La tarde de hoy salí a dar una caminata aprovechando el clima nublado y la ventisca refrescante – mi ciudad es un horno en el infierno – y mientras avanzaba a pasos lentos, titubeando una de mis canciones favoritas, buscaba con la mirada un buen lugar para descansar e inspirarme. Mis ojos de pronto chocaron con una casa de arquitectura tétrica. Carecía de puertas y ventanas y la pintura era color marrón. La primera impresión que te llevas es: “La casa está abandonada” y en efecto, lo estaba. La segunda impresión es: “El puto demonio la habita” porque el ambiente pesado y gélido es palpable desde las afueras de ella. Aun así, la casa era un verdadero imán. O yo una grandísima brújula de espacios sombríos; lo cierto, es que la construcción me atraía de una manera única, como una mano invisible tirando de una cuerda atada a mi cintura. No solo quería ir hacia ella; lo necesitaba.
Antes de ingresar observé el interior, mi mente ya me acusaba de grandísimo estúpido por hacerlo -tal vez no se equivoca – y cuando finalmente entré, me recibió en medio de la sala un cráneo. Específicamente, un hueso del cráneo. Al tomarlo identifiqué que era el hueso frontal -la anatomía no es mi fuerte, pero quién no lo sabría- lo agarré y lo llevé conmigo. Un tesoro descubierto.
Le daba vueltas en mi mano hasta que encontré un parque agradable en el que ubicarme. Saqué mi cuaderno de cuentos -Sí, escribo cuentos; algún día dejaré que lean alguno- y me dispuse a observar el hueso, buscando inspiración. Fue cuando la extraña presencia apareció. Un anciano de gran joroba se acercaba a la distancia. Lo miré por un segundo y bajé la vista a mi escrito; al levantarla, el anciano ya estaba frente a mí. “Devuélvelo” dijo. Pensé que era un viejo demente, hasta que sus ojos cayeron al suelo y su mandíbula se desarticuló. De pronto tenía frente a mí un extraño ser de color negro, que, a juzgar por su olor, era su carne putrefacta.
“Devuélvelo” repitió, amenazante. Bastó echar un vistazo a mi alrededor para notar que más de esas figuras – cuerpos – putrefactos, emergían de la nada, como materializados a partir del aire. Se acercaban, poco a poco, rodeándome en un gran círculo. El anciano sujetó mi brazo y con una mirada furiosa ordenó: “El cementerio central, sabrás donde depositarlo” Al soltarme, una mancha negra se extendía en mi piel. Mi brazo se estaba pudriendo. ¡Anciano de mierda! Se esparcía con rapidez y en un abrir y cerrar de ojos la putrefacción había llegado hasta mi hombro, y joder, ¡cuánto apestaba! Eché a correr sin dudarlo.
El cementerio quedaba a varias cuadras y yo me había convertido en todo un atleta. Sentí mi brazo caerse pedazo a pedazo, dedo por dedo, y la puta mancha se extendió a mi torso y pierna derecha. Mi piel se abría como tela y al llegar al cementerio ya cojeaba con mi pie derecho. No mucho después perdí mi rodilla. Reconocer el lugar fue sencillo, intuición, no sé por qué, pero lo sabía. El nicho expedía una energía oscura muy singular. Deposité el frontal frente a él y como evidencia, saqué mi celular para tomar una fotografía. Lo logré a tiempo; porque segundo después el hueso se volvió cenizas que formaron un remolino y se desintegraron en el aire. Mi piel volvió a la normalidad, como una maldita ilusión y recuperé mi brazo perdido. Al regresar a mi hogar, la casa maligna no se encontraba más allí y lo último que vi fue al anciano carcajeando desde un columpio antes de desaparecer en la nada.
El único recuerdo que tengo del hermoso frontal es la foto que con suerte logré tomar. Se las adjuntaré aquí.
Puto anciano, la próxima vez que encuentre un cráneo procuraré llevarlo directo a casa, ¡era mío! Y ahora, sin cráneo, sin novia contactada. Puta vida.
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Hoy fui al cementerio a intentar contactar con mi fallecida novia. Al principio, cuando coloqué la Ouija en el suelo, parecía que todo marcharía normalmente. Encendí las velas alrededor y posé el vaso en la posición adecuada. El ambiente era fresco e inspiraba el ser una sesión cálida, con buenos resultados. Al empezar pude sentir claramente como una fuerza superior movía el cristal, yo intentaba sostenerlo y sin embargo, se movía aun bajo la presión de mi mano.
No conozco mucho sobre esa clase de juegos, pero sucedió algo raro que no he escuchado en otras experiencias. Una voz empezó a susurrar en mis oídos; la voz de mi novia, la reconocí al instante.
Me contó que desde que se marchó del plano terrenal ha pasado su vida en un ambiente oscuro, lleno de tinieblas y en donde la angustia es desayuno diario. Aseguró que escucha almas atormentadas, gritando desesperadamente por ser liberadas de ese lugar de torturas, en donde lo más cercano a la paz son los pocos segundos que los demás callan sus llantos. Segundos muy escasos.
Le pregunté cómo podría ayudarla, a lo que contestó que la única manera, era acceder a que entrara en mí. “Será como nuestras noches de BDSM” dijo. Accedí, era mi novia después de todo. O eso creía.
En cuanto abrí mi voluntad a su paso, mi cuerpo reaccionó abruptamente descendiendo su temperatura varios grados, sentí un frío polar que se veía reflejado en el humo expulsado por mi boca.
De rodillas, un dolor infernal dominó mi cuello. Mis músculos se tensaron al punto en que ya no era capaz de moverlos. El dolor ascendía y el humo salía por mi boca en mayor cantidad. La sustancia finalmente apareció.
Una extraña y viscosa masa de color negro, de consistencia gaseosa, era expelida por mi boca, junto a la gran cantidad de humo que la rodeaba.
Fuera, en el aire, adoptó una forma monstruosa cuyo rostro prefiero olvidar. He intentado olvidar también su horrorosa voz, pero me es imposible, se quedó grabada en lo profundo de mi alma. “Gracias” fue lo único que dijo, con su voz inhumana. Luego, se marchó.
No sé a qué demonio dejé libre tras ser engañado con sus sucias artimañas; pero no fue mi intención.
Arruinó mi sesión. Ahora tendré que volver a intentarlo otro día.