El poeta de este mundo- Jorge Teillier
a René—Guy Cadou (1920-1951)
Poeta de nombre claro como un guijarro en medio de la corriente
reunías palabras que eran pedernales
de donde nace un fuego que no es olvidado.
René-Guy Cadou, amigo del tonelero, el cartero, el aduanero y
vivías en una aldea de seiscientos habitantes.
Allí eras profesor rural,
el peso del olor del jardín vecino sofocaba la sala de clases
como a la sala de clases donde tu padre había sido maestro.
Te gustaba hablar con la gente de cara parecida a ollas de greda,
ver jugar a las cartas en la taberna.
En la noche a la luz de un fuego de espino
abrías un libro mientras Helena cosía
(“Helena como una gota de rocío en tu vaso”).
Tenías un poeta preferido para cada estación:
en otoño era Verlaine, la primavera te traía todas las rosas
el invierno llegaba con el chirriar del carruaje del Grand Meaulnes
el ruido de espadas entrechocándose en una posada de
te iluminaba el recuerdo de tu padre volviendo de caza en
Y mientras tus amigos iban al Café,
a la Brasserie Lipp o al Deux Magots,
y te enfrentabas al Rostro radiante.
te asomabas a ver los caminos de tu país de hadas y pantanos,
caminos trazados como las líneas de un cuaderno de copia.
como pájaros que saben que siempre hay una ventana abierta
Y los poemas se encendían como girasoles
nacidos de tu corazón profundo y secreto,
rescatados de la nostalgia,
Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo
que no significa nada si no permite a los hombres acercarse
La poesía debe ser una moneda cotidiana
y debe estar sobre todas las mesas
como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos
Sabías que las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente
que la poesía no se pregona en las plazas ni se va a vender a
que no se escribe con saliva, con bencina, con muecas,
ni el pobre humor de los que quieren llamar la atención
con bromas de payasos pretenciosos
los grandes discursos tartamudos de los que no tienen nada
para que los demás respiren,
un poema es un pan fresco,
debe ser leído por amigos desconocidos
en trenes que siempre se atrasan,
o bajo los castaños de las plazas aldeanas.
Pocos saben aquí lo que es un poema,
pocos han puesto su cara al viento en medio de un trigal;
pocos saben lo que es un poeta
y cómo debe morir un poeta.
Tú moriste en un cuarto en donde se congregaba toda
mirando un cesto con manzanas.
“He visto morir a un príncipe”
Y este Primero de Noviembre
cuando me rodean los muertos que siempre están conmigo
pienso en tu serena y ruda fe
como a una pequeña iglesia azul de pueblo
donde hay un párroco que no pide sino compartir su pan.
como al pobre hijo de un carpintero,
pues también sabías que se crucifica todos los días a un poeta
(Jesús tenía treinta y tres años,
Jean Arthur también era Cristo
crucificado a los treinta y siete).
Pero a ti no te importaba que te escupieran la cara o te olvidaran
porque como tú lo decías, nadie puede impedir a un pájaro que
cante en la más alta cima,
es sólo el árbol rojo que señala el comienzo del bosque.