Quiero tener la brújula de Jack Sparrow. Esa que no apunta al Norte, esa que apunta a lo que tu corazón de verdad desea.
Quiero una brújula como esa, que me señale el camino, mi destino; que me aclare la mente y no me mienta cuando me mienta a mí misma.
Deseo más que nada la aguja, para calmar a mi corazón mareado por esta montaña rusa de emociones, y para encontrarlo después de tenerlo un tiempo perdido dentro de una avalancha de dudas y titubeos cobardes.
Y no es que quiera tenerlo todo predicho y planeado, en absoluto. Únicamente quiero una guía, esa flecha que me haga sentir que voy por el camino correcto.
Jack es un buen pirata, fue su astucia como tal lo que le permitió interpretar las señales de su brújula descompuesta. Yo quiero y deseo ser igual. Depender de mí y nada más que de mí. Pero necesito saber hacia dónde voy, qué es lo que quiero. Y sobre todo, dónde está el tesoro que la vida me tiene preparado. Dónde está enterrado mi propio corazón.
Quiero la brújula de Sparrow para que sea sincera conmigo y me haga ver lo importante, no las miles de distracciones superficiales que el mundo ofrece. Porque lo que menos deseo es terminar con una vida de plástico, que me haga eternamente infeliz.
Qué fácil sería la vida con una brújula descompuesta que no apunta al Norte, ¿verdad? Pero no, desgraciadamente no existe tal aguja.
Así que me digo una cosa, de las confusiones nacen las decisiones. Y de las decisiones nace nuestra vida.
Y entre una decisión y la vida... están las experiencias.