Hace unos meses, se quemo el foco de la sala, del departamento donde estaba en ese momento.
Era tarde y estaba oscuro, pero fui en ese mismo momento a comprar uno nuevo. No me gusta dejar las cosas para después.
Ya de vuelta, corrà una silla, me subi y en medio de la oscuridad, intente sacar el viejo para poner el nuevo.
No pude, estaba trabado. Al dÃa siguiente me di cuenta de que habÃa estado girando la lamparita en el sentido incorrecto.Â
En ese momento, sin embargo, no podÃa aceptar dejarlo asà hasta el dÃa siguiente, cuando tuviera luz del dÃa y pudiera ver lo que hacia. No podÃa aceptar que no me saliera. Lo habÃa empezado y lo tenÃa que terminar.Â
Gire y gire la lamparita, con más y más fuerza, siempre y sin saberlo, hacia el lado incorrecto.
En medio de mi frustracion, lo aprete con tanta fuerza, que el foco se rompio en mi mano.Â
Me corte y recien con la sangre en los dedos, decidà aceptar que no se podÃa y dejarlo para el dÃa siguiente.
Me parece que es una buena anecdota de mi vida.
A veces, cuando se pone demasiada fuerza en intentar hacer encajar algo donde no va o en lograr hacer algo que, simplemente no se está haciendo bien, las cosas se rompen. La perseverancia es buena, pero a veces, lo correcto es tomarse un momento, tranquilizarce y usar la cabeza.Â