Mickey se estaba enterando muy poco, poquĂsimo, de la situaciĂłn; y eso que supuestamente Ă©l llevaba la voz hablante porque la pelirroja no decĂa ni mĂş. Vale que estuviera cagada de miedo hasta las trancas, pero su estado no era excusa suficiente para Ă©l. Porque si hubiera estado en su lugar, lo más seguro es que hubiera comenzado a despotricar y a maldecir hasta que se quedase sin saliva. Paulova lanzaba miradas de asombro y admiraciĂłn a la muchacha, como si de verdad estuviera confirmado que ella fuera la versiĂłn en carne y hueso de su personaje favorito de cuentos; la sirenita.—Mickey, a lo mejor, si le das un beso, vuelve a hablar.—le dijo ella con una expresiĂłn pensativa y luego sonriente. QuĂ© risueña era la pequeña Pau. El ruso rodĂł los ojos y omitiĂł el comentario de la pequeñaja. Cuando por fin terminĂł de explicarle el percal, la pelirroja siguiĂł sin soltar una sola sĂlaba.—Oye, ÂżquĂ© te pasa? ÂżTe comiĂł la lengua el gato o quĂ©?—exigiĂł saber, porque el rollo ese del silencio le ponĂa demasiado nervioso y le fastidiaba a grandes partes iguales. Luego sacĂł algo de su bolso, una libreta. ArqueĂł una ceja, sin entender al ver que ella estaba escribiendo. “Gracias”, habĂa escrito en una caligrafĂa fina y leĂble. ResoplĂł, viendo que de nuevo volvĂa a garabatear algo. Pau daba saltitos, intentando ver quĂ© ponĂa la pelirroja. CogiĂł la libreta, y su cara fue un poema.—¿Reick? ÂżEn serio, tu vida?—el muchacho bufĂł como un gato enfurruñado que avistaba a un perro mear en su comida.—SĂ, le conozco. Aunque si has venido aquĂ a hacer un trato con Ă©l, lamento decirte que llegas en mal momento. Se ha ido de vacaciones.—vacaciones en el idioma de Mickey, significaba haber escapado de la pasma y estar escondiĂ©ndose en otro estado temporalmente hasta que se pasase la mala racha.—DĂ©jame adivinar. TĂş querĂas droga, Ă©l te la iba vender y pum, se fue.
ÂżQuĂ© le diera un beso? Ella no se iba a dejar besar por cualquiera, no iba a permitir que la besara, no que va. Por muy guapo que fuera. NegĂł con la cabeza, la lengua no se la habĂa comido el gato, se la habĂa comido ella misma, se habĂa quedado mudita ella sola, primero por tĂmida, luego por estĂşpida. SĂ, buscaba a Reick, Âżpasaba algo? No, no, no, no. De vacaciones no se podĂa haber ido, de vacaciones no. Cualquier cosa menos que no estuviera, tenĂa confianza con Ă©l, tenĂa discreciĂłn y... Mierda, la habĂa pillado. Pues no lo iba a permitir, no iba a dejar que pensara que era una drogadicta, aunque no lo conociera no querĂa que nadie más que su camello supiera su problema con las pastillas. AsĂ que puso cara de enfado, le quitĂł la libreta de un tirĂłn, y escribiĂł rápidamente. —"Lo busco porque es un cerdo que me engaña para acostarse conmigo. Y quiero que me devuelva las bragas." —contestĂł ella, volviĂ©ndole a tender la libreta. Le daba igual que luego a Reick eso no le hiciera gracia o se la sudaba, Ă©l habĂa desaparecido sin avisarle, ella se inventaba las excusas que quisiera.






















