Pues la cosa va asĂ. Estoy en casa, temprano por la mañana, frente a mi lista de cosas por hacer y, cafĂ© mediante, me dispongo a atacar la primera, que no tiene porque ser la más importante, pero está ahĂ. Es la primera de la lista.
COSAS POR HACER
1. Inscribirme a la feria/encuentro/conferencia musical “X“.
Empiezo a rellenar el formulario: nombre, apellidos, email de contacto, mĂłvil, fijo, web y... A ver. Un momento. Nombre de la empresa.
He buscado muchos nombres. He creado marcas. He diseñado logos. He pensado, dibujado, divagado sobre nombres a lo largo de 20 años. Ya está. Ha llegado el momento.
Escribo: “Vanessa Pellisa”. Sin más.
Llevo dos dĂ©cadas trabajando en la industria musical bajo el paraguas de un nombre u otro, propio o ajeno, y ahora estoy aquĂ y pienso que no, no necesito un nombre para mi trabajo: que si quieres contratar a mi artista necesito que me encuentres rápido, que mi mĂłvil aparezca en todas partes, que mi mail salte a la vista. No necesito esconderme detrás de una marca, si no estar aquĂ, disponible para ti para que mi artista estĂ© dĂłnde tu quieras que estĂ©. Tiene sentido, Âżno? Nombre de empresa: Vanessa Pellisa. ÂżQuĂ© tal? Soy yo.
Hoy aquĂ, corriendo (casi) sola*. Mañana, quiĂ©n lo sabe, quizás detrás de la marca de otro. La mĂşsica da vueltas y yo giro con ella. Pero mi nombre está ahĂ. Sabes dĂłnde encontrarme si necesitas algo, no de mi (que tambiĂ©n), si no de mi artista. Para lo que necesites. Estoy ahĂ. ÂżY no deberĂa ser asĂ siempre?