Lleva debajo de sus orejas cordones de colores, finitos. Recuerdo haberlos visto ya, en otro lugar. Quizás hace mucho, cuando tomaba el tren al sur. No puedo dejar de mirarla con extrañeza.
Se me acerca, cada vez más. No habla. Tiene los mĂşsculos del rostro, contraĂdos y tensos. Cada tanto, produce un movimiento involuntario con el costado de la boca. La observo atentamente mientras inyecta algunas sustancias en mis venas. Yo estoy recostada.
La enfermera parpadea y cuando lo hace, se oye un ligero sonido como si tuviese los ojos resecos y yo pudiese percibir cada segundo como los cierra y abre, los cierra y abre, los cierra y abre…
Pienso que ésta mujer ya no podrá llorar.
- ¡Lo hiciste!- estoy diciendo de pronto.
- ¿Qué cosa?- contesta la enfermera.
- Lo hiciste… tus cables… - y señalo su cabeza.
- ÂżCrees que se puede sobrevivir de otra manera?- me contesta con el aliento metálico y vacĂo.
- Si, por supuesto que sĂ.
- ¡Claro!- dice la enfermera, riéndose un poco– Por eso estás acá.
Entonces hizo el movimiento de su comisura izquierda. A mĂ, la anestesia comienza a hacerme efecto. Intento hablar pero solo balbuceo algo sin sentido.
- Los sensores crean sensaciones de bienestar en tu cerebro. – está diciendo la enfermera.
- No te controlan. Te estabilizan- está diciendo, moviendo la boca lentamente.- Cuando despiertes, lo sabrás- estoy escuchando que dice, a lo lejos.