera va a poder publicar entonces? Son evidentes el elitismo y la soberbia intelectual que subyacen a esta réplica. Aún así, en tono desobligante, se responde que no, que precisamente solo podrán hacerlo aquellos que tengan los recursos disponibles. Ese no será el único filtro: al haber más gente interesada en publicar, habrá que construir procesos de selección adicionales, como la subasta.
¿De dónde vamos a sacar plata para pagar por nuestras publicaciones? Los escritores, como parte de su ejercicio vocacional, deben incurrir en una serie de gastos: cursos, cenas, viajes o, en general, experiencias fascinantes. El pago por publicar será uno más y será significativamente menor en comparación con los otros. Algunos se reducirán, como el rubro correspondiente a la compra de libros, que pasará de ser un egreso a un ingreso. Al tener que pagar, el escritor se esforzará para que sus obras sean tan buenas que el gasto se justifique. Algunos han propuesto que, además, se le pague al escritor por no escribir: que se le cobre por hacerlo y se le pague por abstenerse. Aún así habría exceso de escritores.
¿De qué vamos a vivir?, pregunta el sindicato. Y la respuesta es muy sencilla: de lo mismo que viven hoy en día. Salvo algunas contadísimas excepciones, los escritores deben recurrir a toda clase de oficios, en especial a la docencia, para tener una vida relativamente digna. No nos mintamos: este cuestionamiento no tiene ningún sentido. Esa no puede ser –ni es– la principal preocupación. Y no se trata de que un escritor tenga que ser un artista del hambre, pero de vez en cuando es bueno pisar tierra firme.
En su ensayo La moral de la profesión de letras, Stevenson dice: “Un escritor puede vivir de lo que escribe. Si no con tanto lujo como en otros oficios, pues con menos lujo”. Pero considera que de la supervivencia de un escritor ni siquiera se debe hablar. Para él, la profesión de letras tiene un sentido superior, suficiente para quererse dedicar a ella. Un poco de pobreza se justifica. Este argumento no convencerá a nadie de nuestra propuesta porque ya no se cree en sentidos superiores ni en nada que implique verticalidad, así que mejor decirlo con franqueza: el que quiera algo, que pague.
1. El protagonista de Un artista del hambre, un relato corto de Kafka, es un tipo que se ganaba la vida aguantando hambre: un hombre enjaulado que ayuna. La gente disfrutaba el espectáculo de verle las costillas marcadas y el artista era un éxito mundial. Él no consideraba tener mérito alguno y, en cierto sentido, rechazaba la admiración, porque consideraba que no tenía elección: “nunca pude encontrar el alimento que a mí me gusta. Si lo hubiera encontrado, créeme, yo no habría montado ningún revuelo y me habría hartado de comer, como tú y todos los demás”. El artista del hambre era una celebridad, hasta que un día perdió su público.
Imagen del libro "Princess Sarah, and other stories" de John Strange Winter, pseudónimo de Henrietta Eliza Vaughan Stannard. (Ward & Lock, 1897)













