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Sobre una rola de John Mayer y la filosofía de la proximidad.
Cuando tenía como 12 años, mi profesor de física -una especie de humanista en el, quizá anacrónico pero válido, sentido renacentista de la palabra- me enseñó la técnica arquitectónica ideada por Quintiliano (c. 35-95 d.C.) para almacenar y recuperar mentalmente grandes cantidades de información: la construcción de un palacio mental. ¿Qué hay en el mío? un esquema con los nombres de las arterias que irrigan el brazo sobre una pared de mi Salón de la Anatomía, o un mapa de Grecia sobre algún pasillo, pero también objetos evocativos (una pipa, una carta escrita en papel china azul, una bata médica con un querido nombre) de las personas que he querido a lo largo de mi vida están ahí.
Cualquier persona decente se cuestionaría si esta no es una gélida manera de grabar las imágenes de una vida; es decir, ¿quién quiere habitar un melancólico palacio con los fantasmas de sus recuerdos?. Y así es, pues me he convencido de que la memoria no es tanto un palacio como una casa: un palacio podría proveer el erotismo del lujo, pero con el riesgo de ser metáfora de un universo informe en expansión, sin centro, lugar de una amplitud que no incentiva a descubrimiento sino a la experiencia del ser efímero. La casa es, pues, otra cosa.
El filósofo catalán Josep María Esquirol (en su ensayo La resistencia íntima) desarrolla la tesis de que la vida humana está siempre expuesta a la disgregación del ser, a un devorador proceso de nihilización -la belleza filológica y metafórica de este planteamiento merece tratarse aparte- de nuestra existencia en nuestro paso por el mundo, de modo que la vida se trata de una constante resistencia contra esta fuerza que busca evaporarla. Lo interesante del planteamiento de Esquirol es que su propuesta para combatir esta entropía no es una filosofía intensamente abstracta, fractálica. No, el catalán propone el poder de la cotidianeidad y de algo que mi generación -como millenial conozco bien esta tentación- debería recordarse: lo concreto, los gestos, el arte del contacto humano no como ideal sino como experiencia. Veamos, ahora mismo junta tus manos como si quisieras colectar agua para beber de tus manos: has formado un tazón, un gesto del “don”; ahora une las manos de la misma forma pero con las palmas direccionadas hacia abajo: el gesto del amparo, como un techo, algo para proteger. El gesto fundamental de la condición humana es el amparo y su imagen, la casa.
Concreción, amor, ¿hay dos experiencias que estén tan estrechamente entrelazadas en nuestro imaginario pero- oh tragedia- al caer al pedregoso suelo de la acción, nos parezcan tan cortadas en su continuidad? Y ni siquiera pensemos culpar al platonismo de ésta ruptura, pues probablamente el propio ateniense nunca quiso que su exposición quedara en el Hyperuránion tópon ¿O no podría ser la coherencia entre el pensar y el hacer otro anhelo de Platón cuando pensó en el symballein originario que el ser humano busca incesantemente?. La propia naturaleza de la resistencia íntima, de esta filosofía de la proximidad, nos urge a una vigilia durante toda la vida para no caer en esta ruptura. Pero todo esto me lleva -oh Symposión- de nuevo al amor. Casa, amor: a face to call home, you got a face to call home. Estoy pensando al escribir esto si cuando John Mayer escribió su canción estaba pensando en la primera casa que es ya el otro desde que llegamos al mundo, al menos para mí es ya evidente que sí pensaba en aquélla-otra-persona como la casa donde podemos encontrar el amparo; porque ahora ya no es sólo pensar en el otro en la masa amorfa del anonimato ni tampoco en el acceso abierto al prójimo, lo que ahora quiero ensayar es la casa que aquélla-otra.persona: algo tan específico y biológicamente irrepetible como un rostro, alguien para quien queremos ser.
El amante sobrevive al amor.
https://www.youtube.com/watch?v=1CggLcRTHIc
Mensaje de E.C a M.A (o despedida antes del inicio). 10 de agosto del 2014. 14:04 hrs.
¿De qué manera abres los ojos cada día? Otra vez empiezo a encontrarte en el café de la mañana, en la biomecánica y esas cosas tan únicas de mi vida cotidiana. Siento que nos separamos verdaderamente como lo merecíamos: mezclando besos con la resaca, las risas y los segundos. Me diste la intemperie, la sombra de tu mano, el dulce café de media tarde, la letra de tu poesía, tus ojos y tu boca con la mía, y la forma en que respiras el otoño y caminas por la noche a tu andar pausado y tranquilo que invitaba a la paz a mi vida alocada.
No, no me gusta la cerveza; es verdad, lo había olvidado. Pero esa tarde su sabor fue distinto y el vaivén que e causó en la vida fue mágico (¿recuerdas?) Me ofrecías tu mano, y por 20 de noviembre te invité a cogerme fuerte y nos dio risa de verano agonizante.
Sabes mucho de mí, y cosas que nadie... éso es un poco macabro. Sé que recordaré un cielo claro donde buscabas la sombra, un número, una llamada, una mano. Sé que me acordaré de un ruido proveniente de tu risa, una tarde, un paseo, una pulsera, una cale y su inevitable concurrencia. Serás por siempre un imán de imágenes a mi memoria, deleite de mis retinas, y ahora sé que porque todos los ojos giren sobre ti es porque te lo has ganado. Jamás entenderé el misterioso ritmo de tu respiración, la sombra que dibujaba tu sudor en mi olfato, la consulta de tu boca a la mía y ése tacto que se escapa de tu país a mi extranjero.
No voy a olvidarte, éso es arte de pocos, y sé muy bien que no estarás lejos, pero tampoco cerca; ni en el gesto de elegir el menú, ni en la sonrisa que alivia, ni en los libros prestados, ni en el hasta mañana. Pero sabré desatarme las agujetas de los zapatos, y dejar que la ciudad y su lluvia me mojen los pies. Sabré gritar por las glorias, su saber, porque nuestras pestañas caen. Sabré pisar las hojas de otoño y preguntar por las nadas que nos rodean. Sabré no emborracharme bajo los puentes, ni cometer faltas de estilo... y querré invitarte a que de nuevo cuelgues tu bata un rato y te escapes conmigo, a que no me dejes dormir; que no nos perdamos en la música fácil, o en la caricia con guante que le encanta a los humanos: a que me desesperes y miremos la vida más hermosa que cuando llegamos a ella.
Guarda tu amor, tu sonrisa, tu pelo, tus fósforos y tus cigarrillos; del bolsillo derecho pásalos al izquierdo: quiero saber que juegas a ser el sol. Y el hombre, tú, que en mis manos tejiste la madeja del tiempo, encadenando y dando más forma a la eternidad haciéndola una prensa hermosa que visto con astucia y esperanza.
No fue bueno, pero fue lo mejor. Tal vez cuando leas ésto dulcemente te enojes, quieras seguir durmiendo para despertar diferente, me quieras decir bruta y tonta. Tal vez te debatas riendo...
Y después despertamos y es domingo y agosto. El amante sobrevive al amor.
En el principio era el Verbo, y el Verbo era el Amor.
Julieta se inspiró en este micropoema para su rola. Es tan cursi que casi huele a navidad.
Diciembre 2 del 2018.

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Una taza.
Carta de E.C. a M.A.
No fechada (escrita en algún momento entre diciembre de 2014 y enero de 2015).
Leída por primera vez en un banco de la Alameda sur de la Ciudad de México.
“Hoy te regalo una taza que pongo entre tus suaves dedos. ¿Me regalas tú un beso a cambio?. Quiero que sepas que estoy, estuve y estaré siempre que necesites llenar esa taza; siempre que esté medio vacía tomaré la cafetera de mi amor y cariño y te rodearé con el calor de mis brazos... es una promesa que está tatuada en mi neurocardio y en mi hipotálamo. M.A, pase lo que pase estaré donde tus pies descansan y tomaré esa mano tuya para levantarnos y seguir para que si hay un enorme bache al a mitad del día o la noche podamos saltarlo, para que si caes sigamos y ‘si no me acuesto contigo’. Ahora solamente déjame beber el café caliente de tus ojos”.
Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca. _______________________________ " Mas aunque esto sea así, que el amor sea cognoscible por los frutos, no por eso, en ninguna de nuestras relaciones amorosas, vamos a exigir sin cesar impaciente, desconfiada, sentenciadoramente, ver los frutos. Lo primero que fue desarrollando en este discurso era que había que creer en el amor, de lo contrario no se notará que lo hay; y ahora el discurso vuelve a repetir aquello primero: ¡cree en el amor! Esto es lo primero y lo último que hay que decir del amor cuando se trata de conocerlo; claro que la primera vez lo decíamos en oposición a la racionalidad insolente que pretendía negar la existencia del amor; en cambio ahora, después de que su capacidad de ser cognoscible por los frutos ha sido desarrollada, lo decimos en oposición a esa estrechez de corazón, mórbida, angustiada y puntillosa, que con desconfianza mezquina y lamentable quiere ver los frutos. No olvides que habría de construir un fruto hermoso, noble y santo, en el que podría ser conocido el amor que hay en ti, si tú, en relación con otro ser humano, cuyo amor diera quizá un fruto menor, fueras tan amoroso como para verlo más bello de lo que era. Si la desconfianza es realmente capaz de ver algo más pequeño de lo que es, así también el amor puede ver algo mayor de lo que es. No olvides que, incluso cuando te alegres por los frutos del amor, cuando conozcas por ellos que él habita en este otro ser humano, más glorioso aún es creer en el amor. Precisamente es ésta una expresión nueva de la hondura del amor: que cuando uno ha aprendido a conocerlo por los frutos, entonces vuelve de nuevo a lo primero, y uno vuelve a ello como a lo supremo, vuelve a creer en el amor
Lucas 6, 44-45; Søren Kierkegaard, Las obras del Amor.
/Shemá Israel: Adonai elohenu, Adonai ejad/

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En todas las paredes de la noche sin estrellas, escribiría: cuando sea necesario, estoy ahí – pero sería una mentira: siempre, estoy ahí – y para no ser una molestia encomiendo mis excesos al polen de aire que te hace estornudar como diciéndote mira: Ahí está la primavera.
A Nune y a todas aquéllas que son raquis para mujeres que han vivido sin soporte.
No, tu eternidad de inconsciente oscuro, | De ciego brío, de forzado movimiento, | Todo el infinito de los tiempos no vale, oh Natura, | El instante en que he pensado.

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