El camino de la peregrina
Suelo caminar cada día por un largo y angosto camino, y todos los días viajo por tierras extrañas. Puedo decir, abiertamente, que soy una forastera en tierra ajena que camina por tierras que no conoce para poder llegar a su meta. Ciertamente, muchos han transitado por el mismo camino que yo, caminando a mi lado, y es lamentable lo que debo decir, pero este camino es solo para valientes y aquellos que no lo son se ven en la dificultad de abandonar esta senda.
Este camino es impredecible. Cada día que tránsito por este camino, me encuentro con cosas nuevas y con muchos obstáculos que presentan grandes y peligrosas dificultades de vida o de muerte. Hay veces en las que doy pasos inciertos, camino sin rumbo por haber perdido el norte, pero siempre tengo una gran y hermosa meta grabada en mi mente. Otras veces he dado pasos firmes mientras camino con la meta fija en mi ser y con un fuego ardiendo en mi corazón. He sentido tanta emoción que he corrido sin que nadie me detenga, pero otras veces me he cansado tanto que he tenido que hacer un alto en el camino y descansar. Mis fuerzas son débiles, tanto, que a veces me ha tocado seguir avanzando a rastras por las duras pruebas que he padecido. Sin embargo, no me arrepiento de haber escogido este camino ya que, a pesar de todo, he aprendido miles de cosas y he descubierto misterios que nadie antes había conocido. Aunque hay algo que más llama mi atención, hay algo que más me llena y conforta mi alma. Ese algo es el poder contemplar todos los regalos que me ha dado mi Padre, aunque no los merezca. Cada uno de los regalos me hace sentir su presencia y su compañía. Cada uno de los regalos me llena el alma y me dicen que él está conmigo. Observo las hermosas flores que mi Padre ha plantado y recuerdo lo hermoso que él es, veo los cielos que él pinta, cielos grandes y estrellados, a veces con muchas nubes, otros nublados, pero aquellos cielos me recuerdan a su grandeza inescrutable. Veo los árboles que mi Padre planta y que cada día riega con esmero de que éstos crezcan y me recuerda como él me hace crecer como persona, observo las aves que mi Padre cada día sustenta y me recuerda que él me sigue sustentando y cuidando.
Siempre pienso en mi Padre. En los buenos momentos y en los malos momentos él habita en mis pensamientos. Aun cuando en mi corazón existe la tristeza y la angustia por las duras pruebas que padecen los que son como yo, pienso en él. Pienso en lo que tuvo que padecer, pienso en el camino tan solitario y doloroso que él transitó. Él era un peregrino que transitó por tierras lejanas, tierras ajenas a él, que tuvo que acostumbrarse al sufrimiento y al dolor de este mundo. Sin embargo, siempre se mantuvo con ánimo y es por eso que yo también me mantengo con ánimo para seguir avanzando.
Mi Padre llena mi corazón. Él siempre ha estado conmigo cuando no he podido más, cuando me he cansado y lo único que puedo hacer es llorar. Él siempre me dio el consuelo, me abraza y me hace descansar cuando siento que voy a desmayar. Siempre me abraza fuertemente y me alienta con su dulce voz, él me dice: “No temas, no desmayes, YO SOY.”. Él es como la luz en la oscuridad, como el agua para los que tienen sed, es como el pan para el hambriento. Con su presencia todo cambia, las flores florecen, los muertos se levantan, los enfermos sanan y yo volví a tener vida.
Así es mi Padre, y yo no merecía tener un Padre tan bueno. Mi Padre me ha amado aún con cada error en mi ser, aún con todos mis defectos. Me ha amado sin límites mientras curaba cada herida que había en mi corazón. Cambió mi mirada de las cosas, cambió mi vida, mi ser y me llenó de su amor.
Mi meta es dejar estas tierras lejanas en las que tránsito y llegar a mi verdadero hogar, aquel hogar donde mi Padre me espera con ansias. Sé con certeza que el día más feliz de mi vida será cuando divise su sombra a lo lejos del camino, sé que el día más feliz de mi vida será cuando con él me reencuentre.
Siempre miro anhelante esa meta hermosa a la que quiero llegar porque sé que en ese lugar me espera el que jamás me ha dejado, el que ansía encontrarme. Sé que me espera el que siempre ha llegado a tiempo y nunca me ha desamparado. Sé que me espera el que nunca ha cambiado y que siempre ha sido el mismo. En la meta me espera el que sacia de bien mi ser, el que me abraza en noches de tormentas que invaden mi ser haciéndome sentir su cálido amor y me transmite paz. Sé que, fiel, me espera mi Padre.