No le extraña que piense eso de él, a sabiendas de cómo se muestra al mundo, pero es imposible que no brote la curiosidad. "¿Y quién crees que soy, entonces?" inquiere. "Soy un tanque, no un mártir. Aguantaré lo que tenga que aguantar, pero no a costa de mi existencia." Si existen excepciones a eso, aún no lo comprueba, pero le gusta creer que no. En otros tiempos, esa excepción probablemente sería su sire, pero hoy ella era parte del problema. Con disimulo la busca entre los presentes, con el deseo de no encontrarla y hacerlo manifestándose a la vez. "¿Y? Eso no debería detenerte. El funeral es para ti, no para ellos." Un lujo que solo ellos se podían dar, aunque si piensa en su propio funeral, tampoco nunca lo tuvo. Es molesto escuchar, entonces, esas quejas en la otra que tan bien reflejaban su propia situación. ¿Cómo es que habían resultado cainitas tan distintos? "Cuando yo recibí el abrazo, estaba muerto," comenta en un tono neutral. "No había pasado mucho tiempo desde que mis camaradas me traicionaran, pero habían pasado al menos dos años desde que mi esposa se fuera con otro hombre y se llevara a mis hijos. Y al menos un año desde que mi hermana me negó la entrada a su casa y eliminara cualquier relación que yo tuviera con ella, con mis sobrinos, o con mi cuñado." Mira al frente, sus músculos apenas se mueven más que para dar lentos pasos y hablar. "¿Mis padres? Ya llevaban más de una década muertos." Hay un deje más suave solo para aquella mención. Sus padres. Se alegraba que no vivieran para presenciar lo que había pasado con su vida, incluso si lamentaba que no pudieran conocer a su descendencia. "Si me hicieron un funeral honorario, nunca me enteré. Pero puedo asegurarte que mientras mi corazón dejaba de latir, no tenía a nadie que me esperara, extrañara o que lamentase mi muerte." Solo entonces la mira, y calidez es lo último que se puede encontrar ahí. El resentimiento que acarrea de su vida es demasiado grande para disfrazarlo de cualquier otra cosa. "Si quieres un funeral para ti, hazlo. No esperes que las personas de tus fantasías lo hagan por ti, porque tienes una eternidad por delante y es igual de larga que la espera en la que te mantendrán." Parece una conclusión, pero tras eso, un poco más calmado, niega ante la pregunta. Y su paso, incluso, es más animado. "Mi humano lo dejé en el lugar que se murió. No merece otro. Solo quedo yo, el Cainita." ¿Qué tanto de él había? Cuestionable. Pero, al parecer, algo quedaba. Ni se inmuta ante el peso extra en su brazo. "Sí, tenemos que marcharnos," y no había mucho más que agregar. No era la gran cosa si esa era su última semana en Tokio. Siempre llegaba el momento en que fuese la última semana en un lugar, y Sergei no era de encariñarse con sus hogares. Eso había probado ser tan estúpido como confiar en las personas. "La eternidad solo es eso, no significa nada," la mira, como queriendo descubrir qué significado le había dado ella. Casi podía apostar que sería algo opuesto a él, o como mínimo, severamente diferente. "Eres inmortal solo en el sentido de que tu vida se alargará tanto como puedas mantenerla. Pero si eres desafortunado, siempre habrá alguien o algo que quiera acabar contigo. Y, lo siento, pero estamos malditos. Solo tienes que ser lo suficientemente fuerte para sobrevivir o perecer." Y, en ese sentido, poco se requería. Solo habían unos más desafortunados que otros. El príncipe era el principal ejemplo, si se confiaba en que sí estaba muerto.