AMORES: DELIA (I) - Pablo Neruda
Delia es la luz de la ventana abierta a la verdad, al árbol de la miel, y pasó el tiempo sin que yo supiera si quedó de los años malheridos sólo su resplandor de inteligencia, la suavidad de la que acompañó la dura habitación de mis dolores. Porque a juzgar por lo que yo recuerdo donde las siete espadas se clavaron en mí, buscando sangre, y me brotó del corazón la ausencia, allí, Delia, la luna luminosa de tu razón apartó los dolores. Tú, del país extenso a mí llegabas con corazón extenso, difundido como dorado cereal, abierto a las transmigraciones de la harina, y no hay ternura como la que cae como cae la lluvia en la pradera: lentas llegan las gotas, las recibe el espacio, el estiércol, el silencio y el despertar de la ganadería que muge en la humedad bajo el violín del cielo. Desde allí, como el aroma que dejó la rosa en un traje de luto y en invierno, así de pronto te reconocí como si siempre hubieras sido mía sin ser, sin más que aquel desnudo vestigio o sombra clara de pétalo o espada luminosa. La guerra llegó entonces: tú y yo la recibimos a la puerta: parecía una virgen transitoria que cantaba muriendo y parecía hermoso el humo, el estampido de la pólvora azul sobre la nieve, pero de pronto nuestras ventanas rotas, la metralla entre los libros, la sangre fresca en charcas por las calles: la guerra no es sonrisa, se dormían los himnos, vibraba el suelo al paso pesado del soldado, la muerte desgranaba espiga tras espiga: no volvió nuestro amigo, fue amarga sin llorar aquella hora, luego, luego las lágrimas, porque el honor lloraba, tal vez en la derrota no sabíamos que se abría la más inmensa fosa y en tierra caerían naciones y ciudades. Aquella edad nuestras cicatrices. Guardamos la tristeza y las cenizas. Ya vienen por la puerta de Madrid los moros, entra Franco en su carro de esqueletos, nuestros amigos muertos, desterrados. Delia, entre tantas hojas del árbol de la vida, tu presencia en el fuego, tu virtud de rocío: en el viento iracundo una paloma.
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