Hay palabras que no nacen en la mente,
sino en el exceso de sentir,
como si el corazón, colmado,
necesitara abrirse.
La boca no inventa todo,
revela en fragmentos
aquello que se acumula en silencio
en los rincones más profundos.
Cuando el pecho está liviano,
la palabra llega como una brisa suave,
lleva cuidado en cada sílaba
y una extraña confianza.
Pero cuando algo pesa adentro,
cuando se acumulan dolor, miedo, confusión,
hasta lo más simple al decirse
deja ver el pulso del corazón.
No es solo lo que se dice,
sino el modo en que se dice,
porque toda palabra lleva consigo
un fragmento de quien la hace nacer.
Y tal vez el mayor ejercicio
no sea aprender a hablar mejor,
sino cuidar lo que se cultiva dentro
antes de que desborde hacia afuera.
Porque al final, inevitablemente,
lo que vive en nosotros,
de algún modo,
siempre encuentra un camino…
y escapa por la voz del corazón.