Era el viento de una calurosa y premonitoria noche de Agosto, aún desde la oscuridad de aquella esquina en la que dormÃa, pensando en un ayer que jamás volvió. Soñaba con las figuras de fantasmas y monstruos que me asechaban dÃa y noche, detrás de las cortinas, recordando mis pasos de niño, de felicidad, mientras me fundÃa entre tus brazos y me hacÃas prisionero de ellos, y justo cuando pretendÃas liberarme, yo solo soñaba con seguir siendo tu rehén.
Nunca quise salirme de tÃ, de tus redondas mejillas color miel y de tus labios llenos de mar que me rozaban hasta el alma. Siempre fuà yo, ahÃ. El más inocente joven, majestuoso ante tu mirada pero solemne entre tus regocijos sabor a amor y chocolate.
Sin embargo, una noche mucho más frÃa que las anteriores, te và subir a ese transporte y cerrar las puertas para ser devorada por el olvido y nunca más volver, arrebatándome hasta la certeza de la vida y jugando con los indicios de mi alma, de ser un hombre menos en la diáspora del amor.
Me transformé, muté en esta bestia llena de instintos que no puede ignorar. Un animal agobiado por la lujuria y decerebrado por el transcurso de una vida sin pasión o pensamiento que conlleve conflictos internos. Simplemente una energÃa más, divagando por la tierra, perteneciendo a una estirpe condenada a años y años de lóbrega soledad.
Desde esa noche, yo muté.... o peor aún, logré el final de mi metamorfosis, la fase final de una transformación, que más que ser sufrida, era casi inminente.
Asà quedé, solo, en una habitación mientras luchaba para no morir, intentando salvarme entre las sombras y los escombros del ayer, como Kafka, escribiendo mis premuras y olvidándome de una vida que en algún momento, pudo ser lo que jamás habrÃa sido, contigo a mi lado.