Borís, pero hay algo: yo no amo el mar. No puedo. Tanto espacio, y no se puede caminar. Eso por un lado. Él se mueve y yo lo contemplo. Eso por otro. Borís, esto viene a ser la misma escena, es decir, mi obligada y evidente inmovilidad. Mi inercia. Mi (lo que quiera yo o no lo quiera) tolerancia. ¡Y por la noche! Frío, violento, invisible, hostil, lleno de sí — ¡como Rilke! (De sí mismo o de lo divino, es igual.) Siento compasión por la tierra: tiene frío. El mar no, él es el frío; todo lo que hay de terrible en él es eso: su esencia. Un enorme refrigerador (la noche). O un inmenso perol (el día). Perfectamente redondo. Un platillo monstruoso. Plano, Borís. Una enorme tinta de fondo vomitando a cada instante una criatura (los barcos). No se le puede acariciar (es húmedo). No se le puede rezar (es cruel). De ese modo, odiaría a Jehová (como a todo poder). El mar es dictadura, Borís.
—Marina Tsvietáieva, carta a Borís Pasternak (nº 22), fechada el 23 de mayo de 1926 y compilada en Borís Pasternak, Marina Tsvietáieva y Rainer Maria Rilke, Cartas del verano en 1926. Traducción de Selma Ancira.