No sé en qué esquina de la ciudad dejaste de existir conmigo.
A veces creo que la ciudad aprendió tu nombre antes que yo.
Los semáforos siguen cambiando de color,
como si el tiempo fuera una máquina obediente.
Pero yo aprendí que existen esperas
que no terminan cuando alguien se va,
sino cuando deja de doler imaginar su regreso.
Te pienso como se piensa una casa demolida:
pero uno recuerda exactamente
qué ventana dejaba entrar el frío
y en qué rincón se escondía la luz de la tarde.
Me pregunto si alguna vez
también te persigue mi ausencia,
si hay canciones que ahora evitas,
si el recuerdo de nosotros
te encuentra desprevenido
en el lugar menos pensado.
No es tu culpa que yo fuera ingenua.
Le cosí milagros a las grietas,
Hay discos que no me atrevo a poner.
Qué frágiles eran nuestros planes.
Siempre había un café pendiente,
una película que todavía no veíamos,
una calle por recorrer sin rumbo,
como si caminar fuera otra forma de prometer
que el tiempo no iba a alcanzarnos.
también podían quedarse a vivir.
si, cuando cambiaste de ciudad,
también empacaste mi recuerdo
en algún cajón de Monterrey,
y cosas que parecían demasiado pequeñas
Como uno lleva el olor de una casa
mucho después de haber cerrado la puerta por última vez.
en las que escribo cuentos sin pies ni cabeza.
Todos terminan pareciéndose a nosotros:
dos personajes que hablan el mismo idioma,
que se ríen de las mismas tonterías,
que encuentran belleza en los lugares más grises,
pero que nunca consiguen llegar
a la misma página al mismo tiempo.
también aprende a guardar silencio.
que no terminan cuando se acaban,
sino cuando dejan de escribirnos.
Si alguna vez vuelves a pensar en mí,
espero que no recuerdes el ruido.
Espero que recuerdes la calma.
Los discos girando lentamente.
Las conversaciones que hacían tarde a la noche.
La ciudad convertida en un mapa de pequeños rituales.
Porque si algo quedó intacto entre las ruinas,
todavía podía ser un lugar amable.
todavía podía ser un lugar amable.