Rumbo a Río: verde, lluvia… y el quiebre
El camino hacia Río de Janeiro fue, en apariencia, precioso.
Paisaje verde intenso, lluvia intermitente, árboles por todos lados. Las carreteras estaban en perfecto estado y, pese a todo lo vivido en São Paulo, el ánimo iba bien. Había expectativa, ilusión por un nuevo destino, por estar cada vez más cerca de Mirela… de todo lo que eso significaba.
Hasta que sonó el teléfono.
Desde el trabajo avisaron que uno de los vehículos había chocado. Se había roto la manguera del radiador. Nos tocó estar casi dos horas detenidos a un costado de la carretera, coordinando, llamando, tratando de resolver a la distancia. Fue complicado y generó preocupación, pero aun así el ánimo no se rompió. Seguíamos enfocadas en llegar, en continuar.
Todo iba bien…hasta que no lo estuvo.
Denisse recibió un mensaje con una foto. Un conductor había enviado una imagen de alguien dentro de su casa. La alteración fue inmediata. No era solo la imagen: era la sensación de invasión, de pérdida de privacidad, de límites cruzados. Y, en parte, eso había ocurrido porque Tricki había hablado más de la cuenta, con alguien que no debía.
La discusión explotó de golpe.
Y de pronto el auto se llenó de palabras dichas desde el cansancio, desde el ahogo, desde todo lo que se venía acumulando. El ambiente se volvió irrespirable. Yo guardé silencio. Manejar era lo único que podía hacer. Por dentro solo pensaba una cosa: esto está matando el sueño de llegar a ver a Mirela.
A lo lejos vi un posto (bencinera).
Me estacioné, me bajé del auto y prendí un cigarro. Los dejé solos…
Pasó más de una hora y cuarenta minutos.
Cuando volví a subir, retomamos el viaje en completo silencio.
La tensión era enorme. Me estacioné en una costanera —creo que bordeando Copacabana— y ahí hablé. Claro. Directo.
—Yo llego hasta aquí. No continúo más este viaje. No puedo seguir así.
Patrick dijo que para él el viaje también terminaba ahí. Que se quedaría unos días más y luego volvería a Santiago. Asper quedó en silencio. Después pidió disculpas. Dijo que lamentaba todo. Tricki no estuvo muy dispuesto a ceder, pero finalmente propuso arrendar un Airbnb, que nos quedáramos ahí a descansar antes de decidir qué hacer.
Mi decisión, tan tajante, calmó los ánimos.
Y contra todo pronóstico, Río terminó siendo bueno. Caminamos, almorzamos rico, salimos a pasear, fuimos de compras. Compartimos bien. El clima se alivianó.
La primera noche, eso sí, yo estaba agotada. Asper salió con Tricki y yo me quedé. Me dormí llorando. No por Río. No por el cansancio.
Lloré porque sentía que la ilusión de ver a Mirela se apagaba.
Porque todo indicaba que volveríamos a Chile.
Y yo todavía no sabía…que el viaje aún tenía algo más guardado para mí 🌙💔✨