26. Escribe un relato con un diálogo o frase que escuches esta semana. Imagina el contexto de esa conversación.
Lo relatado en este texto es verídico.
“- ¡Pues a ver si nos atienden pronto, porque…!”
Me giré para comprobar quién había dicho aquello y encontré a una señora que, repantingada en la silla, miraba a su alrededor mientras agitaba el abanico protestando por el calor. Iba acompañada por un hombre mayor y una pareja joven.
¿Cuánto tiempo llevarían allí? No lo sabía. Estaba centrado mirando las redes sociales en el móvil y había ignorado todo lo que me rodeaba. Pero la terraza, prácticamente vacía cuando me había sentado, se había llenado en el rato que había permanecido distraído.
- ¡Niño, niño! –chilló la señora haciendo aspavientos para llamar la atención del camarero.
- Enseguida les atiendo –fue toda la respuesta que obtuvieron.
- ¡Pero bueno…! –bufó la mujer mirando atónita a sus acompañantes.
Miré al muchacho que se alejaba con una bandeja cargada de vasos de diferentes formas, tamaños y contenidos. Segundos después, estaba frente a la mesa de la mujer con la bandeja vacía y la libreta lista para tomar la comanda. No tardaron en recitar el pedido e insistir en que saliese pronto.
- La cocina es pequeña y está hasta arriba de notas. Tardará un poco. –respondió el camarero.
- ¡Pero nosotros llevamos esperando un rato!
- No son los únicos. Tengo la terraza llena. Lo siento, pero no puedo hacer nada.
- ¡Pero tenemos prisa!
- En ese caso, solo puedo decirles que hubiesen venido antes.
Acto seguido, regresó al interior del local dando por zanjada la disputa.
Un rápido vistazo me bastó para comprobar que el camarero no mentía. Pude contar una docena de mesas, dos de ellas bastante grandes ocupadas por unos quince comensales cada una. El resto de las mesas, aun siendo individuales, contaban con tres o cuatro personas por mesa. Visto desde fuera, cada salida del camarero a la terraza era un viacrucis donde cada mesa suponía una parada para dejar o recibir. Manos que se alzaban, gestos desde lejos y peticiones a gritos. Nadie parecía escuchar la constante letanía del empleado: “Un momento, por favor.”
Por si esto pudiese parecerle poco a alguien, varios grupos de personas se arremolinaban entre las mesas buscando alguna libre. Cuando no la veían, asaltaban al camarero durante sus salidas. La imagen me recordaba a las escenas que salían en las noticias cuando los periodistas seguían al objetivo de turno acribillándolo a preguntas.
- ¿No tienes ninguna mesa libre?
- Queremos cenar en la terraza. ¿Me sacas una mesa?
- Oye, una mesa para doce no tendrás, ¿no?
- Nosotros somos cinco adultos y cuatro niños, pero los niños se irán a jugar.
¡Cómo es la gente! ¿Pero no ven que está todo lleno? ¿La ronda previa no les ha dejado claro que está todo ocupado y no hay sitio? Entiendo que se pregunte por si hay alguien esperando o si se sabe de alguna mesa que quedará libre, pero prestando atención pude oír cosas como “Saca una mesa para mí” o “¿No puedes echar a alguien que lleve mucho tiempo?” ¡Madre mía, ¿esta gente no sabe que cada negocio solo puede sacar tantas mesas como las que tenga registradas en la licencia?!
Terminé de sentirme afortunado de no encontrarme en la piel de aquel camarero, cuando caí en un detalle más: Los niños. Criaturas corriendo arriba y abajo sin mirar por dónde van o qué se llevan por delante, sin contar con los que pasaban con patinetes, bicicletas o cegados por las máquinas.
Puedo contaros varias anécdotas de niños, y solo de esa noche. Por ejemplo, me fijé en un grupo de ellos, no mayores de siete años, que se habían sentado en las escaleras de la entrada del bar. El camarero les dijo que estaban mal en varias ocasiones y sin recibir ninguna respuesta, pero ahí no termina la historia. Cuando les dijo a los padres si les podían llamar porque podían provocar un accidente ¡fueron de mala gana! ¡Como si se tratase de un capricho del empleado!
Otro niño, de otra familia, con unos cuatro años, se dedicaba a ir mesa por mesa recaudando las propinas que los clientes iban dejando en el plato del cambio. Cuando llegaba a la mesa donde estaba su familia, le recibían con aplausos y frases como “¡Hala, cuántas tienes ya!” ¡Bravo! ¡Enséñenle que está bien apropiarse de lo que no es suyo! ¡Increíble!
Pero tampoco me extraña mucho, la verdad. Después de escuchar a la mujer que me distrajo del móvil, la cual no tenía tanta prisa pues permaneció toda la noche repantingada en su silla, me fijé en los pedidos de las mesas más cercanas. De todas las que iban con niños, solo dos pidieron algo para los pequeños. El resto fueron “vasitos” de agua para el niño, que luego no se lo bebe. Anoté mentalmente los vasos que fueron pidiendo a lo largo de la noche: en distintas mesas; tres, dos y cuatro. ¡Ratas! Parece una tontería, pero esos vasitos de agua que se sacan a la mesa, suponen una pérdida de tiempo para el empleado.
Y es que eso es lo que olvidamos cuando estamos sentados a la mesa: que quien nos atiende es un empleado. Alguien que está trabajando, que no lo hace por amor al arte, ni está allí como parte del mobiliario del local. La gente confunde servicio con servidumbre, llegando a menospreciar no solo la labor realizada, sino al individuo en sí como persona.
Y, si por alguna razón, alguien considera exagerada esta velada de una sola noche en la terraza de un bar cualquiera, le invito a pasear y observar el suelo de las terrazas y bares.
Colillas, servilletas y algunas migajas son comprensibles hasta cierto punto. No obstante, aquí encontré los huesos de una ración entera de alitas de pollo asediados ya por las hormigas. Trozos enteros de pan, patatas empapadas en salsas, tacos (no una o dos) de servilletas empapados en restos de tarta, la silueta de una mesa dibujada con colillas, huesos de aceitunas para plantar un olivar y mierda en general que alguien, jamás quien lo ha tirado, tendrá que limpiar.
Pero el colofón, lo que me llevó a escribir esto y compartirlo, fue lo que presencié poco antes de irme. El camarero, cargado con una bandeja de vasos sucios, se cruzó con un cliente que le dijo:
- ¡Menuda cuenta os hemos dejado! ¡Anda, que os quejaréis de clientela!
¿Lo diría en serio? ¿De verdad hay gente que cree que por dejarse cien euros en una cena mantienen un negocio así activo? Esperé impaciente la respuesta del camarero, pero él, sin detenerse, le sonrió y siguió limpiando.
Moraleja: El cliente se cree que tiene la razón.