Nada.
Congelada, ni perdida ni orientada, no doy un paso mas ni uno menos. No se si espero a la tormenta pasar o si ya pasó y me dejo paralizada.
Perdida, acogiendo a las victimas de la agonía, intentando que mi propia desesperación no me destruya antes que la soledad que en mi habita.
Corro, porque el monstruo dueño de mi último suspiro me persigue por las noches esperando mi fracaso; al caerme arranca la poca esperanza que me quedaba, dejándome en la angustia y de vuelta al abismo del que tanto luche por salir en el pasado.
Indiferencia que me acoge e ignorancia que me protege del egoísmo que me destruye cuando vago por las calles de la incertidumbre.












