Por casualidad había terminado acompañando a su madre a esa reunión con sus antiguos compañeros de trabajo. Salvatore no se sentía cómodo con ella viajando sola así que era su guardaespaldas personal. Él era tan alto y sabía de su porte intimidante que alejaría a las malas personas de quienes quería.
Y ahí estaba, en una fiesta en la cálida España. Podía percibir el olor a paella y demás deliciosos platos, pero si era honesto, lo único que quería en ese momento, era una copa de vino tan bueno como los italianos. Con suerte, tendría hambre más tarde.
Se acercó a la barra y pidió una, justo antes de que alguien se sentara a su lado y podría jurar que se le hacía ligeramente familiar ese color de cabello y esa voz.
Pero no estaba seguro, así que solo se le quedó observando de reojo en silencio.
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