La Hija del Mariachi: Promesa de Amor - Capítulo 15: A su salud
Capítulo 15: A su salud
Lucía Guerrero no se mostraba, ni se sentía, tan alegre y efusiva como era tan habitual en ella. Algo le ocurría, y no fue capaz de disimularlo ni un poco. Desde el momento en que entró por la puerta de su casa arrastrando los pies y su mochila de paso, y saludando con apenas un escueto:
—Hola…
Su madre le había observado fijamente, inquisitiva. No era época de exámenes ni de entrega de boletas, así que al menos podían estar seguras de que lo que fuera no se trataba de calificaciones. Y en efecto, lo que afectaba a la menor de las Guerrero era algo muy, muy ajeno a la escuela. Pero cuando su madre le cuestionó qué le pasaba, Lucía solo le respondió, de una forma un tanto melodramática, que no deseaba hablar de eso. Ella no insistió, al menos no en ese momento.
Sentada en la mesa del comedor, aun con su uniforme de la escuela, Lucía miraba con expresión abatida el plato de papas que su mamá le había servido, y suspiraba con tanto pesar como si cargara el mundo encima. Al parecer, ni siquiera las papas fritas podían animarla.
Demasiada consternación para una jovencita que aún no llegaba a sus dulces quince.
Su madre, sentada en la mesa delante de ella, la había contemplado en silencio por un rato. Pero su impaciencia terminó por ganarle.
—¿Y tú ahora qué traes? —insistió Raquel.
Lucía dejó escapar un largo, casi doloroso suspiro.
—Me siento mal.
—¿Mal? ¿Estás enferma? —cuestionó Raquel, con la preocupación usual de cualquier madre. Estiró su mano hacia ella por encima de la mesa y tocó su frente. No se sentía caliente, o no lo suficiente para despertar preocupación.
—Solo es mal del corazón, mami —dejó escapar Lucía, seguido de otro suspiro lastimero.
Raquel arqueó una ceja, intrigada.
—¿Del corazón? —inquirió, dudosa de siquiera haber oído bien.
Los ojos de Lucía se abrieron grandes, y rápidamente alzó su mirada en dirección a su madre. El entendimiento de lo que acababa de decir le cruzó de golpe la cabeza.
—O… de la panza —se corrigió rápidamente, colocando ambas manos sobre su abdomen y sonriendo con nerviosismo—. Sí, debe ser la panza.
—Ah —musitó Raquel por lo bajo, entrecerrando los ojos y dejando una pequeña acusación implícita en el aire—. Entonces supongo que no te vas a comer tus papas.
Extendió en ese momento su mano para retirarle el plato delante de ella, pero Lucía se apresuró a tomarlo primero y a jalarlo hacia un lado para alejarlo de su madre.
—¡No! —exclamó la jovencita con apuro—. Déjalas aquí; a lo mejor ahorita se me pasa.
Una sonrisita inocente se dibujó en sus labios, y Raquel no pudo evitar reír un poco. Por más mal del corazón o de panza que tuviera, no había forma de que Lucía Guerrero despreciara del todo las papas caseras de su mamá. Solo era cuestión de darle un poco de tiempo a que el apetito le ganara a su malestar.
El sonido de la llave en la cerradura de la puerta, y luego el de esta abriéndose, atrajo la atención de ambas.
—Mami, ya llegué —anunció la voz de Rosario desde la entrada.
—Bienvenida —pronunció en alto Raquel, y se paró en ese momento para ir a recibirla.
La puerta se cerró con su estruendo actual, y Lucía contempló cómo la figura de su hermana mayor se hacía presente en el comedor un poco después. Quizás Rosario no llegó precisamente arrastrando sus pies o su bolso como ella, pero sí que la acompañaba un aire de agotamiento, como una nube oscura sobre su cabeza.
Vestía su atuendo formal oscuro de saco y falda que debía siempre usar en el banco en el que trabajaba, y cargaba sus zapatillas de tacones en su mano, pues apenas puso un pie en su casa, se los retiró de inmediato. Su cabello negro caía suelto y libre sobre sus hombros, aunque ya no tan arreglado y peinado como lo había tenido al salir esa mañana.
—¿Por qué tardaste tanto, cariño? —le preguntó su madre con ligera consternación.
—Estaba la avenida bloqueada —explicó Rosario con ligero dejo de frustración—. El bus tuvo que dar toda la vuelta para rodearla y… En fin, lo importante es que ya estoy aquí.
Dejó de manera casi distraída su bolso en el perchero, dejó caer sus zapatillas en el suelo con la convicción de recogerlas más al rato y se dirigió a la mesa, tomando asiento en su silla habitual a un lado de su hermanita menor. En cuanto se sentó, dejó escapar un largo suspiro de alivio. Muy probablemente le había tocado ir de pie todo ese tramo extendido en el bus.
—Deja te sirvo, ¿sí? —le indicó su mamá, quien de inmediato se dirigió a la cocina. Rosario le respondió con un ligero asentimiento. Pero antes de que su madre se retirara del todo, algo pareció venirle de golpe a la mente, pues de inmediato se sentó derecha, se giró en dirección a su madre y habló alto para llamar su atención.
—Oiga, mamá. ¿No me llamó alguien de casualidad?
Ya casi en el umbral de la cocina, Raquel se detuvo y se giró a mirarla con expresión confusa.
—¿Llamarte? ¿Cómo quién?
Rosario vaciló unos segundos antes de poder responderle, aunque dicha respuesta tampoco fue precisamente del todo aclaratoria.
—No, nadie en especial —respondió encogiéndose de hombros—. Solo pregunto, curiosidad.
Desde su asiento, Lucía observó a su hermana con curiosidad. Incluso para ella fue evidente que ocultaba algo detrás de aquellas palabras, así que debía de ser el doble de obvio para su madre.
—Ay, mijita, si aquí los únicos que nos llaman son los cobradores —señaló Raquel, con apenas un pequeño rastro de humor en sus palabras.
—Pues sí, ¿verdad? —le respondió Rosario con una media sonrisa, girándose hacia la mesa y dando por terminada aquella pequeña interrupción. Raquel siguió de largo hacia la cocina, dejando a las dos hermanas Guerrero solas en el comedor.
En otro momento, quizás el interés y la curiosidad de Lucía por saber qué era lo que Rosario ocultaba se habrían desbordado de ella como sudor por sus poros. Pero en ese momento en particular, ni siquiera su vena chismosa parecía imponerse a su abatimiento. Quizás, al igual que con las papas, solo tenía que darle un poco de tiempo.
Lucía dejó escapar en ese momento un largo y bastante evidente suspiro, mientras observaba su plato de comida apenas tocado. Ni siquiera ella era del todo consciente si lo había hecho a propósito o no para llamar la atención de su hermana, pero al final lo hizo de todas formas.
—¿Estás bien, Lucía? —le preguntó Rosario con ligera preocupación.
—No —le respondió esta con voz de (exagerado) lamento. Con Rosario podía ser más sincera sobre la razón real de su estado, en especial ahora que su mamá no estaba cerca—. Saliendo del colegio, me di la vuelta por el parque de patinaje, esperando ver de nuevo a mi príncipe…
—¿Tu príncipe? —inquirió Rosario, al parecer sorprendida del rumbo que había tomado la plática—. ¿El niñito que te dijo “las chicas lindas me llaman Roro, muñeca” y no sé qué más?
—Sí, ese mismo —respondió Lucía, no captando ni un poco la crítica en la voz de Rosario—. Pero no estaba por ningún lado.
—Qué tragedia.
—¿Verdad? —exclamó Lucía, de nuevo no captando el sarcasmo—. No sé dónde vive, ni dónde estudia. ¿Y si nunca lo vuelvo a ver?
Rosario tuvo que contener una risita, que hubiera resultado bastante hiriente en ese momento de absoluta y muy seria preocupación por parte de su hermanita menor.
—El barrio es muy pequeño, Lucía —le indicó con bastante confianza—. De seguro un día de estos te lo vuelves a encontrar. Pero no quisiera que te ilusionaras mucho con ese chico. Los muchachos, y en especial a tu edad, son un poco…
Calló unos momentos al no ser capaz de encontrar la palabra adecuada. Por suerte, Lucía tenía su propia sugerencia.
—¿Tontos?
—Por decirlo de forma amable —indicó Rosario, de nuevo conteniendo la risa.
—Lo sé, pero siento en mi corazón que Roro es diferente.
—Y tu corazón nunca se equivoca, ¿verdad?
—Ay, ya suenas como mi mamá —le reprochó Lucía, cruzándose de brazos.
—¿Y eso por qué es malo? —respondió la voz de Raquel, quien ya se aproximaba de regreso al comedor.
Las hermanas Guerrero, por reflejo, se sentaron derechas y disimularon no estar haciendo nada malo… lo cual no tenían que disimular en realidad. Pero ambas sabían que su charla sobre el chico misterioso del patinadero tenía que quedarse de momento entre ellas.
—Aquí tienes, mi vida —pronunció Raquel con cariño, colocando delante de Rosario su plato de comida.
—Gracias, mami.
—¿Y por qué suenas como yo? —inquirió Raquel con curiosidad, tomando asiento—. ¿De qué estaban hablando?
—Ah, pues… —vaciló Rosario, buscando rápidamente una excusa—. Solamente la estaba reprendiendo otra vez por no querer hacer la tarea.
—Sí, eso —le secundó Lucía, asintiendo con rapidez.
Raquel miró a sus dos hijas, centrando su atención en una y luego en la otra. Si acaso detectó algo sospechoso en sus expresiones de falsa inocencia, no pareció considerarlo digno de comentarlo.
—Pues qué bueno que alguien me haga la segunda, porque ya me cansé de siempre estar detrás de ti, jovencita —dijo lanzándole una mirada inquisitiva a su hija menor—. Ya vas a cumplir quince; tienes que ser más responsable.
—¿Por qué la agarraron ahora contra mí? —se quejó Lucía con actitud defensiva.
Raquel y Rosario no pudieron evitar reír.
—No es eso, Lucía… —comenzó a explicar Rosario, pero fue interrumpida por el resonar del teléfono de casa.
—¡Yo contesto! —exclamó en alto Lucía, más que feliz de encontrar una excusa para librarse de esa conversación.
Se paró rápidamente de la silla y corrió hacia el teléfono antes de que alguna decidiera detenerla. Ninguna lo hizo, aunque Rosario sí que la siguió con la mirada, intentando ocultar su interés sin mucho éxito. Lucía descolgó el teléfono, colocado en una pequeña mesita al lado de la vitrina de su papá.
—¿Diga? —exclamó con efusividad a quien quiera que estuviera al otro lado de la línea.
Hubo unos segundos de silencio, antes de que la persona que llamaba hablara al fin.
—Ah, hola… —pronunció dubitativa la voz de un hombre—. ¿Llamo a la casa de Rosario? ¿Rosario Guerrero?
Lucía dejó escapar un quejido de curiosidad. La voz no le resultaba conocida a simple vista (¿u oída?), y además hablaba con un acento extraño. Todo eso resultaba mala señal.
—Tal vez —respondió de forma enigmática—. ¿Eres un cobrador?
—No, no soy un cobrador —respondió el hombre en la línea, sonando incluso divertido.
—¿Y cómo sé que dices la verdad? Porque todos saben que los cobradores mienten todo el tiempo.
Los rezagos de aquella conversación inevitablemente captaron la atención de su madre y hermana; especialmente la atención de esta última, aunque quien se paró primero con intención de intervenir fue Raquel.
—Lucía, ¿quién es? —le cuestionó su madre, pero la jovencita siguió más enfocada en intentar descubrir la verdadera identidad de su interlocutor.
—Te superprometo que no soy un cobrador —aseguró el hombre al teléfono, con una mezcla de seriedad y humor en la voz—. Pero en verdad necesito saber si es la casa de Rosario Guerrero o no.
—Eso depende.
—¿Cómo que depende? ¿Depende de qué?
—¿Quién la busca?
—Soy… —El hombre vaciló unos segundos antes de dar su nombre—. Francisco.
—¿Francisco? ¿Cuál Francisco?
Aquello disparó algo en Rosario, que al instante alzó la mirada como perrito asustado y se paró de su silla casi de un salto.
—¿Francisco? —repitió al tiempo que se aproximaba con rapidez hacia el teléfono—. Hey, Lucía. ¿Es para mí?
—Tal vez —le respondió Lucía con dejo divertido, y se concentró de nuevo en la persona misteriosa—. ¿Quién eres? ¿Otro novio de mi hermana?
—¿Cómo que otro novio? —exclamó Rosario, alterada—. Lucía, dame…
Extendió en ese momento una mano para tomar el teléfono de las manos de Lucía, pero esta la esquivó agachándose con rapidez y moviéndose a un lado, acompañada de una risita traviesa.
—¡Dame el teléfono! ¡Lucía! —insistió Rosario, y ambas hermanas Guerrero comenzaron a forcejear, usando Lucía su complexión un poco más delgada y pequeña, así como su flexibilidad, para torear a su hermana mayor entre risas.
—Hey, hey, ¿qué está pasando? —cuestionó Raquel en alto con impaciencia.
—Nada —respondió Lucía con tono animado—. Solo que un cobrador o un novio de Rosario llamado Francisco la está buscando.
—¡No es ni lo uno ni lo otro! —espetó Rosario con molestia, y justo en ese momento logró sujetar a Lucía tan fuerte con un brazo, que por más que esta pataleó, no logró zafarse—. Preste para acá —masculló entre dientes, quitándole el teléfono de las manos de un jalón y soltándola justo después.
Lucía se tambaleó hacia un lado, casi cayendo si no fuera porque su madre se apresuró a sujetarla. Ambas se giraron y posaron su mirada en Rosario, notando cómo se aclaraba un poco la garganta antes de hablar, e incluso por reflejo se acomoda el cabello, como si la persona al otro lado pudiera de alguna forma mirarla.
—¿Diga? —murmuró Rosario en la bocina del teléfono, adoptando de inmediato un tono de voz mucho más suave—. Francisco, ¿cómo le va? ¿Cómo van los golpes? ¿Cómo se siente? Qué bueno. ¿Pudo hacer la vuelta a la embajada? Ah, ya…
Lucía y Raquel observaron con suma curiosidad la escena. Y aunque solo escuchaban la mitad de la conversación, eso bastaba para despertar su interés.
—Claro, lo que necesite… ¿Cómo? ¿Le tocó dejar su hotel? Ya, claro, esos malandros no lo dejaron más que unos pesos. No, fresco… Es decir, tranquilo. Aquí cerca de mi casa hay un lugar que le puede servir. Es una pensión. Le advierto que no es… muy elegante, que digamos. Pero es económica, y puede alquilar por día, por semana o por mes… No, no, yo lo llevo. Le doy la dirección de mi casa, almuerza con nosotras y luego lo llevo para allá.
Raquel se sobresaltó al escuchar aquello, cruzándose de brazos con evidente inconformidad. Lucía igualmente se sorprendió; ¿estaba invitando a esa persona, fuera quien fuera, a almorzar con ellas? Eso sí que era nuevo. Usualmente, las únicas que iban a almorzar ahí, aparte de ellas tres, eran sus amigas Lety, Aurora o Katia, y a veces alguno de los mariachis. Pero Lucía dudaba que ese tal Francisco fuera ninguna de las dos cosas.
—No, no es ninguna molestia —insistió Rosario, soltando una risita que Lucía no creía haberle escuchado nunca con anterioridad—. Mire, apunte mi dirección, por favor. —Pasó en ese momento a dictarle la calle y el número de su casa—. Es en el barrio El Recuerdo. Dígale a cualquier taxista y sabrá cómo llegar. Es una casa azul con flores en las ventanas, no hay pierde. Listo, aquí lo espero. Cuídese, ¿sí?
Luego de esa despedida, Rosario colocó con mucho cuidado el auricular de nuevo en su base. Se quedó unos momentos en su sitio, mirando a la nada como si estuviera ida. Al girarse de nuevo hacia su madre y hermana, ambas notaron la enorme y peculiar sonrisa que se había dibujado en sus labios. Pareció detectar el cuestionamiento en la mirada de ambas, pues de inmediato se forzó a dejar de sonreír.
—¿Y quién es ese tal Francisco del que yo nunca he oído hablar y ahora hasta lo invitas a almorzar sin consultarme? ¿Eh? —le cuestionó Raquel con tosquedad.
Rosario se puso visiblemente nerviosa de pronto.
—Ah, pues es… alguien que… anoche… —balbuceó sin llegar a formar ninguna palabra coherente, despertando aún más su curiosidad—. Mire, le cuento todo en un momento, ¿sí? ¡Voy a cambiarme!
Y antes de que soltaran cualquier otra pregunta, Rosario comenzó a correr, casi despavorida, hacia su habitación.
—Un momentico, ¡Rosario! —espetó su madre en alto, pero terminó siendo ignorada, y la única respuesta que recibió fue el sonido de la puerta de habitación cerrándose—. ¿Pero a esta qué le picó ahora?
—Que se enloqueció —respondió Lucía, encogiéndose de hombros—. Tarde o temprano tenía que pasar.
El comentario logró al menos sacarle una sonrisa a Raquel.
—Usted ya se ve mejor de su panza —señaló su madre, pasándole una mano con delicadeza por su cabeza—. Así que siéntese a comer, upa.
—Sí, señora —suspiró Lucía, y se dirigió sin chistar de vuelta a la mesa.
— — — —
Un poco dudoso, aunque sin muchas más alternativas, Emiliano hizo lo que Rosario le había dicho por teléfono. Tomó un taxi, le indicó al conductor que lo llevara al barrio El Recuerdo, y por suerte sí sabía dónde era; no sabía qué habría hecho si le hubiera pedido que le indicara por dónde ir.
En todo el camino se estuvo cuestionando a sí mismo si acaso estaba haciendo lo correcto. Tras pensarlo mucho, primero sentado en la mesa de aquel pequeño restaurante de barrio y luego caminando sin rumbo fijo por las calles bajo el sol de la tarde, decidió que lo más importante de momento era encontrar un lugar seguro en el cual refugiarse. Pero tenía que ser un sitio de bajo perfil, discreto, que no pidieran ningún tipo de documento para confirmar su identidad y, lo principal, económico.
Pero, ¿dónde encontrar un sitio así en una ciudad tan grande que desconocía por completo? ¿Cómo evitar meterse sin querer en una zona o lugar que, más que ser seguro, terminara exponiéndolo a volver a ser asaltado o peor? Ya tenía bastantes problemas encima como para tener que lidiar con ese tipo de peligros.
Y entonces, su atención volvió de nuevo al papel con el número de Rosario en su bolsillo.
Era solo una consulta rápida e inocente: "¿conoce algún hotel barato y seguro en el que me pueda quedar un par de días?" Podía confiar en ella; no la conocía mucho, era cierto, pero aun así no se lo cuestionaba. Y no era nada que la comprometiera de ningún modo. Y en el peor escenario le diría que no, y le tocaría arriesgarse por su cuenta. Con lo que no contaba era con que le dijera que tenía un lugar en mente justo cerca de su casa, y que lo invitara a su casa a comer, sin darle en realidad mucha cabida a rehusarse.
Eso iba un poco más allá de lo que esperaba involucrar a esa amable mujer en sus problemas. Y aun así, ahí estaba, montado en ese taxi, rumbo a su casa, cargando no solo su maleta consigo, sino todos los problemas del mundo sobre sus hombros.
«Pues ya está, solo iré, comeré, ella me enseñará el lugar que me mencionó y listo. Ya no vuelvo a pedirle ayuda en nada, y cada quien por su rumbo», se decía a sí mismo en un vago intento de convencerse. Pero en el fondo presentía que la cosa por supuesto que no terminaría así. Rosario en realidad tampoco se había tenido que esforzar demasiado para convencerlo de ir hacia su casa. De hecho, aunque se rehusara a aceptarlo tan abiertamente, Emiliano sentía una pizca de alegría por volver a verla tan pronto; una pizca entre un mar de preocupaciones, pero era algo.
Tras llegar al barrio, Emiliano le indicó al taxista la calle y el número de la casa. Apenas dieron vuelta en la esquina y avanzaron un poco, Emiliano pudo verla, justo como Rosario se la había descrito: una fachada de un azul cielo, con cornisas y detalles resaltantes de un rosa rojizo; con ventanas arqueadas de herrajes de un azul un poco más intenso que el de las paredes, con macetas con bonitas flores decorando cada una, como Rosario había señalado como detalle característico. El barrio en general se veía colorido y vibrante, pero esa casa en particular sí que resaltaba por algún motivo.
—¿Es aquí, señor? —le preguntó el taxista desde la parte de adelante del vehículo amarillo.
—Eso creo —respondió Emiliano, un tanto vacilante.
Le extendió en ese momento los billetes necesarios para pagar la carrera, dejando aún más flaco su último fajo de billetes. Se bajó del taxi con todo y su maleta y se aproximó hacia la puerta de la casa, una puerta de acero pintada de azul, de apariencia de hecho bastante segura y resistente. Cuando el taxi se alejó calle abajo, Emiliano llamó al timbre de la casa, que resonó con fuerza en el interior.
No pasó ni un minuto antes de que escuchara pasos al otro lado de la puerta, seguidos del sonido de cerrojos abriéndose. Y justo entonces, la puerta se abrió, y ante él apareció… ella. Su largo cabello oscuro cayendo sobre sus hombros y espalda, sus ojos grandes y oscuros fijos en él, destellando una emoción inescrutable para Emiliano, y sus labios estirados hacia los lados en una radiante y nada disimulada sonrisa de alegría. Emiliano sintió que se le cortaba la respiración al instante. Aunque conscientemente sabía que justo iba a su casa, el verla de nuevo, en ese sitio y bajo un nuevo contexto, y con la luz de la tarde iluminándola en lugar de las tenues luces de la calle y de aquel bar… fue como ser destellado por su belleza por primera vez.
—Francisco, hola —le saludó Rosario con entusiasmo. Al principio, el nombre “Francisco” no lo sacó de su ensimismamiento, como si aquel saludo no fuera para él, aunque claramente así era.
—Rosario, ¿cómo estás…? —le comenzó a regresar el saludo, aunque de inmediato se corrigió—. Perdón, ¿cómo está?
—Yo estoy bien. ¿Y usted?
Al hacer aquella pregunta, la sonrisa en los labios de Rosario se desvaneció un poco, y Emiliano casi pudo sentir su mirada consternada recorriendo su rostro, reparando quizás por primera vez del todo en la apariencia de sus golpes.
Antes de que Emiliano pudiera decir algo para intentar tranquilizarla, otra figura, aunque ligeramente más pequeña, se asomó por el umbral de la puerta, abriéndose paso, casi a la fuerza, para colocarse justo al lado de Rosario.
—¿Tú eres Francisco? —preguntó con casi desmedido entusiasmo la vocecilla aguda de esta nueva persona, una muchachita joven, de quizás no más de quince años. Usaba un uniforme escolar de suéter azul y falda roja a cuadros. Tenía igualmente el cabello oscuro, aunque sujeto en ese momento en una trenza, y los ojos oscuros y las facciones de su rostro dejaban bastante en evidencia el parentesco con la mujer mayor a su lado.
Con solo escuchar el tono de su voz, Emiliano supo de inmediato que debía ser la ocurrente niña que había respondido primero a su llamada de hace rato.
Aunque cuando recién se asomó ella sonreía, incluso enseñando los dientes, esto cambió casi al instante en cuanto, seguramente, también reparó en el estado del rostro de Emiliano.
—Uy… —musitó por lo bajo con un nada disimulado estremecimiento.
—¿Uy qué? —cuestionó Emiliano.
—Tu cara —indicó la jovencita, pasando su mano por su propio rostro para enfatizar lo que decía.
—No se ve tan mal, ¿o sí?
Rosario hizo el ademán de querer intervenir antes de que esa conversación se prolongara, pero la joven se le adelantó con un comentario más.
—Te peleaste, ¿verdad?
—Lucía —masculló Rosario como reprimenda.
—¿Por qué sacas esa conclusión? —le cuestionó Emiliano, confundido.
—Porque a mi papá le encantaba pelearse, y siempre llegaba con la cara así, igualitica a esa.
—Lucía —exclamó Rosario de nuevo, ahora con bastante más fuerza. Eso pareció bastar para que la jovencita decidiera dar un paso atrás en son de paz. Rosario suspiró y se giró de nuevo hacia él—. Francisco, ella es mi hermanita menor, Lucía.
—Lucía Guerrero Santana, pero servirle a Dios y a usted —se presentó ella misma con mucha floritura en su tono y ademanes de manos al hacerlo.
Pese a todo lo extraño de la situación, sin mencionar lo que ya traía encima de antes, Emiliano no pudo evitar sonreír con inusitada alegría. Por un lado, definitivamente, esa jovencita, presentada como Lucía Guerrero, debía ser la hermana de Rosario; el parecido físico era innegable. Pero, por otro, con tan solo el par de frases que había soltado en esos minutos, sin contar su corta conversación por teléfono, bastó para que Emiliano se diera cuenta de que Lucía era bastante más ocurrente que Rosario, que hasta ese momento se había presentado mucho más seria y reservada. Ninguna de las dos personalidades le molestaba, pero le resultaba curioso el contraste.
—Pues encantado de conocerla, Srta. Lucía —le respondió Emiliano, incluso inclinando un poco su cuerpo al frente como si fuera un caballero agachándose ante una doncella.
—Srta. Lucía, ¿oíste? —murmuró Lucía entre risas, picándole el costado a su hermana con un dedo.
—Fuerte y claro —replicó Rosario, sonriendo.
—¿Y por qué hablas tan raro? ¿De dónde eres?
—De México —respondió Emiliano sin mucho problema—. Y para mí, tú hablas raro, ¿oíste?
Lucía volvió a reír.
—No te creo. ¿Eres mexicano, mexicano de México?
Otra vez le hacían esa pregunta, y Emiliano no entendía aún el porqué. ¿Había en Colombia acaso muchos mexicanos, mexicanos que no eran de México?
—Basta de preguntas, para adentro —exclamó Rosario, casi como una orden—. Y usted también, Francisco —añadió girándose hacia él—. Pase, por favor.
—En serio, no quiero importunar más de la cuenta…
—Y no lo hace. Vamos, pase.
Y al igual que como ocurrió en su llamada, no pareció tener opción a negarse o dar alguna alternativa, pues en ese instante Rosario y Lucía ingresaron a la casa, dejándole el camino libre para que las siguiera. Emiliano suspiró, resignado, e ingresó por la puerta con paso precavido.
—Con su permiso.
La casa era pequeña, sin lugar a duda, aunque casi cualquiera lo sería si la comparaba con su casa en Ciudad de México, y mucho más con la mansión de sus padres. En el interior predominaba también el color azul. Paredes pintadas en un tono suave, y alumbradas casi por completo por la luz natural que entraba por las ventanas y por el patio interior abierto. El aire olía a algo que a Emiliano le resultaba casi desconocido, aunque extrañamente no por completo. En parte podría relacionarlo con el olor de algo viejo y usado, pero al mismo tiempo familiar y agradable. Si tuviera un poco de vena poética en su ser, diría que era como sumergirse de lleno en un recuerdo que ni siquiera sabía que existía en él.
Justo después de la puerta había un pequeño y estrecho recibidor, con un perchero y fotografías colgadas en las paredes. Casi inmediatamente después se hallaba una pequeña salita, conformada por una mesita baja de madera, dos sofás individuales de tapizado rojo y un sillón más grande con patrones de flores que parecían desteñidos por el sol. Y fue justo en este en el que Emiliano divisó sentada a la tercera habitante de la casa.
Era una mujer de vibrantes e intensos ojos azules que Emiliano pudo percibir como lo escudriñaron enteramente de pies a cabeza en tan solo un segundo. De piel clara y cabello castaño claro perfectamente peinados y sujetos. Su rostro era recio y serio, inexpresivo a simple vista. Vestía impecablemente y de forma recatada, con un suéter azul cielo y unos pantalones oscuros. Rondaba posiblemente los cuarenta años, quizás un poco más cerca de los cincuenta.
Emiliano, por reflejo, se paró derecho en cuanto la vio, y se quedó quieto en su sitio. Sin decir nada, la sola presencia de aquella mujer, que inundaba la habitación entera, le hizo sentir que lo mejor era no dar ni un paso si ella no se lo permitía. Un pensamiento sin sentido, pero lo bastante fuerte como para obligarlo a actuar en consecuencia de él.
—Francisco, ella es mi mamá, Raquel de Guerrero —comentó la voz de Rosario a su lado, siendo como un pequeño bálsamo para él.
—¿Cómo le va? —le preguntó la mujer en el sillón, asintiendo con cautela. Aquello fue ese permiso que Emiliano estaba esperando para poder reaccionar.
—Encantado, señora. Francisco Lara, para servirle. Y disculpe mi intromisión.
—No se preocupe —le respondió la mujer con absoluta calma, al tiempo que se paraba del sillón con un movimiento lento—. Tengo entendido que mi hija lo invitó a almorzar.
—Almorzar —murmuró Emiliano en voz baja—. Es decir, a comer, ¿verdad? No, no se moleste. Yo hace unas horas comí un pan de yuca, creo que se llamaba, y un café.
—¿Solo eso? —le cuestionó Lucía a su otro lado, sonando genuinamente sorprendida, o incluso ofendida, de escuchar aquello.
—Enseguida le sirvo —dijo la Sra. Raquel en alto, y sin esperar réplica alguna se dirigió de inmediato a la cocina—. Pase, por favor.
Emiliano se quedó con sus excusas en la boca, mientras veía cómo la mujer pasaba la sala en dirección al comedor, y luego desaparecía de su vista. Aunque físicamente aquella mujer no tenía tanto parecido evidente con Rosario y Lucía, pudo notar al menos de dónde la primera había heredado su tendencia a no aceptar un “no” tan fácil.
—¿Te corrieron de tu casa o por qué vienes con todo y maletas? —le cuestionó Lucía con aparente curiosidad, inspeccionando el equipaje que Emiliano cargaba consigo.
—Lucía, deja de ser tan preguntona —le reprendió Rosario—. Puede dejar su maleta por ahí si gusta —le indicó a su invitado, señalando con su mano hacia un lado de la sala.
Emiliano se giró en la dirección que Rosario apuntaba, y reparó entonces por primera vez en algo que de seguro habría captado enteramente su atención al entrar, si no fuera por la presencia de la Sra. Raquel en el sillón.
Contra la pared contraria de la sala se encontraba una vitrina de madera, grande como un ropero. Y lo interesante era que justo en el interior de esta, protegido detrás del cristal, había un traje, de saco y pantalón negro con adornados detalles plateados, un moño rojo a la altura del cuello y debajo una camisa blanca. Perfectamente planchado y limpio. Estaba acompañado además de un cinturón de hebilla grande, e incluso unos botines negros con espuelas que reposaban en el piso de la vitrina. Y sobre esta, como coronándola toda, un sombrero negro grande de ala ancha color negro y plateado al juego con el traje en su interior.
Un traje de mariachi, en toda la extensión de la palabra. Y uno muy bello, además de todo.
—¿Y este traje? —preguntó por reflejo, sin pensarlo mucho.
—Es el de mi papá —le respondió Rosario con voz suave—. Él, Pedro Guerrero.
Emiliano apartó la vista de la vitrina y miró en la dirección que Rosario señalaba. A un lado del mueble, había una credenza sencilla de dos niveles, sobre la que se hallaban varios objetos, en su mayoría fotografías en marcos, aunque lo que más resaltaba era sin duda la Virgen de Guadalupe en el centro, con un par de velas encendidas delante de ella. En todas las fotografías aparecía el mismo hombre, en algunas solo, pero en la mayoría iba acompañado de una o dos niñas, que Emiliano pudo identificar sin mucho problema como versiones más jóvenes de la propia Rosario y Lucía.
El hombre de las fotos, Pedro Guerrero, era bien parecido, de piel morena, ojos y cabellos oscuros, con una mirada y sonrisa encantadoras. Emiliano pudo detectar mucho más fácil el parecido entre esta persona y las dos hermanas Guerrero, en especial en sus ojos; los tres tenían casi los mismos. En varias de esas fotos, o más bien en casi todas, usaba el mismo traje de mariachi que ahora reposaba en el interior de aquella vitrina.
—Está muy bonito —reconoció Emiliano, centrando de nuevo su atención en el traje—. Incluso más que el del tal Coloso, si puedo decirlo. Así que su padre también es un mariachi, igual que la hija —señaló, girándose hacia Rosario con curiosidad.
—Sí… —respondió Rosario con una sonrisa, aunque solo se sentía como la mitad de una—. Él era un mariachi —aclaró—. Falleció hace dos años.
Emiliano respingó al escuchar eso, y al instante se regañó a sí mismo por no haberlo adivinado desde un inicio. ¿Por qué otro motivo tendrían su traje y todas esas cosas ahí exhibidas si no fuera por eso?
—Lo lamento.
—Descuide —le respondió Rosario con más normalidad, restándole importancia—. Este es como un altar a su memoria.
Emiliano asintió, y entonces se giró de nuevo a echarle un vistazo a la mesa y a las cosas que tenía en ella. Además de las fotos y la virgen, había algunos objetos adicionales. Entre ellos, el más interesante era el tocadiscos que se encontraba en el nivel inferior, acompañado de varios discos de vinilo guardados en sus respectivas fundas. En las paredes había algunas fotos más, pero también unos afiches de cantantes como Pedro Infante, José Alfredo Jiménez y Chavela Vargas.
—Mire estos discos —indicó al tiempo que se coloca de cuclillas y les echaba un vistazo. No le sorprendió ver que eran de música ranchera, algunos al parecer bastante viejos—. La Virgen de Guadalupe, los afiches… Es como un pequeño museo. ¿Su papá era mexicano? —inquirió curioso, mirando hacia Rosario aún desde su posición baja.
—No —respondió la cantante, negando con la cabeza—. Pero él siempre amó mucho a su país. Su mayor deseo era conocerlo algún día, pero… No se le hizo.
—Y ahora le toca a usted seguir sus pasos.
—Algo así. Lo llevo en la sangre, se pudiera decir. Soy enteramente la hija de un mariachi.
—Y yo también —añadió Lucía con efusividad, pegándosele a su hermana por un costado como si intentara meterse al cuadro de una fotografía.
Rosario rio y rodeó a su hermanita con un brazo.
—Sí, tú también. Somos las hijas del mariachi. Oye, hasta suena a grupo musical, ¿no?
Lucía solo sonrió como respuesta, aunque no pareció del todo entusiasmada.
«Las hijas del mariachi», pensó Emiliano, un tanto divertido por la frase. Sí, ciertamente todos eran de menor o mayor medida los hijos de sus padres, aunque por supuesto también eran mucho más que eso.
Se preguntó por un momento qué tipo de persona habría sido el Sr. Pedro Guerrero. Debió ser un hombre extraordinario para haber criado a dos chicas tan grandiosas como las hermanas Guerrero, y todo solamente usando el traje de un mariachi. Aunque claro, la Sra. Raquel de seguro también habría tenido mucho que ver.
Y como invocada por aquel pensamiento, la madre de las Guerrero reapareció en ese momento, llevando consigo un plato de comida que colocó con mucho cuidado en la mesita del comedor.
—Aquí está su plato, Sr. Lara —informó en alto para que lo escuchara.
Emiliano colocó de inmediato el disco en su sitio y se puso de pie.
—Por favor, solo Francisco —le indicó mientras caminaba hacia la mesa—. Y muchas gracias, señora.
—¿Gusta algo de beber?
—Solo agua está bien.
Raquel asintió y se dirigió de regreso a la cocina.
Emiliano tomó asiento. La mesa era pequeña, redonda, solo con cuatro sillas. Rosario y Lucía no tardaron en tomar otras dos, aunque ellas no tenían platos consigo. Por la hora, era probable que ya hubieran comido.
El platillo ante Emiliano era algún tipo de guiso de carne y papa, acompañado de arroz blanco. Se veía parecido al cortadillo, aunque con pedazos de carne más grandes y con más caldo. Se veía bien, pero olía incluso mejor. Y fue precisamente ese aroma lo que terminó despertando el apetito que no era consciente de que tenía.
—Coma, con confianza —le insistió Rosario a su lado, con una amplia sonrisa en los labios, a la que fue incapaz de decirle que no.
Emiliano tomó su cuchara, tomó un bocado del guiso y lo dirigió a su boca. El increíble sabor de la carne y el caldo que la acompañaba danzaron en su lengua al instante, tomándolo gratamente por sorpresa.
—Oiga, esto está muy bueno —indicó en alto, con sus ojos muy abiertos. Y sí que lo decía en serio. Para su gusto le faltaba un poco de picor, algo de chile verde al momento de cocinarlo quizás, pero fuera de eso era lo más delicioso que había probado en su corta estadía en Colombia; mejor que la comida del hotel, definitivamente, y de seguro mucho menos costosa.
—Claro que sí —le respondió Rosario, alzando el rostro con orgullo—. Está probando la mejor sazón de toda Bogotá; la de mi mami.
—Le creo —indicó Emiliano—. Hace mucho que no probaba una comida casera tan buena.
—Muchas gracias, me alegro de que le guste —comentó la Sra. Raquel mientras regresaba de la cocina con el vaso de agua en su mano. Se aproximó a la mesa y colocó el vaso delante de Emiliano—. Bien o mal, la música nunca ha sido lo mío. Pero la cocina, ese siempre fue mi talento.
—Y qué talento —señaló Emiliano con entusiasmo.
La Sra. Raquel sonrió, por primera vez desde que Emiliano la conoció, y tomó asiento en la cuarta y última silla del comedor.
—Lamentablemente, ya no puedo cocinar tanto como antes. Por mis manos.
—¿Sus manos, señora? —replicó Emiliano con ligera preocupación.
—Mi mamá tiene artritis —le explicó Rosario—. No puede hacer esfuerzos muy prolongados.
La Sra. Raquel asintió con expresión triste en el rostro.
—Pero gracias a mis medicamentos y ejercicios, puedo aguantar lo suficiente para cocinarle a mis dos escuinclas —comentó, echándole una mirada a sus dos hijas al otro lado de la mesa.
—Me alegra escuchar eso —dijo Emiliano, con total sinceridad.
—Pero coma, siga —le insistió Raquel, señalando con una mano hacia su plato.
Emiliano se tomó un momento, observando fijamente la comida, la mesa y a las tres mujeres sentadas con él. Miró también a su alrededor, hacia esa casa tan modesta, tanto en su tamaño como en lo que contenía. No era un sitio al que Emiliano estuviera acostumbrado, aunque podría decir lo mismo de muchos otros sitios que había tenido que ver desde que toda esa locura comenzó. Pero de todos ellos, ese en particular, la agradable y cálida casa de las Guerrero, era sin lugar a dudas el mejor en el que había estado.
Sonrió con satisfacción y gratamente agradecido, pues por primera vez desde que dejó su país, se sintió seguro.
—A su salud —proclamó en voz baja, tomando el vaso de agua con una mano y alzándolo en el aire hacia sus anfitrionas de esa tarde.











