Los días felices: 13 de 2013
No soy de series. Ni aun cuando llevamos unos años en los que si no veías ‘Lost’, ‘Homeland’ o ‘Mad men’ podías tener la tormentosa sensación de sentirte un bicho raro en muchas de las conversaciones con amigos. Confieso que después de ver los ciento y pico episodios de ‘Breaking bad’ (lo que traducido es algo así como ‘Echarse a perder’), sigo pensando lo mismo: no quiero más series. No habrá otra igual que ésta. Lo de Walter White fue un atracón de unas semanas (cinco temporadas) que ha continuado con sesudos análisis filosóficos y acaloradas tertulias con otros fans atrapados por las garras azules de Heisenberg. Un antihéroe que hace que te convenzas a ti mismo de que muchas veces el fin sí justifica los medios porque sabes que otras veces buscas hacer el bien y todo te sale mal. Escribir derecho en renglones torcidos o cómo se llame eso. Sí, ya sé que una lectura superficial de la serie diría que este profesor de química de Albuquerque se corrompió de poder, se pervirtió por el sucio dinero y tiró todo por la borda por su soberbia y su prepotencia. Escarba y verás que el papel que borda Bryan Cranston no es nada que no hayas hecho ya: hacer lo que crees en cada momento, independientemente de que responda a las convenciones de qué es el bien y qué es el mal. Y, sobre todo, Walter o Heisenberg (al final son lo mismo) hace algo a lo que a lo mejor es más difícil atreverse: vivir sin miedo. Igualito que ese Kevin Spacey de ‘American Beauty’, un alucinante redescubrimiento de este año que se fue.
Era una utopía pero el 18 de mayo de 2013 quedó grabado en mi memoria a fuego como ‘ese día’. Un día en el que te levantas un tanto cabizbajo y digiriendo humillación y en el que, pese a una moral destruida por 14 años de sequía frente al vecino y bajonazos futboleros de todos los colores, uno se da cuenta de que a veces, sólo a veces, lo imposible puede hacerse realidad. Miranda dejó de ser conocido como Carmen Mirinda y su testarazo imperial e inapelable directo al fondo de la red otorgó al Glorioso su décima Copa de España (anteriormente conocida como ‘del Rey’). Para los anales (con perdón) queda también haber vivido a unos metros de la portería de Courtois y del banquillo del Cholo el antológico 7-0 al Getáfe. Buenos tiempos para la lírica rojiblanca.
Ya se habla de un ‘New Yorker’ a la española pero esta revista que, en principio, parece enfocada al mercado de los gafapastas con bigote con ínfulas intelectualoides me ha cautivado desde el minuto 1 (¿llevaré un ‘hipster’ en mi interior? ¿Debo dejarme bigote?). En glorioso blanco y negro, con un diseño exquisito y con una única publicidad (del Thyssen y en la contraportada), cada número de Jot Down se ha convertido en un pequeño acontecimiento para mí solo alterado en lo que a lanzamientos editoriales se refiere por los números esporádicos de ‘Five’ (una revista de revistas) y por ‘Panenka’, el fútbol que se lee. El caso es que Jot Down se ha ido poco a poco convirtiendo en uno de esos fenómenos aparentemente minoritarios que dan una lección de cómo hay que hacer las cosas. Y sobre todo, en este caso, de cómo escribirlas, fotografiarlas, diseñarlas, maquetarlas y editarlas. El último número está dedicado a toda clase de reportajes sobre el libertinaje y la lujuria, pero de este año me quedo con el #4, una extraordinaria y alternativa ‘cara b’ de las típicas guías de viajes.
4. El régimen del pienso:
35 años de La Zaranda se conmemoraron en 2013 con ‘El régimen del pienso’, un cínico y amargo edificio de tres pisos donde a medida que te acercas al sótano más apesta a eso que mal llaman condición humana. Tres plantas (o tres metatextos) que sirven para diseccionar una sociedad en la que la aritmética de la rentabilidad dicta quién o qué vale o quién o qué no vale, ya sea para decidir sobre la vida o la muerte, sobre qué es arte o no lo es, o sobre quién debe irse a la puta calle para que los de siempre sigan ganando más y jamás pierdan sus privilegios. Parafraseando: “Se matan entre ellos si se les atiborra de pienso o se matan entre ellos si se les raciona”. Pura actualidad. Son obvios los ecos de Larra y su ‘Vuelva usted mañana’; también los del ‘Miau’ de Galdós; y los del Orwell de ‘Rebelión en la granja’. Pero sobre todo es palpable ese espíritu ‘zarandiano’ hipercrítico y agrio de siempre en un montaje contestatario en el sentido menos acomodado y falaz de la palabra.
Me bebía en El País sus columnas y sus artículos del Calcio. Cualquier página que llevase su firma era fuente de aprendizaje por ser sinónimo de calidad periodística y literaria, pero desde que le hizo una peineta a Prisa y se autoincluyó en el ERE de una cabecera que se cargó a un tercio de la redacción pasó automáticamente a convertirse en uno de mis héroes contemporáneos. Enric González, además, me permitió saber más de él gracias al relato autobiográfico que publicó en el pasado 2013 vía edición ‘Jot Down’: sus ‘Memorias líquidas’. Historias de periodismo, vidas de periodistas aquí y acullá, y anécdotas que, entre otras cosas, me traen buenos recuerdos entre copas, muchas copas.
Pues sí, en 2013 no sólo conseguí apuntarme a un gimnasio sino que logré permanecer más de un mes en su interior. Luego ya ha venido todo ese cuento de la adicción al deporte gracias a que ayuda a dormir mejor y a que beneficia bastante la autoestima. Tsss. Y confieso que una de las claves para superar ese condenado mes de prueba ha sido eso que llaman ‘spinning’. Básicamente consiste en subirte a una bicicleta y seguir el ritmo de la música (sumamente perra casi siempre) a pedalada limpia. Una entretenida forma de romper con el sedentarismo del noble oficio de la tecla y, sin mucho agobio, quemar alguna que otra caloría. Admito que una vez el sudor me supo a Palo Cortado y también les advierto de que pasa algo rarísimo en esas clases: al final aplauden al profesor. Diferentes serían las cosas si esa sana costumbre se trasladara al sistema educativo.
Pendiente de ver la aclamada ‘La vida de Adele’, mi película del año ha sido indiscutiblemente ‘Amor (Amour)’. Otro dardo envenenado de Michael Haneke que retrata la fase final de la vida en pareja: la vejez, el deterioro y la enfermedad, la incomunicación, la soledad, la libertad, la muerte. ¿Deprimente? En absoluto. Gana la poesía y la emoción. El trabajo espléndido y sin falsos sentimentalismos de Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva convierten en ternura una etapa sepultada aposta por una sociedad del consumo y la imagen a la que lo viejo claramente le molesta y estorba.
Una vez toqué un Macintosh a mediados de los 90. Flipé pero pronto me conformé con Windows y mi primer Pentium 166 cuando entré en el instituto. Tantos años después, en 2013 le he dicho adiós a Bill Gates (curiosamente cuando él se ha decidido a invertir en España) y he saludado afectuosamente a la secta del difunto Jobs, con el que llevo tonteando desde que me compré el iPhone. Decidido, justo antes de empezar la Feria del Caballo fui y me ligué mi primer iMac tras mis clásicos periodos de amor-odio, deseo-peligro. Huelga deciros que cuando acabó esa semana no quería otra cosa. El ordenador iba y sigue yendo a las mil maravillas, pero desde luego como mi Feria de mayo…
9. Searching for a sugar man:
Multipremiado con, entre otros, el Oscar al mejor documental, el largometraje dirigido por el sueco Malik Bendjelloul sobre la vida del músico Jesús ‘Sixto’ Rodríguez es una de las historias más asombrosas y alucinantes que había visto y oído en mucho tiempo. Mientras cantaba en antros de mala muerte o, más tarde, trabajaba como modesto peón de albañil en Detroit, su disco ‘Cold fact’ era abrazado clamorosamente en Sudáfrica como símbolo en la lucha contra el apartheid sin que el músico tuviera idea alguna de ese remoto éxito. En el año en el que murió Mandela, nació para mí la música y la enigmática vida de un fantasma llamado Rodríguez, al que llegaron a dar por muerto tras suicidarse en un concierto en directo. Gracias al trabajo de investigación de un periodista musical y un vendedor de discos sudafricanos, el Bob Dylan hispano reinventó su propia historia. Un desenlace que no les adelantaré porque prefiero que lo vean y lo disfruten como hice yo.
La tele generalista me aburre soberanamente, por lo que descubrir este invento de la mano del Plus me ha parecido la rehostia. Sencillamente consiste en ver lo que uno quiere en cada momento: vídeo bajo demanda le llaman. Tienes un canal propio y te descargas en él lo que te apetezca según te pille y en función del amplísimo catálogo que te ofrecen. Así te ahorras tener que navegar (o naufragar, llegado el caso) por la TDT, que ya saben, es como Venecia: muchos canales y la mayoría apesta.
El ‘cubaroque’ de la tasca San Pablo; el gin-tonic sin tónica ni ginebra de cualquier coctelería modernita; la morenita de Plateros; la Voll del Gorila; el Barco de Malasaña y volver al Mercado de San Miguel; la negra noche de estrellas con cerveza en el Sajorami; la Kwak en la Mayor; el pollito machacao en Chihuahua; el atún mechao y la sopa de tomate en el Rody; la barriga de atún en Las Banderillas; la ensaladilla de gambas de Esteban; la ternera con ajos de Mar Ali… Cientos de sitios, decenas de locales donde paladeamos y disfrutamos lo que pudimos y nos dejaron. Volveremos… Si nos dejan.
Unos compañeros de profesión, en su mayoría desheredados por quienes habían recibido profesionalmente lo mejor de ellos durante un buen puñado de años (en algunos casos demasiados si seguimos la teoría de Hemingway), sintieron la corazonada de creer en las utopías. Y pensaron que la crisis del periodismo, como otras, se soluciona con más periodismo. Pero del de verdad, no del sometido. ¿Qué el papel va a desaparecer? Seamos el último diario en papel de Occidente. ¿Qué los bancos no financian pese a que los hemos salvado de todas sus mierdas tóxicas? Seamos una cooperativa y ganemos poco aun trabajando mucho. ¿Qué los ingresos por publicidad se han derrumbado como un castillo de naipes? Tentémonos la ropa y sigamos creyendo en lo que hacemos haciéndolo aún mejor. Se llamó El Independiente de Cádiz. Colaboré con ellos desinteresadamente. Era lo mínimo por estos colegas aventureros. Aguantaron un par de meses. Vinieron buitres al rescate pero no se dejaron comer y lo dejaron. Regresarán al oficio con la misma dignidad que temporalmente salieron. Esta vez la utopía se quedó en eso, en quimera. Dicen que unas veces se gana y otras se aprende, ¿o no?
Gracias a este hueco cibernético que humildemente trato de rellenar cada semana disfruto de un bien inmaterial casi impagable en estos tiempos: la libertad de expresión. El espacio me lo brinda la buena gente que lleva el medio digital que representa masjerez.com y del que me honro de pertenecer porque, entre otras cosas, riegan su página con mi ‘vinagre de Jerez’ (también reconvertido en este blog) con independencia de su contenido. Sin cortapisas y sin censura alguna. Escribir de lo que realmente te da la gana y que, encima, haya incluso gente que te lea. O lo que es lo mismo, un auténtico un privilegio hoy en día. Sigo por aquí. Feliz 2014.