Nos vemos después
Hoy tenĂamos que decirnos chau. O, si viviĂ©semos en una telenovela, o en un culebrĂłn, probablemente nos hubiĂ©semos dicho adiĂłs. Pero ni uno, ni lo otro. No pude decirte chau. No pude decirte adiĂłs. Y aunque todo se sentĂa y tenĂa aroma a despedida, no pudo salir de mi boca nada que confirme la separaciĂłn.
Lo que duele, por favor. Lo que duele el alma, no tiene explicaciĂłn. Lo que duele. Lo que duele, ahĂ, entre los pulmones y las costillas. Bien adentro, hondo, profundo en el pecho. Porque huele, se siente, a pesar de que ni mi boca, ni la tuya, dijeron chau, se sabe a despedida.
Pero no pude. Porque decir chau era aceptar que las risas ya no iban a estar mĂĄs. Porque decir chau era saber que ya no iba a haber mĂĄs comidas, ni besos, ni pelĂculas, ni abrazos, ni mĂșsica, ni siestas. Decir chau era despedirse, para siempre, de absolutamente todo lo que no querĂa perder. Y era quedarme, solamente, con el llanto de medianoche.
Por eso dije nos vemos despuĂ©s. Porque no me gustan las despedidas. Y porque en el fondo de mis entrañas, de verdad, de verdad te quiero ver despuĂ©s. Te quiero escuchar reĂr despuĂ©s. Te quiero sentir la piel despuĂ©s. Te quiero, te amo, antes, ahora y despuĂ©s.
Nos vemos, mi amor. Aunque sea una despedida. Nos vemos después.















