Los huérfanos de madre somos gente peligrosa. Si la perdimos en alguna etapa de la vida en la que pudiéramos experimentar el dolor con absoluta conciencia, crecemos con la idea de que nada –absolutamente nada– podrá lastimarnos tanto. Entonces, temerarios, vamos por la vida estrellándonos contra los afectos, buscando superar aquel umbral como un adicto que persigue el abismo de la primera patada de heroína.
Mélanie Pérez Arias














