Cómo contrarrestar un maleficio
¡Me embrujaron! ¿Ahora qué hago?
Miren pues, yo les voy a hablar de algo que me costó tiempo entender. Cuando uno empieza en estas cosas de la magia, se llena de ilusión y cree que con una vela, un rezo o una hierbita ya va a cambiar todo de la noche a la mañana. Yo así empecé: con ganas, con fe, pero también con prisas y con tropiezos. Cuando entendés el ciclo que te voy a presentar, vas a entender cuán sencillo es romper un hechizo y a darle su tiempo al proceso de sanación.
Me pasaron muchas cosas: algunos trabajos me salieron bien, otros se quedaron a medias, y no faltaron aquellos que no dieron resultado. Y ahí me quedaba yo, preguntándome: “¿será que lo hice mal?, ¿será que la magia no me quiere?, ¿o será que todavía no sé lo que estoy haciendo?”.
Con el tiempo y con varios intentos, fui comprendiendo que romper un hechizo no es solo cuestión de hacer un acto puntual, ni de pronunciar unas palabras y ya. Es un proceso, una caminadita en cuatro pasos. Y cada paso enseña algo distinto.
1. Expulsar
Lo primero que aprendí fue a expulsar lo que no es mío. A veces uno carga con energías que se sienten como humo pesado, como telaraña pegada en la piel. Hay cosas que llegan a nosotros sin que las busquemos: envidias, palabras malintencionadas, malas miradas, incluso trabajos enviados con mala fe. Y yo descubrí que lo primero es decirles “¡hasta aquí llegaste!”.
No es pelear con el mal, sino reconocerlo y sacarlo. Con la escoba espiritual, con rezos, con soplos, con agua bendita, uno va barriendo la casa y el corazón. Es como cuando entra un murciélago a la casa: no lo matás, solo lo sacás para que vuelva al monte, porque ahí es donde debe estar.
2. Limpiar
Ya sacado lo malo, queda la huella. Ahí entendí que limpiar es distinto de expulsar. Es como cuando uno lava un guacal: lo vacía primero, pero luego queda la mancha y hay que darle agua, jabón y sol hasta que quede fresco otra vez.
En mí, la limpieza vino con baños de hierbas, con sahumerios de copal y romero, con rezos al amanecer. Aprendí que no se limpia solo el cuerpo, sino también los pensamientos y el ánimo. Porque si uno sigue guardando resentimiento, aunque se haya sacado lo malo, todavía queda el rastro.
La limpieza es devolvernos la frescura, el color, el brillo que nos corresponde. Es darle aire nuevo al alma.
3. Proteger
Después comprendí que si uno solo expulsa y limpia, se queda desnudo ante la vida. Protegerse es lo que hace que lo malo no vuelva a entrar con tanta facilidad.
La protección yo la sentí como ponerse un sombrero cuando el sol quema o como taparse con un sarape cuando cae la lluvia. Es un cuidado constante.
Aprendí a protegerme con velas encendidas a los santos, con amuletos sencillos como un listón rojo o un escapulario, con oraciones que me cubren como manto. Y sobre todo, con la certeza de que mi fe es escudo. Porque la protección no solo está en los objetos, sino en la convicción con que uno los lleva.
4. Superarlo
Y aquí viene lo más bonito: superar lo vivido.
Yo antes pensaba que romper un hechizo era solo cuestión de que lo malo se fuera. Pero la vida me enseñó que el verdadero triunfo está en superar la herida, en no quedarse amarrado al miedo ni al recuerdo de lo malo.
Superar es aprender de la experiencia. Es poder decir: “sí, me hicieron daño, pero eso ya no me define”. Es cuando el corazón vuelve a sonreír y uno sigue caminando con paso firme. Es cuando la cicatriz deja de doler y se convierte en enseñanza.
Hoy entiendo que romper un hechizo no es solo cuestión de magia. Es también un acto de amor propio, de cuidado, de aprender a escucharme y a confiar. Porque al final, las hierbas, las velas y los rezos son puentes… pero la fuerza que hace que todo funcione está en el corazón y en la fe con que uno camina.
Así fue como aprendí, a tropiezos y a pruebas, que romper un hechizo es expulsar, limpiar, proteger… y sobre todo, superar.
Moraleja del Tecomatito: “El mal que se va no vuelve si el corazón ya no le da posada.” 🌿✨
















