Cuando creí en mí
Hay momentos en la vida en los que descubres que la mayor fortaleza no está en las circunstancias, sino en la forma en la que decides afrontarlas. Esta historia comienza cuando nació mi primera hija.
Corría el año dos mil y pico. Yo tenía 31 años y trabajaba en una multinacional, de cuyo nombre no quiero acordarme, como diría un gran escritor español. Era Ingeniera Técnica en Informática y, además, fui la primera persona de la empresa en España en solicitar una reducción de jornada por guarda legal para poder criar a mi hija.
Aquella decisión, que hoy puede parecer normal, en aquel momento no lo era tanto. Y tuvo consecuencias.
Lo primero que hicieron fue cambiarme de funciones. Dejé de realizar el trabajo para el que me habían contratado y pasé a desempeñar tareas mucho más básicas, como grabación de datos. Pero, sinceramente, no me importaba. Cada día, a las tres de la tarde, salía de la oficina para irme a casa con mi hija. Para mí, eso era lo realmente importante.
Como vieron que aquello no me afectaba, empezó la verdadera batalla.
El primer intento de hundirme
Junto con otras tres personas, cada una por diferentes motivos, nos trasladaron a una planta donde estaban todos los directivos. Nos encerraron en oficinas completamente acristaladas, auténticas "peceras", donde pasábamos horas y horas sin recibir ninguna tarea. La intención era evidente: humillarnos delante de todos.
Mientras algunos esperaban desesperados a que sonara el teléfono, yo saqué los apuntes de las oposiciones y me puse a estudiar.
Una de mis compañeras no pudo soportarlo. Lloraba cada día. Cuanto peor la veían, más aumentaba el acoso. Un día apareció en su despacho un bocadillo de chorizo acompañado de la palabra "choriza". Aquella crueldad terminó destrozando su autoestima y acabó marchándose con una profunda depresión.
Yo decidí no darles ese poder.
Si no consigues hundirme, tendrás que inventar otra cosa
Seguía llegando cada mañana con buen humor.
Un día vi que se estaba preparando un acto con importantes directivos y clientes. En la impresora había quedado olvidado el programa del evento. Sin saber muy bien cómo, aquella hoja terminó imprimiéndose cerca de cien veces y circulando por toda la empresa.
A la hora del cóctel apareció prácticamente toda la plantilla.
Todavía recuerdo la cara de los directivos.
No les hizo ninguna gracia.
Y, cómo no, llegó un nuevo castigo.
Destino: la industria aeronáutica
Me enviaron a una empresa dedicada a la fabricación de componentes aeronáuticos. Mi misión consistía en migrar información sobre motores antiguos a una nueva aplicación informática.
No tenía conocimientos de aeronáutica, y antes de mi llegada advirtieron a mis nuevos compañeros de que tuvieran cuidado conmigo porque, según ellos, era una persona conflictiva.
Al principio me observaron con cierta distancia.
Pero bastaron unos días para que descubrieran que yo no era la persona que les habían descrito.
Formamos un equipo fantástico. Había compañeros de Sevilla, Cádiz, Córdoba y una compañera de Burgos a la que ya conocía. Entre todos me enseñaron el funcionamiento de las aplicaciones y convertimos el trabajo en un lugar agradable. Siempre encontrábamos algún motivo para celebrar algo: un santo, un objetivo conseguido o simplemente el placer de compartir unos pasteles.
En lugar de deprimirme, disfrutaba.
Y eso tampoco les gustó.
Así que decidieron volver a cambiarme.
La cadena de montaje
Mi siguiente destino fue una fábrica de embragues.
Jamás había trabajado con una cadena de montaje, pero cuando me comunicaron el traslado no respondí con un "no puedo". Respondí con un sencillo:
—De acuerdo, vamos.
Allí me encontré equipada con casco, bata blanca y botas de seguridad. Casi parecía una ingeniera industrial.
Mi misión consistía en descubrir por qué una máquina dejaba caer un embrague al suelo cada diez segundos.
Pedí el código fuente del sistema y me enviaron más de quinientas páginas en ensamblador. Cualquier informático sabe que aquello era prácticamente ilegible.
Entonces hice lo que mejor sé hacer: observar.
Me di cuenta de que uno de los operarios de la planta nos miraba a los ingenieros con una sonrisa.
Esperé a que nadie nos viera y me acerqué.
—No tengo ni idea de por qué falla la máquina —le confesé—. ¿Podrías ayudarme?
Sonrió y me respondió:
—Claro. ¿No ves que el ángulo de la máquina no coincide con el ángulo del embrague?
Aquella era la respuesta.
El problema no estaba en el software.
Redacté un informe técnico con aquella información y la avería quedó solucionada.
Me habían enviado allí esperando que fracasara.
Volví con un éxito.
El último movimiento
Finalmente llegó un ERTE.
Treinta personas fuimos despedidas.
La mayoría aceptó la situación. Tres decidimos denunciar.
Ganamos.
Obtuvimos una indemnización mayor.
Seis meses después recibí una llamada inesperada.
Era aquella misma empresa.
Querían volver a contratarme.
—¿Pero no os denuncié? —pregunté.
—Bueno... eso ya está olvidado.
Acordamos una entrevista.
Nunca fui.
Quizá debería haberme presentado solo para recordarles que las personas somos mucho más que un número.
Pero, en aquel momento, sentí algo parecido a lo que decía Hannibal en El Equipo A:
"Me encanta que los planes salgan bien."
Lo que aprendí
Con esta historia no pretendo decir que todo sea fácil ni que el acoso laboral no haga daño. Lo hace, y mucho. Vi cómo destruía a personas maravillosas.
Lo que quiero transmitir es que nadie puede decidir quién eres.
Las circunstancias pueden ser injustas.
Las personas pueden intentar humillarte.
Pero si tú no dejas de creer en ti, si conservas tu dignidad, tu sentido del humor y la confianza en tus capacidades, será mucho más difícil que consigan vencerte.
El día que aprendí eso, entendí que la mayor victoria no era conservar un empleo.
Era no perderme a mí misma.
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