Un café con mi yo de 16...
La campanilla de ese cafecito tradicional en el centro de Arandas vuelve a sonar. El olor a grano tostado y a pan recién horneado abraza el lugar. Yo —tu yo de 38 años— estoy sentado en una mesa junto a la ventana. Me siento en paz, pleno, sabiendo todo lo que hemos recorrido.
Y entonces, entras tú.
Tienes 16 años. Llevas esa mochila pesada, la mirada inquieta y la cabeza llena de cables, códigos y sueños que parecen inalcanzables. Te acercas despacio a la mesa, casi temblando al reconocerte en mis ojos, en mi sonrisa, en esta barba que ya asoma los años. Te sientas frente a mÃ, mudos los dos por un segundo.
La mesera nos deja dos cafés humeantes. De inmediato, con ese nerviosismo tuyo tan clásico, te llevas las manos a los bolsillos del pantalón buscando tus monedas ahorradas para pagar.
SonrÃo con el alma entera, extiendo la mano y detengo la tuya con firmeza y cariño.
—Tranquilo, chamaco. Guarda esos pesos. Hoy invito yo —te digo, mirándote a los ojos—. Para eso nos hemos partido el lomo estudiando y trabajando. Y créeme, nos va muy, pero muy bien.
Agarras tu taza con ambas manos, buscando calor, y con la voz un poco temblorosa por la emoción, me sueltas la pregunta que te quema por dentro:
—¿Sà la armamos? ¿Sà logramos estudiar sistemas? Dime que no estamos atrapados en una oficina gris haciendo cosas aburridas...
Me recargo en la silla, inflado de un orgullo que me desborda.
—Agárrate fuerte. No solo nos hicimos Ingenieros en Sistemas. Volamos mucho más alto. Hicimos una MaestrÃa en Ciencia de Datos y, mÃrame bien, estamos a nada de convertirnos en Doctores en Sistemas Computacionales. ¿Y sabes qué nos apasiona con locura? La ciberseguridad. Somos buenÃsimos en eso, muchacho. Diseñamos formas de proteger infraestructuras enteras, analizamos riesgos, evitamos que los sistemas colapsen. Somos como los guardianes de ese mundo digital que tanto te fascina. ¡Hasta hicimos estancias de investigación en lugares importantÃsimos y nos nominaron a los Premios Huella de Oro como lÃderes en innovación! La gente respeta nuestro trabajo.
Tus ojos de 16 años brillan como estrellas. Se te dibuja una sonrisa enorme, incrédula. Pero antes de que digas nada, me inclino sobre la mesa para contarte mi secreto favorito.
—Pero hay algo todavÃa mejor que los tÃtulos. Damos clases. Darle clases a jóvenes universitarios es... mágico. No te imaginas lo inspirador que es pararte frente a un grupo de chavos que tienen la misma chispa que tú tienes ahorita, y enseñarles a programar, a entender la tecnologÃa, a no rendirse. Ver cómo se les ilumina la cara cuando entienden un código o resuelven un problema es la mejor recompensa del mundo. Nos convertimos en ese maestro que siempre quisimos tener.
Tomas un trago de café, asimilando la inmensidad de tu propio futuro. Y luego, el brillo de tus ojos cambia. Se vuelve más suave, bañado en esa nostalgia que a tus 16 años todavÃa está a flor de piel.
—Oye... y en la casa, ¿qué tal? ¿Mamá Soco está bien? Y... el vacÃo por nuestro Tito Simón, ¿algún dÃa se quita? Hace apenas dos años que se fue y duele muchÃsimo...
Siento un nudo de esos que te aprietan la garganta hasta sacar lágrimas. Suspiro profundo y te miro con toda la ternura de la que soy capaz.
—Mamá Soco está hermosa. Sigue siendo nuestro pilar, la fuerza que nos levanta cada mañana. Ella es nuestro hogar. Y sobre nuestro Tito Simón... A mis 38 años, te confieso que lo sigo extrañando con toda el alma. El dolor no desaparece, muchacho, pero se transforma en un amor inmenso. Hay dÃas en los que darÃa todos mis tÃtulos, todo lo que he logrado, por un solo abrazo suyo. Pero él vive en nosotros, en cada logro, en cada paso firme que damos. Lo hicimos sentir muy orgulloso, te lo prometo. Él camina con nosotros siempre.
Una lágrima rueda por tu mejilla de adolescente, y te la limpias rápido. Asientes, entendiendo el peso de la vida.
—¿Y los perros? —preguntas con un hilito de voz, buscando cambiar a algo que te dé consuelo.
—Mega, Byte y Lash nos regalaron los años más felices y leales, pero también tuvieron que cruzar el arcoÃris. Lloramos a mares. Sin embargo, ese amor tan grande nos dejó el corazón listo para que llegara Tera. Es nuestra perrita actual, un torbellino de amor peludo que nos vuelve locos de felicidad. También vas a ver crecer a tus sobrinos, a tu sobrina Nicole... la familia sigue siendo todo para nosotros.
Me miras fijo, procesando el dolor y la alegrÃa, todo mezclado. Y entonces, haces la pregunta que más te aterra, la que todo chico de tu edad lleva guardada.
—Y... ¿nos van a querer? ¿Alguien se va a enamorar de nosotros, asà como somos?
La sonrisa más grande de la tarde se me dibuja en la cara. Se me ilumina el semblante entero.
—Juan Carlos... la vida nos premió con lo más hermoso del universo. Vas a conocer a Andrea. Ella es nuestra esposa. Y escúchame bien: es espectacular. Es una mujer de una inteligencia que te deja sin aliento, es brillante, divertida y bellÃsima. Ella es nuestro refugio, nuestro equipo, la que nos toma de la mano cuando las cosas se ponen difÃciles y la que celebra con nosotros cada victoria. Con ella, todo en la vida cobra sentido.
El joven de 16 años que tengo enfrente deja salir un suspiro larguÃsimo, soltando todos sus miedos de golpe. Se limpia los ojos y me sonrÃe con una paz que inunda el lugar.
—Parece que... parece que todo va a estar bien.
—Todo va a ser extraordinario, muchacho —te digo, con la voz quebrada por la emoción—. Sigue siendo noble, sigue estudiando, llora a los que tengas que llorar y ama con todas tus fuerzas. El futuro que te espera es maravilloso.
Dejo el dinero sobre la mesa, me levanto y te doy el abrazo más apretado del mundo. Un abrazo que cierra heridas, que calma ansiedades. Un abrazo donde el niño asustado y el hombre pleno se funden, sabiendo que, al final, ganamos.
















