Publicada el viernes 28 de septiembre de 2018
La inserción de las mujeres en el universo futbolístico crece al calor del avance que el movimiento feminista viene expresando en la arena política, los medios de comunicación o el mercado laboral.
Cada vez hay más jugadoras, árbitras, juezas de línea, dirigentes, periodistas e hinchas. Sin embargo, el balompié siempre fue cosa de hombres, o al menos históricamente se lo consideró un espacio reservado exclusivamente a los varones.
No caben dudas de que el fútbol es un hecho cultural plagado de machismo, misoginia, homofobia, racismo y xenofobia. Basta con repasar algunas expresiones típicas del folclore futbolero para confirmarlo.
"Les rompimos el culo” es una frase que suelen utilizar los hinchas de algún equipo luego de vencer categóricamente a su oponente. El verbo romper significa, en este caso, penetrar. Y aunque la frase no hay que tomarla literalmente, es curiosa la elección de la palabra culo pudiendo haber utilizado arco, un sustantivo que guarda una relación mucho más directa con el fútbol.
Al margen de que es una verdadera incógnita el sexo del portador del culo roto, así se trate de un hombre o una mujer, la expresión contiene violencia y supone el sometimiento de un sujeto sobre otro. Lisa y llanamente, una violación. Pero, rigiéndose por los códigos de la tribuna, se da por sentado que, en caso de tratarse de un masculino, el único puto sería el penetrado, nunca el penetrador. El penetrador siempre será considerado bien macho, independientemente del sexo del dueño del culo.
“Eso no es un arquero, es una puta de cabaret” es el clásico cántico dedicado a casi todos los guardametas antes del inicio de alguna de las dos mitades que componen un match, dependiendo del arco que al Uno le toque defender y la cabecera en la que se ubiquen los hinchas contrarios.
Se desconoce el origen de la asociación entre “arquero” y “puta de cabaret”. Todo parece indicar que es consecuencia de una rima perfecta con los primeros versos de la canción, en el que la horda sugiere “que lo vengan a ver”. Lo que queda claro es que, para estos ilustrados simpatizantes, ser una puta de cabaret es algo humillante y por eso funciona muy bien como insulto.
“¡Era el 2 de Mandiyú!” es una frase que quedó inmortalizada a partir de un spot de cerveza Brahma realizado hace diez años por la agencia CraveroLanis (click para ver).
En el comercial, además de exhibirse a la mujer como un objeto, medir tamaños de penes y demás rauleadas de manual, uno de los protagonistas observa con libidinosidad un trasero que se mueve al compás de la música de una comparsa en el carnaval de Gualeguaychú, que resulta ser el de una chica trans, poseedora de unos rasgos típicamente guaraníes. Homofobia, machismo y racismo en apenas 60 segundos.
Y así podríamos seguir hasta mañana…
Lo cierto es que el mundo está cambiando y el fútbol es una expresión cultural que no puede ni debe quedar aislada de los contextos sociales. Es por eso que vale la pena destacar una serie de casos, algunos de larga data y otros un poco más recientes, que nos demuestran que otro fútbol es posible.
El FC Sankt Pauli es un modesto club alemán de segunda división. Fue fundado en Hamburgo en 1910 por un grupo de trabajadores portuarios, pero a mediados de la década del ’80, en una Europa azotada por la violencia de los hooligans, la institución redactó un nuevo estatuto en el que se manifestó abiertamente “en contra del racismo, el sexismo, el fascismo y la homofobia". A partir de ese momento, se convirtió en el equipo insignia de punks, gays, prostitutas, artistas y militantes de izquierda.
Hace más de 30 años viajaron a Nicaragua para jugar un amistoso en apoyo a la Revolución Sandinista. También realizaron algunas pretemporadas en Cuba, y a partir de entonces en las tribunas puede verse siempre alguna imagen del Che Guevara.
En 2002, un empresario teatral llamado Corny Littmann, gay declarado y militante del colectivo LGTB, fue electo presidente de la institución, cargo que ocupó hasta 2010.
Cada 27 de enero, St. Pauli conmemora la liberación de Auschwitz y sus hinchas acuden al estadio con banderas con la esvástica tachada. Además, fueron los primeros en organizar un Mundial de países no reconocidos por la FIFA en 2006 y un torneo con refugiados en 2017.
Otro dato particular es que, desde hace dos años, el club produce miel natural dentro de su estadio, con la idea de proteger y aumentar la población de abejas en el mundo, que viene disminuyendo considerablemente como consecuencia de la fumigación indiscriminada.
Corría el año 1981 cuando Corinthians, el club más popular de todo Brasil, tocó fondo, deportiva y económicamente hablando. El país era gobernado desde 1964 por una violenta dictadura militar, como sucedió en casi todas las demás naciones de América Latina, y la democracia parecía una utopía lejana.
En abril de 1982, un tal Waldemar Pires fue electo presidente del Timão y designó como director general de fútbol a Adílson Monteiro, un exmilitante y joven sociólogo que del tema entendía poco y nada, pero que traía consigo ideas revolucionarias.
Cuenta la leyenda que en la primera reunión que mantuvo con el plantel, les dijo a los jugadores: “El país lucha por la democracia. Si lo logra, el fútbol quedaría al margen porque aún en los países democráticos el fútbol es conservador. Tenemos que cambiar eso”.
A partir de entonces, se instauró la Democracia Corinthiana, un sistema de autogestión mediante el cual jugadores, cuerpo técnico, dirigentes y empleados votaban y decidían todo, desde los sistemas de juego, hasta los horarios y los métodos de entrenamiento, o el reparto del dinero.
Contra todos los pronósticos, el método fue un éxito. Corinthians desplegó un fútbol vistoso de la mano de jugadores como Sócrates, Wladimir, Casagrande y Zenon, convocó multitudes, ganó dos veces el Campeonato Paulista de manera consecutiva (1982 y 1983), y canceló todas sus deudas.
Pero el máximo logro de la Democracia Corinthiana quizás haya sido el efecto inspirador que tuvo en la sociedad brasileña. En ciertos partido, los jugadores saltaban al campo de juego luciendo alguna consigna política en sus camisetas, instando a la población a despertar de su letargo.
Dos años más tarde, la dictadura cayó.
PROHIBIDOS LOS CHORIPANES
El Forest Green Rovers es un club fundado en 1890 en el sudoeste de Inglaterra que actualmente compite en la quinta división del fútbol británico. En 2010 fue adquirido por un empresario llamado Dale Vince, activista ecológico y dueño de Ecotricity, una compañía de energía sustentable, y se propuso impulsar un profundo cambio conceptual, dando forma al primer club ecológico y vegano del mundo.
La única comida que tiene cabida en este club, tanto para los jugadores como para los hinchas, es la vegana. El plantel se alimenta a base de una dieta libre de productos de origen animal, y los puestos en el estadio los días de partido ofrecen hamburguesas de quínoa, ensaladas de vegetales y café con leche de soja o avellanas.
En el estadio del Forest Green Rovers hay paneles solares por todos lados que ayudan a alimentar el sistema de iluminación y también son fuente de energía del robot inteligente que se encarga de cortar el césped, para el cual no se utiliza ningún tipo de pesticida ni herbicida en su cuidado, sino algas, bacterias y otros productos naturales.
A la hora de regar el campo de juego, emplean agua de lluvia que es almacenada previamente en cisternas. También hay puntos de carga para coches eléctricos diseminados por todo el predio.
Pero Vince va por más y sueña con un Eco-Estadio construido íntegramente en madera, algo que fue prohibido en Inglaterra luego de la tragedia de Valley Parade en 1985, en la que murieron 56 personas y 265 resultaron heridas como consecuencia del incendio de una tribuna.
Desde el año 2012, a los 17 minutos 14 segundos de cada partido importante que juega el Barcelona en el Camp Nou, los hinchas blaugranas agitan sus senyeras y esteladas, al tiempo que claman por su independencia desde las cuatro gradas del estadio.
Los 17 minutos 14 segundos simbolizan el año 1714, en el que Cataluña fue sometida al régimen de los Borbones de Felipe V.
Como su lema lo indica, el FC Barcelona es más que un club.
Tanto el Camp Nou como el viejo Les Corts (el estadio en el que jugó desde 1922 a 1957) han sido escenario de reivindicaciones independentistas a lo largo de la historia.
La primera de la que se tenga registro ocurrió en 1925, en un amistoso entre Barça y Esportiu Júpiter, un club anarquista del barrio Poblenou, el pulmón industrial de Cataluña, que llegó a esconder armas en los balones y debajo de su tribuna para combatir las dictaduras de Miguel Primo de Rivera y Francisco Franco.
Por esos días, un barco inglés se encontraba amarrado en el puerto de Barcelona. Antes del partido, la banda de la Royal Navy tocó el himno británico God Save the Queen y la Marcha Real, creyendo que el público lo recibiría con agrado, pero la silbatina fue ensordecedora. ¿Cómo terminó la historia? Les Corts fue clausurado por seis meses, el Barça no pudo competir durante ese período, y el presidente de entonces, Joan Gamper, fue condenado al exilio por el régimen de Primo de Rivera.
En tiempos de la dictadura franquista, se llegaron a oír anuncios en catalán por los altoparlantes del estadio, burlando las leyes y la censura. El Generalísimo falleció en 1975 y recién al año siguiente los partidos pudieron volver a ser narrados en catalán durante las transmisiones radiales.
En 1974, el rebelde Johan Cruyff, el jugador más amado por la afición blaugrana junto con Messi, estaba a punto de ser padre por tercera vez. El holandés se sentía un catalán más y quería ponerle Jordi a su hijo. Pero ese nombre estaba prohibido en toda España porque Franco había declarado ilegal cualquier simbología nacionalista catalana. Debía ponerle Jorge. ¿Qué hizo el Flaco? Viajó a Amsterdam, esperó a que nazca el niño, lo inscribió como Jordi, y volvió a Barcelona. Un auténtico “pito catalán”.